Agarrada a la carretera

11.01.2018

Sonará a albur. Meter el clutch suele producirme cierto placer cuando lo suelto mientras conduzco sola escuchando mi  playlist favorito. Yo lo llamo orgasmo. Una muerte chiquitita.

Debía ir al entierro de la madre de una madre. Nunca pensé en llegar en auto. Pero fue lo primero que toda mi familia exclamó en todos los tonos: advertencia, amenaza, preocupación, ocupación, súplica. “No te vayas a ir sola en coche”. Así que, como lo tenía en mente, busqué opciones para llegar en autobús en un viaje de tres escalas y cuatro horas.

Tres semanas antes me había echado para atrás sin ver el sentido. Tras el “golpe avisa”, ahí me ven llamando al seguro para que se hiciera cargo de un rayón que le hice a una Audi Q3. Ridículo. Solía estamparme con más drama y estilo.

Así que el sábado desperté sudando entre pesadillas escolares y raspones de auto. Esas situaciones en las que el miedo a fallar te angustia. Salí de mi clase y me dirigí a la CAPU. Pasaba justo a un costado cuando pensé: “pues es aquí derecho derecho”.

¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se cumpla mi presagio de morir estampada? Ojalá fuera así de fácil. Así que compré un jugo de naranja, sintonicé la estación de música agropecuaria, me puse el cinturón y me agarré a la carretera. Eso sí, sin GPS, atenta a las señales del camino y preguntando en cada caseta. Era mi primera vez conduciendo en una autopista más allá de San Martín Texmelucan.

Entraban llamadas de mi familia. Les da miedo que esté sola. En lugar de contestar pensaba si se enteraron de ese viaje a mis 18 años cuando el amor de mi vida me cortó por primera vez y abordé sola un autobús con destino a Cuernavaca con solo una dirección en un papel. En la ocasión en que mis amigos de la uni me dejaron abandonada en medio de una tumultuosa TAPO y conseguí un asiento para llegar a Villahermosa. En la odisea de cruzar sola el océano para enterrar mis traumas en el desierto de Egipto. O en la zozobra que tenía cuando los llevé al Perú y temía que al bajar del avión nos lleváramos un chasco por contratar paquetes por internet. En fin.  Hoy sólo eran 124 kilómetros de carretera.

Entonces caí en cuenta que son esos momentos los que me hacen sentir viva. Esos en los que me rompo en tratar de demostrar que en lo imposible cabe siempre una posibilidad. Aunque sí. A veces la vida me ubica y me recuerda que todo no es posible, que el clutch sirve para cambiar la velocidad. Aunque yo odie tener que frenar. Aunque ame estamparme.

The Lost Jockey  (Rene Magritte)

Baño Mixto

24.11.2017

Pienso. Me tomo una selfie. La subo a Facebook. Y luego existo. Este sería el nuevo cogito ergo sum que René Descartes regaló al racionalismo occidental. De cómo se teje el lazo entre dos seres completamente desconocidos que coinciden en un sanitario, trata Baño Mixto, una singular puesta en escena hecha en Puebla.

Lo que pasa en este baño mixto no es el hilo negro, es el hilo con el que hemos bordado nuestras relaciones amorosas, una, dos, tres o las veces que hemos necesitado de un suéter que nos cubra del frío, que nos proteja de la soledad, que nos abrigue esperanzas o caliente el cuerpo, el corazón y las hormonas.

Al fin y al cabo ¿qué es el amor?. Nadie lo sabe con exactitud. Todos hablan de él. Muchos presumen en su nombre. Otros tantos gozan con su falta. Lo cierto es que inicia con una mirada. Con ver en los ojos del de enfrente la imagen de lo que no es, de lo que nos falta, de esa descarga eléctrica que apague nuestra sed.

Baño Mixto aborda un encuentro casual en tiempos de Whatsapp, con la crudeza que implica vaciar nuestra existencia en las redes sociales. Es un guión salpicado de sarcasmo, donde los emojis, las alertas y los memes están antes que el contacto físico, ese que está en peligro de extinción.

En medio de risas, orgasmos fingidos y reflexiones de chavorucos, los dos personajes nos dan cuenta de que estas nuevas formas de comunicación enmascaran la inseguridad, el miedo al rechazo, el temor a la frustración por caer en amor otra vez y otros tantos detalles que se juegan en el juego del enamoramiento.

Este fin de semana Paola Aguilar y Luis Paraguirre, despedirán su temporada en El Nicho, un foro escénico que alberga a producciones alternativas, locales y talentosas. Si no lo conocen, pueden aprovechar este sábado 25 de noviembre para darse una vuelta por la 15 oriente número 8, justo frente al Parque de El Carmen.

Con la muerte por delante

02.11.2017

Nadie puede vivir sólo en la realidad. Para poder vivir es necesario creer en algo falso, algo que nos permita soportar la vida, al menos así lo plantea en su Tratado de la Desesperación, el filósofo danés, Soren Kierkegaard, considerado padre del existencialismo. Y así nacen las ilusiones, la fantasía. Como en estos días en los que muchos eligen creer en el más allá. En el cielo o el infierno.

Lo que pasa es que yo no tengo fe. Eso dice mi madre. Quien hace 10 años me mandó a rezar muy fuerte y pedirle a Dios que me quitara una tristeza honda que me oprimía el pecho. La misma que hace 20 me escribió una carta que enlistaba las razones para vivir. “Estás viva porque yo te necesito”, es la frase que siempre recuerdo.

Esta semana de festejos en honor a la muerte y los fieles difuntos, recordaba cómo es que yo de niña tenía tanto miedo a la muerte, a la oscuridad y a la soledad; hasta que encontré más razones para preferir eso a lo aburrido, falso, vacío o paradójico que puede resultar vivir.

Observo a las chicas que rondan los 20. Temían morir en el temblor. Se preocupan por la firma de la tarea, por el 8 en el examen o por la combi que las hace llegar tarde. Tienen expectativas en eso que muchos llaman el “destino” o la vida, o en su inconsciente que las guiará a su deseo.

Algunas aún son vírgenes, otras sueñan con encontrar el amor verdadero, otras suponen que tendrán hijos, también están las que no creen en el matrimonio ni en amores eternos, y hasta las que están decididas a no engendrar. Hoy parece que hay más opciones que las que yo tuve cuando fui a la universidad por primera vez.

Tienen la vida por delante. Aún no reciben una quincena completa para ellas solitas. Un cheque o un depósito de nómina que gastar en maquillaje, zapatos, accesorios, discos, ropa, viajes, cine, regalos para el novio, conciertos, la renta de su departamento de soltera, o el coche del que siempre han estado enamoradas. Aún no lidian con la fama de ser licenciadas, con la gente con la que hay que coexistir en una empresa, o en otra, o en otra; con jefes que te delegan responsabilidades, con la auto explotación, con un corazón roto de a de veras.

“Tú tienes la muerte por delante”, me dijo mi analista cuando recité en el diván por enésima vez mi falta de querer. “Y eso es un fantasma”, remató. Pero esa es otra historia.

Día de Muertos – Ximena Berenguer “Nadiezda”

El hombre que cambió mi vida

05.10.2017

Fuiste el primero en demostrarme que no todos los hombres eran iguales. Hasta mis 7 años mis padres y los padres de ellos se habían encargado de dejarme claro, con el vivo ejemplo, que las mujeres eran las que cocinaban, lavaban y planchaban. Las mismas que debían calentar las tortillas y servir la comida caliente a sus esposos.

¿Por qué mi tío Carlos sí barre y lava los trastes? Le pregunté a mamá la primera vez que vi esa escena y no cabía de la impresión.

Tenía 7 años cuando te conocí y supe que no todos los hombres gritaban, que no todos se dedicaban a dar órdenes, que sí había quienes eran amables y sonrientes.

Crecí en un matriarcado tradicional, ese donde las mujeres mandan pero al mismo tiempo fomentan el machismo por una costumbre que heredaron de generación en generación. Sin cuestionar.

Cuando yo sea grande también quiero que mi esposo sea como mi tío Carlos, pensaba. El hombre más noble, paciente, trabajador y dedicado a sus hijos que he conocido. Pero la vida no es color de rosa. Como a todos, el estrés de la vida cotidiana lo alcanzó, la inseguridad lo asaltó y esta exigencia de cumplir con la lista del súper que nos dicen que es la vida, lo fue apagando.

Un día sus nervios reventaron. Tiempo después las células fueron mutando hasta dominar su temperamento, sus días y su salud. Tras su primer diagnóstico de cáncer, todos nos quedamos helados. En la recaída y recta final, no hubo quien no quedara con el vacío que nos ha dejado.

Han pasado cinco años. Aún sueño de vez en cuando que me mira y sonríe, como cuando le pedía que tocara con la guitarra y cantara “Hasta donde te quiero” o “Amor Marinero”.

Día de Muertos - Diego Rivera - 1924

¿Y si te arrepientes?

29.09.2017

No podemos no decidir. Nuestra existencia se rige, en buena medida, por la toma de decisiones que hacemos. No creo en el arrepentimiento. Llegué a pensar que tal vez porque mi soberbia era grande. Pero no. Creo que cada puerta que abrimos es porque así lo quisimos y nos deja momentos, personas, experiencias, dolores, alegrías, equipaje para anclarnos a la vida, para evitar encontrarnos con la nada.

Dice Jean Paul Sartre que el ser humano tiene conciencia de su muerte e intenta alejarse de ella en el continuo proyecto de ser en el mundo. Por eso ante un temblor de gran magnitud o una actividad volcánica, se encienden los focos rojos de su angustia.

¿Y qué hacemos para escapar de esa angustia? Luchamos por existir. ¿Cómo? A través de una búsqueda de nuestra posición en el mundo, de la proyección, el reconocimiento y el compromiso con los otros. Por eso nos volvimos superhéroes altruistas, por eso todo un pueblo se volcó para poner en pie a la patria.

Para el filósofo francés, el hombre es radicalmente libre y el único responsable de su vida. Sin embargo, nadie nos comparte este secreto. Porque aunque por derecho constitucional nacemos libres, atravesamos un camino lleno de moral, costumbres, ideologías y preceptos civiles que cumplir que nos van limitando hasta volvernos inseguros, temerosos y frágiles para tomar las riendas de nuestros días.

Siempre que hay una disyuntiva en nuestra vida nos acercamos al otro para contarle nuestra angustia, eso que nos quita el sueño, el hambre y el aliento. Y el otro nos aconseja, pero la verdad nadie escucha. Y menos quien en realidad siga la voz de su deseo. Lo que buscamos es reafirmar nuestros pensamientos. Que alguien nos empuje hacia esa duda que suplica certeza.

Y así nos movemos. La respuesta está en nuestras propias palabras. Sólo hay que saber escucharnos. También de eso se trata la cura del Psicoanálisis. De hacernos conscientes, un poco aunque sea. De soltar cadenas, un rato por lo menos. Para que podamos hacer algo. O no. Incluso no haciendo también estamos decidiendo.

La Libertad, Egon Schiele