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El Callejón del Beso

Lunes, Noviembre 15th, 2010

Después de mucho pensarlo decidí acompañar a mi familia en un viaje por la ruta del Bicentenario. Aunque no pisaríamos cada punto de los lugares que se consideran la cuna de la Independencia de México, mi madre me prometió recorrer León, Guanajuato, San Miguel de Allende, Dolores Hidalgo, Celaya y Querétaro.

A sabiendas de que en el trayecto el griterío de los chamaquitos que tengo por sobrinos me recordaría la importancia que siempre le he dado a cumplir con mi trabajo los 365 días del año, acepté la invitación de mi padre más movida por el chantaje emocional que por escaparme de la rutina diaria.

Y ahí estábamos, en la ciudad sede del famoso festival Cervantino. “¿Dónde queda el Callejón del Beso?” era lo único que preguntaba nada más por saciar mi curiosidad y ver ese rincón en el que las parejas tienen que detenerse si es que realmente quieren regresar a sus respectivos hogares y decir que pisaron Guanajuato.

“Ya no existe”, decían unos de mis parientes. “Ya prohibieron los besos”, completó por ahí otro integrante de la excursión al estilo “Mi Pobre Angelito”. Total que después de caminar y caminar, escuchamos a un grupo de boy scouts que no dejaban de gritar y animar a las decenas de personas arremolinadas en el mentado Callejón del Beso.

Leí que hace año y medio, los guanajuatenses célebres por inventarse leyes santurronas como la que prohíbe el uso de las minifaldas o peor aún la de pedir limosna, también determinaron por la vía jurídica que a toda aquél que se sorprendiera siguiendo la tradición que indica la leyenda de este callejón (osea agarrarse a los besos) sería consignado por las autoridades.

Pues resulta que en pleno domingo a las nueve de la noche en ese estrecho espacio de 68 centímetros ubicado en las faldas del cerro del Gallo, habíamos cerca de cien personas haciendo fila para subir al tercer escalón y darnos un beso de amor para merecer esos 7 años de felicidad, como lo indica la leyenda popular. Y la policía…. bien gracias. Y no es que quisiera que me llevaran presa sino que me intrigó la falta de elementos de seguridad pública que vigilen que a los turistas nos traten bien en tiempos en los que la paranoia por los asaltos, balaceras y demás nos tiene con el “Jesús en la boca”, dirá mi abuelita.

Regresando a los besos, a grandes rasgos, los lugareños cuentan que en los balcones edificados en el siglo XVIII, un par de enamorados cuyas familias les prohibían verse, se citaban clandestinamente para darle rienda suelta a sus pasiones. Todo iba bien hasta que el padre de Doña Ana, como se llamaba la susodicha, la descubrió en el momento de besarse con Don Carlos y ahí mismo la mató clavándole una daga en el pecho.