El 23 de septiembre de 1939, murió Sigmund Freud. El creador del psicoanálisis no tuvo una muerte ordinaria. Sus últimos años fueron significativos y dignos de un análisis en el diván.
De entrada, su primera obra representativa, “La Interpretación de los Sueños”, publicada en 1899, abrió paso a la teoría que sugiere que una de las vías regias para acceder a lo inconsciente es justo a través de esas formaciones que tenemos en el mundo onírico. Tal vez, él mismo no alcanzaría a sospechar en aquellos primeros años de sus “Estudios sobre la histeria”, que al final de su vida, elegiría, precisamente la sustancia de Morfeo, el mítico Dios de los Sueños, para sumergirse en el sueño eterno.
Aunque se sabe que el neurólogo judío era asiduo a los opioides, cuenta la historia que esa madrugada de otoño londinense, su médico de cabecera, Max Schur, cumplió con su palabra al inyectarle una dosis letal de morfina para acabar con su agonía. Y es que el propio Freud lo hizo prometerle que cuando el dolor fuera insoportable le ayudaría a eso que conocemos como “bien morir”.
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