Bird box: una mirada a la psicosis

07.01.2019

Al final de la Edad Media, en Europa, el loco ocupa el centro del teatro como poseedor de la verdad. “Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad”. Eso nos dice el filósofo francés Michael Foucault en su libro Historia de la Locura en la Época Clásica. Tal vez por eso en la apocalíptica película “Bird box: a ciegas” son ellos quienes se encargan de revelarle a los “normales” que aquello que verán, si se rinden, es algo hermoso.

Tan hermoso que la reacción inmediata es suicidarse. La invitación de los prófugos del instituto psiquiátrico para criminales es a que abran los ojos, que se quiten las vendas y miren a sus personas más amadas, sus miedos más profundos o sus deseos más reprimidos. Pareciera que después de eso, pueden morir en paz.

Es el fin de los tiempos. De eso va la cinta basada en la novela homónima publicada en 2014 por Josh Malerman, que a diez días de haberse estrenado en Netflix sigue en boca de todos y que se presta para otra lectura, más allá de monstruos, suspenso kilométrico o las vicisitudes de andar a ciegas.

¿Por qué los psicóticos son inmunes a este resplandor apocalíptico? Porque en la psicosis la mirada es otra. Están más allá del bien y del mal. De la vida y la muerte. Del amor o el odio. En la psicosis no hacen vínculo con los otros, como sí lo hacemos los neuróticos ordinarios. Su lazo es con el Otro, con o mayúscula, con esa figura suprema que ordena las cosas.

Del otro lado de la psicosis, en el peregrinar de la neurosis, está la protagonista, Malorie (Sandra Bullock), quien curiosamente padece por el temor de establecer un vínculo de amor con otras personas, en parte porque asumirlo es también asumir la posibilidad de la pérdida, y con ello el dolor que conlleva. “Es sobre la imposibilidad de conectarse”, dice en las primeras escenas en las que describe el cuadro que pinta. Sin embargo, en medio del apocalipsis, la corriente la lleva a conectar con uno de los sobrevivientes y con los dos pequeños que al final tiene que nombrar y reconocer como hijos.

Roma

19.12.2018

Roma es el amor al revés. En la víspera de 1971, Alfonso Cuarón acababa de cumplir 9 años. Roma es la nostalgia de ese niño por el país en el que nació, lleno de claroscuros. No importa la década. El tiempo es otro. Fifís y pueblo bueno, todos lloran, todo sigue igual. O peor.

La mirada en escala de grises que Cuarón retrata en Roma va en un sentido romántico. Sin hacer mucho alarde feminista, da el rol protagónico a dos mujeres en polos opuestos que a pesar de las chingaderas de un par de tipos, siguen adelante. Ni siquiera es porque así lo quieran o estén empoderadas. Siguen porque no hay de otra. Ni siquiera hay un halo de fantasía como en la Rosa de Guadalupe o las telenovelas de Televisa.

Ese es el México de ayer y hoy. Un país donde el matriarcado ha tenido que salir con sus hijos a cuestas. Veía a “Cleo” ir y venir por el todavía no tan sobrepoblado y desastroso Seguro Social y me preguntaba ¿y si es derechohabiente?. Apenas en junio pasado leía propuestas de candidatas sobre los derechos que caminan a paso de tortuga en el Senado en materia de justicia salarial para las llamadas “trabajadoras domésticas”.

Roma no es el hilo negro de nada. Cualquiera que se haya hecho una expectativa y esperaba sentir un orgasmo, es que no sabe nada de los últimos trabajos de Cuarón. ¿Vieron Gravity? ¿Ya vieron la versión Netflix de Mowgli? ¿O esperaban nuevamente una sátira chusca como fue “Rudo y cursi”?. Noticias. Han pasado de 15 a 20 años de aquél Cuarón que dirigió hermosas cosas como “La princesita”, “Grandes esperanzas”, “Y tu mamá también” y hasta “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”.

Así es. Cuarón se está haciendo viejo. A sus 57 años, nos regala su nostalgia. Quiero creer que quiso compartir la añoranza por las series, películas, canciones con las que se crió. Como muchos – y miren que yo tengo 20 años menos que él- escuchaba en las tardes al de los camotes, el afilador y hasta al ropavejero. Así que de mi parte va el agradecimiento por las canciones viejitas pero bonitas de Leo Dan, José José, y hasta el Corazón Gitano de Lupita D’Alessio. Por la recreación del Cine Metropolitan y hasta el Banco Serfín, por las cacerolas de aluminio y hasta por presentarme al famoso e increíble Profesor Zovek.

El mérito de Roma es haber tejido en un mismo hilo, escenografía, fotografía y narrativa, las huellas de un México donde convergen el repudiable halconazo, con el Mundial del Futbol, las Olimpiadas y hasta el campeonato del Cruz Azul, con los sismos que acechan a la capital del país, los ricos acabando con los bosques, la pobreza haciendo un hueco en Ciudad Neza, y niños creciendo con palos, cajas de cartón, radios, teléfonos de disco y agua que se escurre por todos lados, principalmente entre las cagadas de los perros.

Roma es amor de regreso. El regreso de un Cuarón seguramente avecindado en Nueva York o Los Ángeles. A mi parecer sobrevalorado desde el Oscar que le concedió la Academia de Hollywood por Gravity, una oda al espacio interestelar que los norteamericanos se vanaglorian en querer conquistar desde hace seis décadas.

¿Dónde está el amor?

14.06.2018

Mayo 12 ‘18

¿Dónde está el amor, ese del que tanto hablan? ¿Dónde está hoy la mirada? ¿Quién es hoy ese otro que nos hace? ¿Quién tiene hoy el poder de deshacernos?

Si en un primer momento el sujeto, que es sujeto del inconsciente se constituye en un plano auto erótico, y en un segundo momento se encuentra con el otro a través de la mirada, de encontrarse con su propia imagen. ¿Dónde se está especulando en esta era de los dispositivos móviles que capturan a miles de cuerpos ávidos de amor a cada instante?

Por años, la fotografía valió como un ritual sagrado que enmarcaba momentos especiales, fechas que hacían historia, encuentros que formaban huellas. Y la fotografía pertenecía al campo de lo sagrado, del profesional en la materia. Hoy los cuartos oscuros de revelado están casi extintos, el papel que se velaba al mínimo contacto con la luz se vende sólo por pedido especial, los rollos son cosa del pasado.

Si bien, el andar del sujeto es un eterno deambular en busca de la mirada que lo hizo en el seno materno, ¿entonces, la generación que nació con un teléfono de esos que llaman inteligentes, en dónde está buscando ese reconocimiento?

¿Será muy vulgar considerar hoy Facebook o Instagram como ese gran Otro en el que los adolescentes y jóvenes están buscando el amor?

Se trata de un escaparate donde el narcisismo encuentra su punto de fascinación. ¿A quién mira la chica que quiere seducir con una mirada coqueta? ¿A quién mira el chico que se quita la playera y presume las horas de gimnasio que ha invertido en su cuerpo?

Esa construcción imaginaria que proporciona el Yo (moi) pasa a un narcisismo secundario, donde los jóvenes parecen buscar a gritos la identificación que es del orden del Inconsciente, por ello, nunca alcanzarán los likes, los corazones ni las reproducciones.

Hoy se es esclavo de ese dispositivo, de una esfera digital que determina quién está vivo y quién no. Cada vez es más frecuente en las charlas cotidianas escuchar al neurótico confesar con un dejo de culpa que, tuvo un día tan terrible que pensó en darse de baja de Facebook.

La angustia por estar en falta parece no escapar al mundo de las redes sociales. Un mundo virtual donde la mayoría prefiere hoy esconderse, agachar la mirada, antes que levantarla y encontrarse con los otros, con su familia, por ejemplo, en una fiesta de XV años.

Sí, el narcisismo hoy reina con la posibilidad de ver a ese en frente, en un espejo, en la pantalla de un celular, a ese que nos fascina al vernos envueltos en un semblante de ojos claros, con un rostro liso, libre de las huellas del tiempo y un filtro de Snapchat.

Entonces, ¿hay tiempo, hay espacio para el amor?, ¿para amar a otro? ¿Para elegir un objeto de deseo que tenga cuerpo, mirada y voz? Parece que nacimos malditos, bajo un hechizo para no poder amar otra cosa que no sea nuestra propia imagen, hoy puesta en un perfil público, sometida al escrutinio del Otro, con o mayúscula.

Este escrutinio que comienza como un juego, una diversión, un pasatiempo, no conoce límites, está devorando las palabras, el lenguaje y el principio de realidad. Hoy se goza. Se goza por ser Youtuber, por alcanzar decenas de likes en la selfie que se repite un día sí y otro también. Como un reflejo de esta satisfacción que no se alcanza, nunca es suficiente.

Se goza por alcanzar el cuerpo físico perfecto que pueda presumirse en Facebook. Parece que esa es la meta de una generación que lee menos de 140 caracteres, que sustituye la palabra por emoticones, que cubre su falta con memes que lo consuelan o que se consuela con un corazón en su publicación.

Sin embargo, son estos gritos de llamado de auxilio, por donde se asoma la demanda, demanda de amor por eso que perdieron y aún no lo han advertido. Viven en un sueño. No los despierten, porque de eso no quieren saber.

Nude standing before a mirror | Henri de Toulouse-Lautrec

¿De qué nos defendemos?

04.06.2018

- Entonces todos estamos enfermos.- Replicó alguien en la mesa cuando intentaba justificar que las manías que unos juzgan en otros son parte de su forma de sostenerse en el mundo. Que los dejen vivir en paz.

- No.- Respondí. Si acaso todos estamos un poco locos, pero estamos locos de atar.

¿Cómo de atar?

Así.

Amarrados. Reprimidos. Sujetados.

A lo que sea.

A una rutina Godínez, a un horario escolar alienante, a listas de súper, al reto de ser alguien en la vida, a seguir los 10 mandamientos, a cumplir con el sueño de mamá y papá, a una bendición que gatea, a un objeto de deseo, al amor de nuestra vida o al dolor de una herida.

Y es que parece que nadie quiere que le llamen loco. Mucho menos reconocer que en él habita un poco de maldad, de perversión, de sed de venganza, de melancolía infinita, de rasgos suicidas, de delirios sangrientos. Porque todo ello es parte de la condición humana pero no es moralmente correcto. No es “normal” en un mundo en el que debemos hacer el bien sin mirar a quien.

Hay quienes sí no tienen opción. Viven en las psicosis. Están en su realidad. Los vemos pasar en la calle y nos hacemos a un lado. Nos topamos con alguien que va hablando solo y lo miramos con desdén. Tememos por nuestra vida. Nos defendemos. ¿De qué nos defendemos? ¿De contagiarnos con sólo respirar el mismo aire? ¿De perder la razón?

En su libro Historia de la Locura en la Época Clásica, el filósofo francés, Michel Foucault, nos da cuenta de cómo este desprecio por lo que resulta extraño siempre se ha marginado por temor a lo desconocido para la civilización humana. Para el Siglo XVII los leprosarios de la Edad Media, ya habían sido sustituidos por confinamientos para quienes padecían enfermedades venéreas y comenzaban a ordenarse por decreto la creación de casas correccionales para internar a todo aquel vagabundo que anduviera merodeando fuera de sus cabales.

Antes de esta etapa, en Europa, a los locos vagabundos se les equiparaba a los leprosos y todo tipo de apestado social que cuando era sorprendido por la policía, principalmente en Núremberg, Alemania, se les embarcaba en la famosa Nef de Fous, la nave de los locos, que después cobró auge como un símbolo para decenas de novelas y pinturas coloreadas con sátira.

Un ejemplo de esto lo encontramos en las obras de artistas renacentistas como el pintor holandés Jheronimus Bosch, El Bosco, quien se valió de este recurso imaginario para criticar la sórdida vida del clero y la nobleza, exponiendo los pecados capitales como muestra de la locura que impera en una sociedad que se conduce con el vientre y no con la cabeza; pues privilegia la glotonería, los vicios, la lujuria y otros placeres, por encima del pensamiento moral.

Es precisamente de este recorrido histórico pero también de una mirada actual desde el psicoanálisis, de lo que va el más reciente volumen de Lapsus de Toledo: Mecanismos de Defensa en las Psicosis, cuya presentación en Puebla no pudo tener mejor escenario que el hoy Museo Regional de Cholula, el cual albergó durante cien años al Hospital Psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe.  Gracias por acompañarnos.


La Nave de los Locos (1503) – El Bosco

Jugarse el cuerpo

26.03.2018

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu corazón? Se necesita callar al mundo. Callar las voces en tu cabeza. Apagar el ruido de toda la rutina que está fluyendo a nuestro alrededor. Y entonces ahí se asoma. Es un latido incesante que te recuerda lo frágil que somos. Lo incansable que pareciera ser la especie humana. Pero el cuerpo no depende de eso que inspira oxígeno y bombea sangre.

No es el corazón el que rige la existencia de un sujeto. Tal vez por eso cuando deja de latir, seguimos vivos. Es justo cuando estamos ausentes o muertos, cuando se está más presente. Ya lo dijo Arjona, “uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan”, donde alguien nos sujeta con el pensamiento, en sus sueños y en sus pesadillas.

No es este armazón de calcio, articulaciones, vísceras y piel lo que nos hace estar en el mundo. No. Es el lugar que otro nos da al mirarnos, al reconocernos y darnos un nombre, lo que nos hace tejer lazos de vida. Y así es el amor el que nos atraviesa para mover el esqueleto hacia la regadera, hacia un trabajo que te haga explotar el cerebro, hacia una cita que te revuelve el estómago, hacia el encuentro con otros que te escuchan, que te hablan, que comparten.

Para el psicoanálisis el cuerpo es el campo de batalla del aparato psíquico, de nuestras pulsiones. Es el escenario donde la vida y la muerte insisten todo el tiempo. Donde el inconsciente se manifiesta a través de gritos y silencios.

No nacemos con un cuerpo. Nos hacemos de éste en cada herida de guerra. Es decir, nunca tenemos dominio completo de la carne que somos. Ni siquiera podemos vernos de cuerpo entero frente a un espejo. Mucho menos en los sueños alcanzamos a identificarnos pero sí experimentamos las sensaciones como si alguno de nuestros cinco sentidos estuviera despierto.

Para hacerse de un cuerpo hay que jugárselo. Hoy es fácil escribirle al otro que estaremos a su lado cuando necesite un beso que refresque sus labios secos, cuando quiera cubrirse con nuestros brazos. Pero llegado el momento, es difícil sostener esas palabras. Y no necesariamente porque no se quiera cumplirlo, a veces simplemente no se puede. El cuerpo se repliega. El Yo se defiende. La boca no se abre. Los pies no caminan. La mirada se pierde. ¿Por qué? Porque quien gobierna al cuerpo no es uno, es el deseo. Y el deseo es inconsciente. Es deseo del otro.

Edvard Munch: The Kiss, 1897.