Hola Doctora

¿Cómo se llega al diván? Es muy común escuchar el imperativo: “ve a terapia”, pero por qué uno debería buscar un psicólogo nada más porque otro lo dice. En psicoanálisis, la demanda de escucha no opera por prescripción médica. Incluso, uno puede llegar a consulta y no “estarse psicoanalizando” ipso facto.

Puede ser que el camino a la propia escucha para algunos sea más largo. En mi caso, antes de llegar a la Maestría en Psicoanálisis y Cultura, pasé por la filosofía de AA, una tarotista, una lectora de café, una paidopsiquiatra, dos años de Lexapro, una constelación familiar, viajes trasnacionales para cerrar ciclos, un matrimonio, yoga, dos semestres de Psicología y mi propio análisis.

Y es que llegar al consultorio de un especialista en la famosa “salud mental”, es el inicio de un entramado de encuentros y desencuentros con síntomas, goces, identificaciones, lapsus y otra serie de conceptos que ya iremos explicando a través de estas cartas.

En “El malestar en la cultura”, Freud señala que “de este mundo no podemos caernos”, de alguna u otra manera estamos “sujetos”, por el hecho de ser parte de una familia, de un vínculo amoroso, por los lazos que vamos tejiendo en donde nos toca insertarnos a cada paso que vamos dando en nuestra historia de vida.

A veces, cuando ese mal estar se vuelve insoportable es que pedimos auxilio. Sea un corazón roto, un duelo, un cambio en la vida inesperado que no podemos transitar o un hoyo en el estómago que no podemos apalabrar. Podemos tenerlo todo y sentir que “algo” nos falta. Incluso muchas veces nos dan el teléfono de algún psicólogo, psiquiatra o psicoanalista y pueden pasar semanas, meses o hasta años para pedir la cita. Cada quien tiene su momento y cada análisis es distinto.

En este mismo escrito, “El malestar en la cultura”, el doctor judío sostiene que la vida como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles… y por ende, para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. Incluso, clasifica éstos en tres clases: “poderosas distracciones que nos hagan valuar en poco nuestra miseria, satisfacciones sustitutivas que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas”.

Y sí, en el mejor de los casos podemos pasar años o media vida distraídos y embriagados de felicidad. Podemos recurrir a ansiolíticos, el quehacer de la casa, el gym, adicciones al trabajo, videojuegos, sexo, sustancias tóxicas o las redes sociales para mantenernos ocupados. Podemos confiar en los dioses de nuestra religión o rendirnos al capitalismo para sentirnos completos. Al diván se llega cuando ya nada nos está, cuando la libido cae, cuando queremos respuestas, cuando la mirada ha perdido el brillo.

Posdata: “Cualquier forma de apresuramiento, incluso en dirección al bien, revela algún desajuste mental”. (E.M. Cioran, “Del inconveniente de haber nacido”)

Karina Cruz Ruiz

Psiconanalista

Twitter/@Karycruiz