¿Dónde está el amor?

14.06.2018

Mayo 12 ‘18

¿Dónde está el amor, ese del que tanto hablan? ¿Dónde está hoy la mirada? ¿Quién es hoy ese otro que nos hace? ¿Quién tiene hoy el poder de deshacernos?

Si en un primer momento el sujeto, que es sujeto del inconsciente se constituye en un plano auto erótico, y en un segundo momento se encuentra con el otro a través de la mirada, de encontrarse con su propia imagen. ¿Dónde se está especulando en esta era de los dispositivos móviles que capturan a miles de cuerpos ávidos de amor a cada instante?

Por años, la fotografía valió como un ritual sagrado que enmarcaba momentos especiales, fechas que hacían historia, encuentros que formaban huellas. Y la fotografía pertenecía al campo de lo sagrado, del profesional en la materia. Hoy los cuartos oscuros de revelado están casi extintos, el papel que se velaba al mínimo contacto con la luz se vende sólo por pedido especial, los rollos son cosa del pasado.

Si bien, el andar del sujeto es un eterno deambular en busca de la mirada que lo hizo en el seno materno, ¿entonces, la generación que nació con un teléfono de esos que llaman inteligentes, en dónde está buscando ese reconocimiento?

¿Será muy vulgar considerar hoy Facebook o Instagram como ese gran Otro en el que los adolescentes y jóvenes están buscando el amor?

Se trata de un escaparate donde el narcisismo encuentra su punto de fascinación. ¿A quién mira la chica que quiere seducir con una mirada coqueta? ¿A quién mira el chico que se quita la playera y presume las horas de gimnasio que ha invertido en su cuerpo?

Esa construcción imaginaria que proporciona el Yo (moi) pasa a un narcisismo secundario, donde los jóvenes parecen buscar a gritos la identificación que es del orden del Inconsciente, por ello, nunca alcanzarán los likes, los corazones ni las reproducciones.

Hoy se es esclavo de ese dispositivo, de una esfera digital que determina quién está vivo y quién no. Cada vez es más frecuente en las charlas cotidianas escuchar al neurótico confesar con un dejo de culpa que, tuvo un día tan terrible que pensó en darse de baja de Facebook.

La angustia por estar en falta parece no escapar al mundo de las redes sociales. Un mundo virtual donde la mayoría prefiere hoy esconderse, agachar la mirada, antes que levantarla y encontrarse con los otros, con su familia, por ejemplo, en una fiesta de XV años.

Sí, el narcisismo hoy reina con la posibilidad de ver a ese en frente, en un espejo, en la pantalla de un celular, a ese que nos fascina al vernos envueltos en un semblante de ojos claros, con un rostro liso, libre de las huellas del tiempo y un filtro de Snapchat.

Entonces, ¿hay tiempo, hay espacio para el amor?, ¿para amar a otro? ¿Para elegir un objeto de deseo que tenga cuerpo, mirada y voz? Parece que nacimos malditos, bajo un hechizo para no poder amar otra cosa que no sea nuestra propia imagen, hoy puesta en un perfil público, sometida al escrutinio del Otro, con o mayúscula.

Este escrutinio que comienza como un juego, una diversión, un pasatiempo, no conoce límites, está devorando las palabras, el lenguaje y el principio de realidad. Hoy se goza. Se goza por ser Youtuber, por alcanzar decenas de likes en la selfie que se repite un día sí y otro también. Como un reflejo de esta satisfacción que no se alcanza, nunca es suficiente.

Se goza por alcanzar el cuerpo físico perfecto que pueda presumirse en Facebook. Parece que esa es la meta de una generación que lee menos de 140 caracteres, que sustituye la palabra por emoticones, que cubre su falta con memes que lo consuelan o que se consuela con un corazón en su publicación.

Sin embargo, son estos gritos de llamado de auxilio, por donde se asoma la demanda, demanda de amor por eso que perdieron y aún no lo han advertido. Viven en un sueño. No los despierten, porque de eso no quieren saber.

Nude standing before a mirror | Henri de Toulouse-Lautrec

¿De qué nos defendemos?

04.06.2018

- Entonces todos estamos enfermos.- Replicó alguien en la mesa cuando intentaba justificar que las manías que unos juzgan en otros son parte de su forma de sostenerse en el mundo. Que los dejen vivir en paz.

- No.- Respondí. Si acaso todos estamos un poco locos, pero estamos locos de atar.

¿Cómo de atar?

Así.

Amarrados. Reprimidos. Sujetados.

A lo que sea.

A una rutina Godínez, a un horario escolar alienante, a listas de súper, al reto de ser alguien en la vida, a seguir los 10 mandamientos, a cumplir con el sueño de mamá y papá, a una bendición que gatea, a un objeto de deseo, al amor de nuestra vida o al dolor de una herida.

Y es que parece que nadie quiere que le llamen loco. Mucho menos reconocer que en él habita un poco de maldad, de perversión, de sed de venganza, de melancolía infinita, de rasgos suicidas, de delirios sangrientos. Porque todo ello es parte de la condición humana pero no es moralmente correcto. No es “normal” en un mundo en el que debemos hacer el bien sin mirar a quien.

Hay quienes sí no tienen opción. Viven en las psicosis. Están en su realidad. Los vemos pasar en la calle y nos hacemos a un lado. Nos topamos con alguien que va hablando solo y lo miramos con desdén. Tememos por nuestra vida. Nos defendemos. ¿De qué nos defendemos? ¿De contagiarnos con sólo respirar el mismo aire? ¿De perder la razón?

En su libro Historia de la Locura en la Época Clásica, el filósofo francés, Michel Foucault, nos da cuenta de cómo este desprecio por lo que resulta extraño siempre se ha marginado por temor a lo desconocido para la civilización humana. Para el Siglo XVII los leprosarios de la Edad Media, ya habían sido sustituidos por confinamientos para quienes padecían enfermedades venéreas y comenzaban a ordenarse por decreto la creación de casas correccionales para internar a todo aquel vagabundo que anduviera merodeando fuera de sus cabales.

Antes de esta etapa, en Europa, a los locos vagabundos se les equiparaba a los leprosos y todo tipo de apestado social que cuando era sorprendido por la policía, principalmente en Núremberg, Alemania, se les embarcaba en la famosa Nef de Fous, la nave de los locos, que después cobró auge como un símbolo para decenas de novelas y pinturas coloreadas con sátira.

Un ejemplo de esto lo encontramos en las obras de artistas renacentistas como el pintor holandés Jheronimus Bosch, El Bosco, quien se valió de este recurso imaginario para criticar la sórdida vida del clero y la nobleza, exponiendo los pecados capitales como muestra de la locura que impera en una sociedad que se conduce con el vientre y no con la cabeza; pues privilegia la glotonería, los vicios, la lujuria y otros placeres, por encima del pensamiento moral.

Es precisamente de este recorrido histórico pero también de una mirada actual desde el psicoanálisis, de lo que va el más reciente volumen de Lapsus de Toledo: Mecanismos de Defensa en las Psicosis, cuya presentación en Puebla no pudo tener mejor escenario que el hoy Museo Regional de Cholula, el cual albergó durante cien años al Hospital Psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe.  Gracias por acompañarnos.


La Nave de los Locos (1503) – El Bosco

Jugarse el cuerpo

26.03.2018

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu corazón? Se necesita callar al mundo. Callar las voces en tu cabeza. Apagar el ruido de toda la rutina que está fluyendo a nuestro alrededor. Y entonces ahí se asoma. Es un latido incesante que te recuerda lo frágil que somos. Lo incansable que pareciera ser la especie humana. Pero el cuerpo no depende de eso que inspira oxígeno y bombea sangre.

No es el corazón el que rige la existencia de un sujeto. Tal vez por eso cuando deja de latir, seguimos vivos. Es justo cuando estamos ausentes o muertos, cuando se está más presente. Ya lo dijo Arjona, “uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan”, donde alguien nos sujeta con el pensamiento, en sus sueños y en sus pesadillas.

No es este armazón de calcio, articulaciones, vísceras y piel lo que nos hace estar en el mundo. No. Es el lugar que otro nos da al mirarnos, al reconocernos y darnos un nombre, lo que nos hace tejer lazos de vida. Y así es el amor el que nos atraviesa para mover el esqueleto hacia la regadera, hacia un trabajo que te haga explotar el cerebro, hacia una cita que te revuelve el estómago, hacia el encuentro con otros que te escuchan, que te hablan, que comparten.

Para el psicoanálisis el cuerpo es el campo de batalla del aparato psíquico, de nuestras pulsiones. Es el escenario donde la vida y la muerte insisten todo el tiempo. Donde el inconsciente se manifiesta a través de gritos y silencios.

No nacemos con un cuerpo. Nos hacemos de éste en cada herida de guerra. Es decir, nunca tenemos dominio completo de la carne que somos. Ni siquiera podemos vernos de cuerpo entero frente a un espejo. Mucho menos en los sueños alcanzamos a identificarnos pero sí experimentamos las sensaciones como si alguno de nuestros cinco sentidos estuviera despierto.

Para hacerse de un cuerpo hay que jugárselo. Hoy es fácil escribirle al otro que estaremos a su lado cuando necesite un beso que refresque sus labios secos, cuando quiera cubrirse con nuestros brazos. Pero llegado el momento, es difícil sostener esas palabras. Y no necesariamente porque no se quiera cumplirlo, a veces simplemente no se puede. El cuerpo se repliega. El Yo se defiende. La boca no se abre. Los pies no caminan. La mirada se pierde. ¿Por qué? Porque quien gobierna al cuerpo no es uno, es el deseo. Y el deseo es inconsciente. Es deseo del otro.

Edvard Munch: The Kiss, 1897.

Volteada

09.03.2018

La semana pasada vi un auto voltearse. Aún no se lo cuento a nadie. No me he detenido a apalabrarlo. Sólo me inquieta que ya que el toldo estaba sobre el asfalto en plena 18 poniente, caí en cuenta que eso que pasó volando frente a mis ojos a unos 200 metros, había sido una volcadura. Pero ni entonces mi rostro se inmutó. Tal como me pasa de un tiempo para acá con todo el escándalo que ocurre a mi alrededor.

Lo que me preocupa es que no me haya preocupado. El tráfico y los percances vehiculares suelen ser el segundo tema que los humanos usan para romper el silencio. El primero es el clima. Y me consta que los hombres se aceleran cuando ven que un coche está por colisionar con otro. O las mujeres gritan en un enfrenon (sic). Yo no parpadeé. No balbuceé. Seguí conduciendo y sólo pensé en que ahora tenía que dar vuelta en la esquina y no seguirme derecho como es la ruta habitual hacia la CAPU.

La mayoría abre al máximo los ojos, se dilatan sus pupilas, exclama algo, o hasta circula más despacio para enterarse si hay alguien atorado, o el cristiano salió ileso. Yo iba apurada cruzando los dedos para alcanzar el ADO. “Ya tendrán algo que contar” (pensé cuando vi al auto con el que se había impactado).

Para contar algo hay que voltearse. Nueve días después desperté extrañamente tranquila porque soñé con mi funeral. Así patas pa’ arriba… como el coche gris que se cruzó ese martes por mi vista. En la asociación libre - buscando qué me quiere decir la vida con ese momento bien guardado por mi lengua- me vino a la mente el método clásico y prehispánico de voltear la tortilla en el comal.

En Madame Bovary, el escritor francés Gustave Flaubert, nos describe a una conocida de Emma que se la pasaba “tendida sobre el vientre y llorando sobre los guijarros” porque “estaba tan triste, tan triste por un mal que parecía una especie de niebla que tenía en la cabeza y nada podían ni los médicos ni el cura”. Este fragmento lo retoma Elizabeth Roudinesco en La Batalla de Cien años a manera de epígrafe del capítulo que da cuenta del descubrimiento de la Histeria.

A principios de esta semana, en sesión de Psicoanálisis preguntaba cómo sería posible hablar desde otro discurso que no atraviese la histeria o la neurosis obsesiva. Aún no lo sé. Después del sueño y el despertar de este miércoles sólo caí en cuenta que es hora de voltearse. Tal vez siga tirada pero ya aunque sea boca arriba. Como en el diván.

Así mi vida, hoy está volteada y yo de verdad que no tengo ganas de caminar derecho. Mucho menos de poner orden como lo marcan las normas del buen vivir. Eso es agotador.

Rest - Edgar Degas

Amor verdadero

14.02.2018

Hablamos de amor todo el tiempo. Lo gritamos. Pero no lo escuchamos. No nos escuchamos. De eso va el Psicoanálisis. De hacer y deshacer el amor con palabras. De hablar y escuchar nuestras palabras en la voz de otro que sí nos mira.

Si no fuéramos unos neuróticos ordinarios, quizá podríamos vivir en la psicosis. Ahí donde no existe la metáfora. Ahí donde frases como “toma mi corazón”, “el amor es ciego”, “cupido nos flechó”, “te doy mis ojos”, “me desangró por ti” o “te amaré hasta que la muerte nos separe”, no son simples y banales expresiones que nunca alcanzan a decir lo que realmente sentimos.

Hay en el arte mucho del inconsciente. Y Tim Burton nos ha regalado a manos llenas – con todo y tijeras – sus más oscuros sueños de amor. En la exposición que muestra su extraño mundo, nos deja ver la obra que con sus manos plasmó en cada servilleta de un café o un pub. Nos muestra el extraño mundo que creó y habitó en su mente antes de ser el productor y/o director de “Alicia en el país de las Maravillas”, “El Cadáver de la Novia”, “El joven manos de tijera”, la primera trilogía noventera de “Batman”, “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, “Sombras tenebrosas” y otra veintena de filmes llenos de personajes góticos, melancólicos e inadaptados.

Es precisamente un proyecto no nato titulado True Love (Amor Verdadero) donde menos metáfora existe. Donde muestra a un malvado cupido atravesando con su flecha los ojos de un par que se mira fijamente. Donde un dragón de fuego se para en la orilla de la tierra para replegarse codo a codo a un monstruo marino que no puede salir del lago. Amor imposible, lo llama. Donde un pobre enamorado se arranca el corazón y lo entrega a una mujer ingrata y aterrada.

Mientras recorría la exposición no dejaba de pensar en la melancolía infinita que hay en cada personaje con mirada triste, con cuerpos que reclaman un poco de amor, que con sus dientes afilados o sonrisas tenebrosas evocan ternura, trazos que rayan entre lo sensual, lo fantástico y lo bizarro, monstruos y fantasmas que están cansados de ser los malos del cuento. “Debe haber algo más allá que andar por el mundo espantando con un bu”, escribió al lado de uno de ellos.

Si bien la fama de Tim Burton viene tras cada blockbuster taquillero, en el que nos ha dejado claro que el amor no es un #FelicesPorSiempre sino un eterno dejar ir para reencontrarse, y que al “The End” siempre le sigue el “Or is Not?”. Yo quedé enamorada de su obra como escritor y cuentista. En especial de los personajes del libro de cuentos La Melancólica Muerte del Chico Ostra, que después aparecieron en una serie animada en Flash. Todos extraños, solitarios y atascados de humor negro. Mi corazón se apachurró un poco entre el huérfano Chico Mancha que debe acabar con todos los frikis como él, y la Chica con muchos ojos, de quien sugiere que debe ser muy complicado tener una novia así porque cuando llora, seguramente uno quedará muy empapado.