LA HUACHICULTURA EN PUEBLA: SANGRE Y MUERTE CON AROMA A GASOLINA

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La “industria” del robo de combustible en la zona del Triángulo Rojo ha acarreado, además de los directos y nefastos efectos delincuenciales, el rompimiento del tejido social, con el consecuente establecimiento de una nueva estructura comunitaria, económica, jerárquica, normativa y hasta de culto religioso; de facto, un nuevo e inédito contrato social entre los habitantes y los chupaductos, convertidos en patrones, benefactores, verdugos y autoridades al mismo tiempo. Toda una Huachicultura, de la que unos huyen, pero la que muchos pobladores de los municipios de la región anhelan e incluso enaltecen.

Las instituciones han sido anuladas.

Hay delitos colaterales, que complementan –si es que así se puede lamentablemente decir– el robo a los ductos de Petróleos Mexicanos (Pemex).

Los grupos criminales han diversificado sus actividades al secuestro.

Matan y violan impunemente.

Los presidentes municipales y auxiliares son rehenes de los huachicoleros.

Hay la sospecha de que son cómplices, en algunos casos.

Y esencialmente, la vida les ha cambiado desmesuradamente a los habitantes de la zona.

De la pauperización ancestral, al menos desde hace 10 años, pero con mayor intensidad en los dos últimos, han pasado a una súbita solvencia.

Transmutaron repentinamente de comerciantes, albañiles y campesinos, a huachicoleros.

Los negocios de la zona han crecido.

Muchas familias han concretado su aspiración de tener casas habitables, cómodas.

Con servicios como TV por cable, muebles y electrodomésticos que solamente podían ver desde el desconsuelo del otro lado del vidrio del aparador.

Otros ampliaron sus actuales viviendas o construyeron unas más grandes y mejores.

En su nueva cosmovisión, desde sus limitaciones culturales y reflexivas, su participación con el crimen organizado está bien justificada.

Para ellos, el argumento de que no es delito, porque “el petróleo es de todos los mexicanos”, los exculpa y los dignifica.

Piensan que toman lo que les “pertenece”.

Eso suponen y eso creen fehacientemente.

La desesperanza de la pobreza se esfuma para ellos con el olor a gasolina y se entiende.

Si un jornalero ganaba entre 100 y 120 pesos al día, ahora un campesino metido al huachicol se lleva a los bolsillos hasta mil 500 pesos cada 24 horas.

El impensable e inalcanzable ascenso económico les ha llegado y no lo ven como un delito.

Todo lo contrario.

Lo toman como una forma “honesta” de ganarse la vida.

Hay ahora una derrama económica importante.

Ha mejorado sustancialmente la calidad de vida de las familias del Triángulo Rojo.

Son cómplices y beneficiarios de ese “negocio”.

Hay trabajos periodísticos recientes que sostienen que la zona sigue sumida en la carestía.

Que es pobre casi 70 por ciento de los habitantes de Palmar de Bravo, Quecholac, Acatzingo, Acajete, por poner ejemplos.

Sin embargo, citan cifras del Índice de Marginación del Consejo Nacional de Población (Conapo), pero de 2015.

Por supuesto, aún no se refleja lo que ha ocurrido desde ese año a la fecha, cuando más creció la extracción clandestina a los ductos.

Lo que sí es cuantificable, son algunos delitos colaterales, como el robo de vehículos.

“Herramienta” esencial para estas bandas criminales son las camionetas robadas, cuyo registro no los involucre e identifique.

Ha crecido descomunalmente este ilícito paralelo.

De acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP) –por citar algunos casos–, en promedio entre Amozoc, Quecholac, Tepeaca y Tecamachalco se disparó el robo de vehículos 164.5 por ciento, en un comparativo entre el primer bimestre de 2016 y el mismo periodo en 2017.

Tan sólo en Amozoc el crecimiento fue de casi 300 por ciento.

Qué decir de los homicidios.

Por vendettas, por competencia y por rencores, se han poblado de cadáveres los campos que antes eran para los raquíticos cultivos de hortalizas.

Igual ha ocurrido con los secuestros, cuyas cifras reales se ahogan en la ausencia de denuncias.

Incluso la fe ha tomado otros rumbos con la Huachicultura.

Las fiestas con matices religiosos tienen un nuevo protagonista: el “Santo Niño Huachicolero” (sic).

El “protector” de los perforadores de ductos.

De los vendedores a pie de carretera.

De los sicarios.

De los halcones.

También se han sacudido los usos y costumbres sobre lo que debería ser la correcta protección hacia los hijos, hacia los niños.

La existencia de los halconcitos, menores de edad metidos en el robo de combustible, como centinelas para avisar de la llegada de soldados o palomas –personal de seguridad de Pemex–, es la expresión sublime de la descomposición social, educativa y hasta cultural del problema.

Así como la Narcocultura ha echado raíces en el norte del país, la Huachicultura ya sentó sus reales en Puebla.

Los municipios, los pueblos, las personas del Triángulo Rojo ya jamás volverán a ser los mismos.

El abandono institucional que sufrieron por décadas y su acceso a las “minas de gasolina” los han transformado.

Si se abate o no el ilícito, de cualquier modo la metamorfosis está ya y habrá consecuencias en uno u otro caso.

Para ellos, ser chupaductos es sinónimo de poder y dinero.

Fue como amanecer con la ilusión de los autos o camionetas de lujo, las mujeres, el alcohol, las drogas, los ranchos, la riqueza…

Forman parte de esta nueva Huachicultura.

Esa, en la que se entonan como aspiración en las notas de los corridos que los exaltan.

Esa extraña realidad en la que los líderes huachicoleros son “héroes” de una nueva soberanía.

A quienes se les debe pleitesía, a quienes hay que proteger, porque ellos protegen a sus súbditos.

El surrealismo vuelto tangible.

Los huachicoleros y los vecinos que los admiran, protegen o sirven materializan en su propia tierra, sin necesidad de correr el riesgo de cruzar la frontera, una suerte de Sueño Americano.

Es su propio universo onírico convertido en verdad.

Si la muerte los sorprende en el camino, en su infracultura es un precio válido.

Uno que se abona como valor inherente a su ley.

Una ley de sangre y fuego con aroma a gasolina y muerte.

Para siempre.

gar_pro@hotmail.com

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