Enrique Delfín
La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos suele otorgar su muy mediático Oscar a películas complacientes, conservadoras, inofensivas e “inspiradoras”, y el estreno en Puebla de El Discurso del Rey sirve para confirmar una vez más esta teoría.
Sobre la anécdota de la incapacidad del tartamudo rey Jorge VI del Reino Unido para comunicarse con sus súbditos, el joven cineasta británico Tom Hooper realiza en este su apenas segundo largometraje una puesta en escena correcta, aunque un tanto esquemática, en la que demuestra el buen oficio para la recreación histórica aprendido durante más de una década de realizaciones de series para televisión, entre las que destaca la muy premiada John Adams. Sus imágenes resultan elegantes, sin el exagerado preciosismo tan usual en este tipo de películas, y su utilización del lenguaje cinematográfico más clásico no merma en el ritmo de lo que muestra a través de él.
También es digna de alabanza su dirección de actores, pues es capaz de sacarle jugo a las interpretaciones de actores tan probados como Geoffrey Rush, Helena Bonham Carter y sobre todo el multipremiado (con justicia) Colin Firth, quien personifica con sobria intensidad al atormentado monarca. Sin embargo, los pelos en la sopa son abundantes y van mermando poco a poco, a lo largo de las más de dos horas del filme, sus innegables méritos.
En primer lugar, la estructura del argumento es totalmente predecible: la cinta inicia con un malogrado discurso del entonces apenas duque de Kent, para narrar la incansable búsqueda por parte de su consorte de alguien capaz de ponerle remedio a los problemas de lenguaje de su marido, hasta que encuentra a un nada ortodoxo especialista australiano. A partir de ahí la historia cae en la típica anécdota del alumno rebelde que tendrá que bajarse de su arrogante pedestal para aprender de su sensei valiosas lecciones de vida.
El retrato psicológico de los personajes secundarios y sus motivaciones son apenas bosquejadas, y el trazado del personaje principal -el único abordado a fondo- deviene en la también recurrente historia de terribles traumas infantiles que han de ser superados para poder triunfar. Ni qué decir de los apuntes sobre el ambiente del poder en el que se desarrolla la historia: Hooper desperdicia la oportunidad de reflexionar sobre un periodo importantísimo de la historia de Inglaterra (la víspera de la Segunda Guerra Mundial), para acabar concluyendo que lo que verdaderamente era importante en ese momento era que el rey pudiera dirigirse a sus súbditos para inspirarlos.
Resulta interesante la subtrama de la necesidad del monarca de desprenderse de su arrogancia para poder poner en manos de un plebeyo sus más íntimos secretos y encontrar la luz al final del túnel. Pero hoy en día, cuando se discute constantemente sobre la pertinencia de conservar una monarquía meramente decorativa, mantenida de los impuestos del pueblo y envuelta en una recurrente vorágine de frivolidades y escándalos, resulta inaudito que Hooper no haya dirigido su discurso a un análisis más trascendental del papel de la familia real.
Total, que la cinta termina por convertirse en un retrato muy bonito y aleccionador sobre cómo enfrentar los problemas de la vida -por más banales que éstos sean-, y en un excelente aperitivo para preparar al público para el evento más chic del año, la boda de ensueño del príncipe William y su plebeya prometida.