Desde el psicoanálisis entendemos el duelo como algo que va más allá de un dolor, un pesar o una aflicción.
Etimológicamente la palabra “duelo” tiene su origen en dos raíces latinas: “dolus” y “duellum”. La primera hace referencia al dolor, mientras que la segunda remite a la idea de desafío, al hecho de “retar a duelo”, a un combate cuerpo a cuerpo entre dos, ese que en antaño ocurría cuando se había faltado a la palabra.
Si algo nos enseñó la pandemia fue justamente a pelear por la vida, a ver de reojo a la muerte.
En su obra “Duelo y melancolía”, Freud define el duelo como una reacción ante la pérdida de una persona querida, la patria, la libertad, un ideal, un trabajo, una rutina; de tal manera que el duelo no es consecuencia solo por haber perdido algo tangible.
Elaborar el duelo es algo más que superar un dolor. Implica realizar un proceso psíquico de reconstrucción simbólica: por eso despedimos a nuestros difuntos, hacemos rituales o atravesamos etapas para poder continuar viviendo, para lograr separar la energía libidinal del objeto perdido o amado y recobrar la libertad a través de la reestructuración de los significantes.
La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross dedicó toda su vida a tratar con pacientes al borde de la muerte y a escribir sobre el acto de morir. A ella le debemos el famoso modelo psicológico que establece los cinco estadios por los que se atraviesa en un duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.
Sin embargo la experiencia de un duelo no funciona como una receta mágica para todos los casos ni existe un tiempo cronológico para elaborarlo ya que es subjetivo, es decir único para cada sujeto.
En su Seminario VIII titulado “Sobre la transferencia“, Jacques Lacan dice que “el duelo consiste en autentificar una pérdida real, pieza a pieza, signo a signo […] hasta agotarlos. Cuando esto está hecho, se acabó.”
En el caso del duelo, el trabajo en psicoanálisis se realiza en dos tiempos lógicos: en un primer momento se pierde el objeto, y lo sustituye la tristeza, la aflicción y sufrimiento por la pérdida; en el segundo, se pierde la pérdida, es decir, el sujeto deja de llorar, logra simbolizar la pérdida y con ello la libido abandona toda ligazón con el objeto amado.
No es que se olvide a la persona fallecida, el trabajo anterior, el matrimonio pasado, el hogar o la patria dejada, sino que el sujeto logra cambiar de posición, pasar de un lugar simbólico a la adquisición de otro. Dejar el papel de esposa y asumirse como viuda.
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