Rosario Castellanos Figueroa

José Alarcón Hernández | Publicado el Lunes, 23 de Agosto de 2010 09:28
“El que disimula el odio tiene labios mentirosos,
y quien esparce calumnias es un insensato.”
Salomón 10:18


Rosario, dedicó su vida a crear espejos donde las mujeres pudieran mirarse para conocerse y hacer algo para mejorar su vida.

Se internó en el difícil camino de la desmitificación de la mujer, puso de manifiesto la otra cara de la moneda, al exponer no el lado amable de la maternidad, de la abnegación, del sometimiento, de la ignorancia, de la pobreza, del engaño, sino la cosificación de la mujer, la marginación, la no dignidad, que Rosario extrae de su propia experiencia, y que veía repetirse una y otra vez, de generación en generación: “Escribí para que las mujeres viéramos reflejadas nuestras posibilidades de vida, para que estuviéramos conscientes de que podíamos intentar otros caminos que no fueran la soltería ominosa, ni un matrimonio apresurado, ni una soledad mortal”

Rosario, nació en la Ciudad de México, el 25 de mayo de 1925. Ella siempre se consideró de Comitán de Domínguez, Chiapas, en donde pasó gran parte de su infancia. A los dieciséis años, regresó a la ciudad de México.

Hija del ingeniero César Castellanos, primer director de la Escuela Secundaria de Comitán. Su madre, Adriana Figueroa, se consideraba en deuda con su esposo, pues la había sacado de su pobreza, del trabajo manual y la había hecho parte de la clase alta.

Rosario trataba de agradar a sus padres, pero no parecía conseguirlo, siempre recordaba lo que le decía su madre: “Mira, tu papá y yo porque tenemos la obligación, te queremos. Pero ninguna otra gente, nadie en el mundo, nunca, nunca te va a querer”

La muerte de su hermano Benjamín, dejó a sus  padres desolados, como si la vida se hubiese acabado para ellos con la pérdida del hijo varón y la trascendencia de su apellido.    Rosario fue una niña solitaria, su aislamiento la llevó a refugiarse en la mujer de quien recibió más afecto: su nana y por extensión en el mundo indígena de ésta.

Rosario vivió en carne propia y en la de los indígenas, la discriminación y el abuso, en muchas ocasiones brutales, en especial para las mujeres, a quienes dedica gran parte de su obra narrativa. Se sentía culpable por pertenecer al grupo de los blancos ricos y explotadores, por eso cuando mueren sus padres, comía con los indígenas y les regaló sus tierras.

En enero de 1948, cuando Ella va a cumplir 23 años, de una manera súbita y casi simultánea, mueren sus padres.

Ingresa a la Universidad Nacional Autónoma de México, ahí se relaciona con Ernesto Cardenal, Dolores Castro, Jaime Sabines, Ernesto Mejía Sánchez, Otto Raúl González, Luisa Josefina Hernández y Augusto Monterroso.

Colaboró con el rector, doctor Ignacio Chávez, ocupando el cargo de Directora General de Información y Prensa de la UNAM, de 1960 a 1966. Por estos años y hasta 1974, fue catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de su alma mater.

Egresó de la Maestría en Filosofía de la UNAM, con la tesis titulada: “Sobre cultura femenina”

Estudió también en la Universidad de Madrid, con una beca otorgada por el Instituto de Cultura Hispánica.

Se enamoró obstinadamente del doctor en filosofía Ricardo Guerra. Este no correspondió como Ella deseaba e incluso se casó con otra mujer, pero Rosario no se dio por vencida. Así se casaron en 1958. De sus múltiples embarazos sólo vivió Gabriel, pero las continuas infidelidades de Ricardo, la envolvían en fuertes depresiones. Ella se culpaba, bien fuera por ser fea o por tener un cuerpo poco atractivo o por sus continuos reclamos y sus celos.

En 1958, recibió el Premio Chiapas, de manos del gobernador Efraín Aranda Osorio; en 1961, se le otorga el Premio Xavier Villaurrutia, al año siguiente es honrada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

En 1966, se divorcia de Ricardo, lo que la lleva al valium y a estancias en el hospital psiquiátrico.

Aceptó una invitación como profesora visitante en la Universidad de Madison Wisconsin; allí se recuperó, se dedicó a su hijo, a sus clases, y se hace acreedora del Premio Carlos Trouyet de Letras.

Promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional Indigenista, así como secretaria del PEN Club. Laboró en el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Gutiérrez y dirigió el Teatro Guiñol del Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil auspiciado por el Instituto Nacional Indigenista.

Sus últimos años los dedicó al servicio exterior. En 1971, el presidente Luis Echeverría Álvarez la nombra embajadora de México en Israel, como homenaje en vida por su excelsa obra. En Israel, Rosario, además de su labor de diplomática, se desempeña como catedrática en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Al año siguiente regresa a México, para recibir el Premio Elías Sourasky de Letras.

Rosario falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974, a consecuencia de una descarga eléctrica provocada por una lámpara cuando acudía a contestar el teléfono al salir de bañarse, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres el 9 de agosto de 1974.

Su obra trata temas políticos, ya que concebía al mundo como "lugar de lucha en el que uno está comprometido".

Consideraba la poesía como "un intento de llegar a la raíz de los objetos" mediante la metáfora. Cada tema lo trataba ligado con lo cotidiano y con el interés por el papel de la mujer en la sociedad y por la crítica del enfoque sexista, ejemplificado por su cuento Lección de cocina: cocinar, callarse y obedecer al marido.

La obra de Rosario es vasta, enorme y sumamente hermosa: “Trayectoria del polvo, El Cristal Fugitivo”, 1948; “Apuntes para una declaración de fe”, 1948; “De la vigilia estéril”, 1950; “Dos poemas”, 1950; “Presentación en el templo”, 1951; “El rescate del mundo”, 1952; “Tablero de damas”, 1952; “Metáfora”, 1957; “Balún Canán”, 1957; “Al pie de la letra”, 1959; “Salomé y Judith”, 1959; “Lívida luz”, 1960; “Ciudad Real”, 1960; “Oficio de tinieblas”, 1962; “La novela mexicana contemporánea y su valor testimonial”, 1966; “Materia memorable”, 1969; “La tierra de en medio”, 1969; “La corrupción”, 1970; “Álbum de familia”, 1971; “Poesía no eres tú”, 1972; “Mujer que sabe latín”, 1973; “Los convidados de agosto”, 1974; “El uso de la palabra”, 1974; “El eterno femenino”, 1975; “El mar y sus pescaditos”, 1975; “La suerte de Teodoro Menéndez Acubal”, 1989; “Cartas a Ricardo”, 1994; “Rito de iniciación”, 1996.

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