Enrique Delfín
Hubo un tiempo en el que el premio Oscar era un infalible anzuelo para acarrear público a las salas de cines, lo que hacía común que -antes del día de la ceremonia- todas las películas nominadas al premio principal ya hubieran sido proyectadas en las salas comerciales.
Sin embargo, ante la inclinación de la balanza de la Academia hacia el reconocimiento de pequeños filmes independientes, de unos años a la fecha ya ni el Oscar es garantía de exhibición y éxito financiero para sus ganadores. Como botón de muestra tenemos a la recientemente triunfadora Zona de Miedo (The Hurt Locker), una pequeña cinta que se estrena en nuestra ciudad con bastante retraso, y que se ha dedicado a romper paradigmas para bien y para mal.
En el lado afortunado, es la primera cinta digirida por una mujer que gana el Oscar tanto a la mejor película como a la mejor dirección, evitando el triunfo -a pesar de su muy modesto presupuesto de 13 millones de dólares- de la mastodóntica, sentimentaloide y maniquea Avatar, realizada con una inversión casi 40 veces superior (500 mdd). Sin embargo, y para su mala suerte, también tiene el dudoso “honor” de ser la ganadora de la estatuilla menos taquillera de todos los tiempos: hasta en día de la premiación, sólo había recaudado 14 mdd en taquilla, lo que no le alcanzaba a cubrir ni siquiera el gasto hecho en su producción.
La cinta de marras, si bien no es una obra maestra, sí deja ver las mejores cualidades de su directora, Katheryn Bigelow, quien por méritos propios ha logrado hacerse un lugar no sólo en un medio tradicionalmente machista, sino en un género todavía más sexista y misógino: el de las películas de acción.
Bigelow toma como fuente la reprobable invasión de Estados Unidos a Irak para narrar, con intachable manejo formal y notable pericia para inyectar adrenalina a raudales a sus escenas de acción, las andanzas de un grupo de desactivadores de explosivos encabezados por el sargento William James (un eficiente y contenido Jeremy Renner, también nominado al Oscar). Lo interesante del film no es sólo la carga de acción y testosterona que destila a cada rato (después de todo, eso ya lo habían hecho con anterioridad Rambo y otros churros similares), sino la frialdad y el inteligente enfoque despojado de politiquerías que asume la directora.
Zona de Miedo no intenta juzgar o justificar la guerra, ni mucho menos tomar parte por alguno de los bandos. Bigelow prefiere hacer una descripción fría, casi documental, del devenir diario de un conflicto que convierte a la vida de sus protagonistas en un sin sentido, dejando entrever que el engranaje de la maquinaria bélica es lubricada por una adicción al riesgo y la adrenalina que, a final de cuentas, acaba conviertiéndose en el único argumento para mantener las hostilidades en marcha. Brillante y honesto, sin pretensiones exageradas o vacía espectacularidad, este filme es uno de esos que no pueden dejarse pasar de largo.
A pesar de que para mucha gente la escritura de un guión original tiene más mérito que la adaptación a la pantalla grande de una historia ya existente en otro medio (literatura, televisión, videojuegos, etc.), lo cierto es que ambos tienen exactamente la misma dificultad: la trama inédita, por salir de la nada a través de los siempre tortuosos caminos de la creatividad, y la adaptada por transportar a un nuevo lenguaje una anácdota ya contada, además de la responsabilidad de superar, o al menos igualar, lo logrado por la obra de la que abrevó.
8 1/2 está en el top ten de la mayoría de los listados de las mejores películas de la historia, gracias a que -a través de una historia con muchos guiños autobiográficos- Fellini logró plasmar en ella un universo personalísimo e irrepetible, pleno de imágenes oníricas inolvidables, para narrar el infierno en que a veces se convierte el acto de crear y el surrealista encuentro con la verdad y la belleza que permiten la redención final del artista atormentado.
Lo que hizo Broadway -y ahora Hollywood- fue retomar sólo la anécdota de un director en plena crisis creativa y existencial, rodeado y muchas veces atosigado por las mujeres que marcaron su vida de muchas maneras (la madre, la esposa, la amante, etc.). La surrealista visión de Fellini se transforma en Nine en una sucesión de episodios un tanto comediescos aderezados por varios números musicales que intentan reforzar la explicación de las motivaciones de los protagonistas.
Una puesta en escena correcta, a ratos espectacular pero las más de las veces demasiado teatral, y un elenco que envidiaría cualquier director - Daniel Day Lewis, Nicole Kidman, Marion Cotillard, Penélope Cruz, Judi Dench, Kate Hudson, la cantante Fergie y la mismísima Sophia Loren- son las bazas con las que el director Rob Marshall acomete el fallido intento de igualar el éxito de taquilla, crítica y premios que logró con Chicago en el 2002.