Siempre que alguien se quita la vida, atrae miradas. La noche del miércoles decenas de medios transmitían desde el puente de la Vía Atlixcáyotl, otros tantos replicaban la noticia alarmante e impactante de la chica venezolana de 22 años que había decidido lanzarse justo tras llamar a su novio y haber dejado una carta de despedida en su cuenta de Instagram.
Y es inevitable caer en el discurso de “lo preocupante” que resulta no escuchar a los adolescentes, en el caso de Yusveli, “lo importante” de procurar la salud mental, etc, etc. Todas frases que intentan poner un curita a la enorme herida que lleva ya una generación abierta, pero que nadie se atreve a ver, porque horroriza.
Entonces comienza la búsqueda de razones para comprender lo ocurrido. Respeto a los suicidas. Porque son personas. Porque sus motivos han tenido. Porque su valor ha requerido. Dejemos de revictimizar, opinar, buscar culpables y llenar de moral el acto porque lo único que hacemos es proyectar nuestra propia angustia existencial.
Abordar el tema del suicidio desde la clínica es algo más complejo. Atraviesa desde la melancolía, representada en una depresión, pero también un episodio hostil donde se busca acabar con “otro”. Como sujetos del inconsciente, nuestra vida cotidiana oscila entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Se puede vivir porque tomamos conciencia que un día tendremos que morir. Sin embargo, los procesos psíquicos van más allá porque están atravesados por la manera en que tejemos nuestra realidad. Es decir, no es sólo escuchar lo que le duele a nuestros niños, adolescentes, amigos, hermanos, padres, etc. Sino cómo se les ha habla primero. ¿Qué se les dice? Sin que esto sea garantía de lo que ellos han escuchado.
En el diván escuchamos las historias de sujetos, una por una, todas distintas. Incluso cuando el motivo de consulta es el mismo, el perfil de las personas sea similar, o los pacientes tengan lazos en común. Cada cual ha tejido su historia de manera distinta. Lo que dicen, en parte son ideas propias, pero en su gran mayoría son discursos que han adoptado de “otro”, generalmente alguna pieza clave en la conformación de su narcicismo.
Por eso es importante cómo se habla, las expectativas que ponemos, las críticas que hacemos, los estereotipos que reproducimos, los silencios que hacemos ante temas prohibidos, como los abusos sexuales, las adicciones o las violencias domésticas. Hoy tenemos adolescentes ofuscados porque la imagen del aparador que les han vendido es un mandato a “ser exitosos”, “alguien en la vida”, precisamente en este momento histórico global donde el desencanto y la pérdida de estructuras sociales no garantizan a las nuevas generaciones un futuro prometedor.

