La voz de aquella mujer argentina aún resuena en mis oídos como un latigazo colonial: “¡Negro de mierda!”. No fue solo un insulto casual, fue la erupción violenta de un volcán de desprecio que lleva cinco siglos acumulando lava en las entrañas de América Latina.
Mientras tanto, en los fraccionamientos exclusivos de nuestras ciudades, los guardias de seguridad -hombres de piel morena, con uniformes que nunca les quedan bien- siguen recibiendo el mismo mensaje en cada mirada de desdén: “Tú solo sirves aquí, pero no perteneces aquí “.
Eduardo Galeano, lo escribió con sangre y tinta: “El racismo es el único producto europeo que nunca ha tenido problemas de distribución en América Latina”. Lo tenemos en la punta de la lengua cuando decimos “indio” como insulto, en las pupilas cuando miramos con recelo al que tiene rasgos indígenas, en las manos cuando apartamos el cambio sin tocar los dedos del vendedor ambulante.
Bolívar Echeverría nos enseñó que el mestizaje fue la gran mentira que nos contaron para esconder la jerarquía racial que sigue gobernando nuestros países. Porque en México no es lo mismo ser moreno en la Presidencia, que moreno en los puestos de tacos; no es lo mismo el indígena de museo, ese pasado indio que alabamos, que el indígena que pide monedas en el metro. El racismo aquí no necesita leyes para existir -como en el apartheid sudafricano-, le basta con nuestras miradas, con nuestros silencios cómplices, con esa risa nerviosa cuando alguien suelta un “es que los indios son así”.
Nunca podré olvidar la historia de aquella niña indígena que conocí en un albergue escolar. Me contó, con una inocente sonrisa que me partió el alma, que su mayor sueño era “dejar de ser india”. ¿Qué clase de sociedad hemos construido donde una criatura de ocho años ya carga con ese peso? Galeano lo explicaba con esa rabia dulce que lo caracterizaba: “Les robamos todo a los pueblos originarios: sus tierras, sus dioses, su historia. Y cuando ya no les quedaba nada, les robamos hasta el derecho a estar orgullosos de quienes son”.
En las escuelas mexicanas, mientras enseñamos las hazañas de Cortés y Pizarro, callamos las resistencias de Cuauhtémoc y Tecún Umán. En nuestras telenovelas, los protagonistas siguen siendo blancos y rubios, mientras los morenos hacen de sirvientes o narcotraficantes. En nuestras familias, todavía se celebra cuando un niño nace “güerito” y se comenta con pena cuando sale prieto, “color cartón”. Todo esto no son casualidades, es el racismo estructural que respiramos sin darnos cuenta, como un gas venenoso que nos va matando lentamente.
El caso del policía insultado no es aislado. Es el mismo desprecio que hace que en los hospitales privados atiendan primero al que “se ve decente”; que en las discotecas de moda dejen entrar a los de piel clara primero; que en los trabajos exijan “buena presentación” y que generalmente signifique “lo más blanco de piel posible”. Es el mismo racismo que hace que en pleno 2025, el mayor insulto que un mexicano puede lanzarle a otro sea recordarle su sangre originaria, espetarle a la cara “eres un pinche indio”.
Pero hay otra historia que no nos cuentan. La de los abuelos que siguen hablando náhuatl en secreto, como un acto de resistencia. La de las mujeres afromexicanas que han convertido sus trenzas en banderas. La de los jóvenes indígenas que hoy usan las redes sociales para mostrar su cultura con orgullo. Galeano lo sabía: “Los pueblos que recuerdan su historia son pueblos que pueden cambiar su destino”.
En los mercados populares, entre el humo de los tacos y el bullicio de la gente, se escuchan conversaciones que deberían avergonzarnos: “Ay, mi hija salió tan prietita… espero que con el tiempo se le aclare”. En las escuelas, los niños indígenas siguen cambiando sus nombres para evitar las burlas: “Me dicen Luis porque en la primaria no podían pronunciar mi nombre verdadero”. En las oficinas, las personas morenas con talento siguen chocando contra ese techo de cristal racial que nadie quiere reconocer.
Echeverría nos alertaba: “El racismo latinoamericano es especialmente peligroso porque se niega a sí mismo”. Nos creemos igualitarios mientras reproducimos las mismas jerarquías coloniales. Nos jactamos de nuestro mestizaje mientras blanqueamos nuestra historia. Nos escandalizamos con el racismo en Estados Unidos mientras toleramos el nuestro, ese que duele más porque viene disfrazado de cariño: “No es que sea racista, pero…”
A pesar de todo, mientras usted escucha estas palabras, en algún lugar de México:
· Una abuela tzotzil está enseñando a su nieta a bordar, mientras le susurra: “Estos dibujos son nuestra historia, aunque el mundo quiera borrarla”
· Un joven afromexicano se mira al espejo y por primera vez no desea tener otra piel
· Un maestro rural está explicando a sus alumnos que “indio” no es insulto, sino motivo de orgullo
El cambio no vendrá de arriba. Vendrá de nosotros, de esos pequeños actos cotidianos: cuando corregimos al tío que hace un chiste racista, cuando enseñamos a nuestros hijos la belleza de todas las pieles, cuando dejamos de asociar lo blanco con lo superior.
Termino con una pregunta que me persigue desde que escuché aquel “negro de mierda”: ¿Qué heridas llevamos tan adentro que ya ni siquiera nos duelen? El racismo no es solo un problema de los otros, es la sombra que todos llevamos dentro. Pero como bien sabían nuestros abuelos indígenas, hasta la noche más oscura termina cuando algún valiente decide prender una luz.
Hoy podemos ser esos valientes. Podemos dejar de ser cómplices de este crimen histórico.
Podemos, por fin, mirarnos al espejo sin miedo a lo que veremos. Porque como cantaba el poeta maya Jorge Cocom Pech: “Somos hijos del maíz, y el maíz nunca se avergüenza de su color”.

