¿UN “BRONCO” POBLANO EN EL 2016?

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Aunque los resultados de las elecciones del pasado domingo 7 de junio no alteraron en esencia el equilibrio de fuerzas ya existente en el país, el desencanto social castigó con fuerza a los tres grandes partidos en México: PRD, PAN y PRI. Morena, el gran ganador de la contienda –en su primera incursión electoral-, le arrebató al PRD gran parte del apoyo popular; el PRI tiene 10 escaños menos, y el PAN apenas mantiene el mismo número de legisladores. El voto de castigo imperó.

El PRI retuvo la mayoría simple y muy probablemente llegará a controlar la Cámara de Diputados con sus aliados (PVEM-PANAL) y nuevos pactos (Partido Encuentro Social, muy cercano a Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación).

Así, el resultado del 7 de junio debe considerarse con un mínimo respiro para el presidente Enrique Peña Nieto, atrapado en su ineficiencia. No es, sin embargo, un cheque en blanco, pues el PRI, su partido, fue castigado al igual que el PAN y el PRD, y el triunfo en Nuevo León de “El Bronco”, candidato independiente, es el signo más claro de la erosión de los partidos tradicionales y de que la decepción ciudadana ha empezado a influir verdaderamente en el sentido de los votos.

En esencia, ninguno de los tres grandes partidos del país ha salido bien librado. El desgaste alcanza a todos. La irritación de la sociedad expresada en las urnas es sin duda el mensaje más claro de estas elecciones federales intermedias.

El caso Ayotzinapa, los escándalos de corrupción en la casa presidencial y el entorno del Ejecutivo, la inseguridad y la violencia y sobre todo el fracaso económico, hacían presagiar un severo castigo al partido de Peña Nieto, pero la vieja aunque refrescada maquinaria electoral salió al quite y logró ponerlo a salvo en estados, como Puebla, donde nadie apostaba un quinto por su victoria: 9 distritos para el PRI, apenas 7 para el PAN.

Con cerca del 30 por ciento del voto nacional, el tricolor retrocede 10 escaños pero, junto con sus aliados, en especial el Verde Ecologista, alcanza a salvar la estabilidad parlamentaria que, por lo demás, caracterizará el último tramo del gobierno priísta, urgido de concretar las reformas estructurales y de asegurar la permanencia del partido en Los Pinos por al menos un sexenio más.

Muy maltrecho, por su parte, quedó el PRD, que dividido, fracturado y sin rumbo va en camino de perder la etiqueta de único partido “fuerte” de izquierda en el país. Con sólo el 11 por ciento del voto, perdió de golpe casi 40 diputados. Bloque que, sin duda, ha ido a parar a manos de Morena, el único partido que ya tiene asegurado a su candidato presidencial para el 2018: Andrés Manuel López Obrador.

Vistos los resultados del 7 de junio, la paradoja es que, solos, a ninguno de los dos, PRD y Morena, les alcanzará para llegar a la titularidad del poder Ejecutivo. Por separado no podrán lograrlo. Necesitarían ir en alianza para dar un verdadero susto a quienes resulten los candidatos del PRI y del PAN. Pero la unión de estos dos partidos de izquierda es más que imposible: hay mucho resentimiento y muchos agravios entre AMLO y la cúpula que se adueñó del sol azteca, la mafia de “Los Chuchos”. Es más probable que el PRD busque una coalición con el PAN que con Morena. La izquierda, entonces, será el peor enemigo de la izquierda en el 2018, para satisfacción del PRI.

La situación del PAN no es menos complicada. Las elecciones lo ubican como segunda fuerza nacional en escaños –es decir, la principal fuerza opositora-, pero su frágil porcentaje de votos, inferior a 2012, no le permite cantar victoria y deja muy mal parado al dirigente nacional, Gustavo Madero, quien ahora deberá enfrentarse a los saldos del calderonismo, que por la vía de la esposa del ex presidente Felipe Calderón, Margarita Zavala, ya ha anunciado su intención de disputarle el liderazgo y la candidatura presidencial en el 2018. Apenas hay dudas de que de esta cruenta guerra saldrá la conjunción de alianzas internas que decida al candidato presidencial, tarea que hoy alinea Madero y al gobernador Rafael Moreno Valle pero que luego, en poco tiempo, acabará enfrentándolos, pues ambos tienen en mente la misma aspiración.

Mientras tanto, el triunfo de Jaime Rodríguez Calderón, conocido como “El Bronco”, ha sacudido a las estructuras del sistema y ha enseñado el camino a los candidatos independientes, o supuestamente independientes, para las contiendas electorales locales que se avecinan, como la de Puebla en el 2016, el año de la denominada minigubernatura, la de un año y 8 meses.

Copiando mucho del Vicente Fox del año 2000, “El Bronco” logró romper el histórico bipartidismo del PAN y el PRI, marcando un verdadero hito en las primeras elecciones que contemplaron las postulaciones sin partido.

(Similares éxitos se anotaron otros candidatos independientes en otros puntos del país, como Guadalajara y Morelia).

Y si ya de por sí la victoria de “El Bronco” marca un antes y un después en la democracia mexicana, la forma en que lo logró es digna de resaltarse, pues lo hizo de forma aplastante, con el 48 por ciento de los votos, frente a los raquíticos 23.5 por ciento y 22.5 por ciento de los candidatos del PRI y PAN, respectivamente.

¿Cómo lo logró? Pues no tiene mucho misterio: capitalizó el descontento ciudadano con el gobierno local y se apropió de la bandera del cambio a través de vender al electorado una imagen de persona audaz y atrevida, sin miedo.

Sobre todo sin miedo.

Casi el mismo fenómeno del 2010 en Puebla, cuando Rafael Moreno Valle hizo del antimarinismo el eje central de su exitosa campaña.

Aunque la lógica del 2016 será muy distinta a la del 2010, ¿habrá un “Bronco” poblano en las próximas elecciones?

Es difícil decirlo ahora, ante la ausencia de liderazgos ciudadanos auténticos, pero no cabe duda que la mesa está puesta, ante la crisis de los partidos –evidenciada este 7 de junio- y el obvio, lógico desencanto social y la pérdida de impulso y el desgaste y la división en el grupo en el poder.

“Yo inicié la primavera mexicana”, “es un despertar”, “el ciudadano es más poderoso que cualquier sistema político”, “hay un encabronamiento colectivo por los temas de corrupción”, “hay un enojo desde la parte alta hasta la parte baja de la sociedad” y “yo no me voy a apendejar en el gobierno”, son algunas de las reveladoras declaraciones que ha hecho Jaime Rodríguez desde su campanazo del 7 de junio.

¿Habrá “primavera poblana”?

Y más: ¿quién la abanderará?

¿De dónde saldrá?

¿De la alicaída y poco representativa iniciativa privada?

¿De la academia, muy cómoda en su análisis y su furibunda -y siempre desinformada- crítica de escritorio?

¿O acaso de un fractura notable de las filas de un partido político tradicional; digamos en el mismísimo PAN, con –por ejemplo- un Lalo Rivera decidido como ya se cuenta en su entorno a romper con el que es su partido para “ciudadanizarse” como “El Bronco” regiomontano, quien antes de ser candidato independiente fue priísta y postulado por ese partido, presidente municipal de García, N.L?

¿Tendrá el valor, o seguirá acurrucado en los brazos de El Yunque y escondido debajo de las faldas de Ana Teresa Aranda, esperando cómoda y simplemente a que las cosas sucedan por inercia?

¿Podrá ese anónimo (por ahora) personaje con las alianzas que ya se prefiguran para la madre de todas las guerras en Puebla: PAN-PRD-CPP-PSI vs PRI-PVEM-PANAL-PES vs Morena-MC?

¿Está preparado Puebla para un fenómeno electoral de esta naturaleza?

La historia, en todo caso, está por escribirse.

gar_pro@hotmail.com

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