Se cumplen tres semanas del desastre generado por las lluvias en la Sierra Norte de Puebla y siguen activos los cauces de agua tapados, entubados y olvidados por años.
Entre las fotografías emblemáticas de la tragedia gestada del 8 al 10 de octubre en Huauchinango, está la de un cerro que arrastró un centro de reciclaje, inundó un centro deportivo público y se llevó un pedazo de carretera.
Pues por ahí corría una amel (manantial). Un día dejó de existir. Hace unos veinte días, el agua volvió a su lugar y hoy es todavía un pequeño arroyo que no tiene fin.
Lo mismo sucedió en 1999 y 2016. Esa corriente de agua resurgió y permaneció activa por varios meses después de las lluvias “atípicas”.
Esa amel convertida en arroyo no es el única “resucitada”, el agua siempre vuelve a su cauce natural y acaba con la piedra dura.
Crecí en Huauchinango y ahora llamamos atípico a lo que nos era cotidiano. En los años setenta y ochenta nos llovía casi todo el año y no veíamos el sol por semanas. Ahora tenemos olas de calor y la lluvia nos cae de golpe. El 9 de octubre de este 2025, las lluvias torrenciales se concentraron en Huauchinango con 263.5 mm , la mayor cantidad de agua que cayó ese día en el país.
Entre el 5 y 6 de agosto de 2016, la tormenta Earl hizo lo propio. En el municipio de Huauchinango se presentó la mayor precipitación de agua de la que se tenga registro: 265.5 mm acumulados durante 24 horas, lo que significa casi la totalidad de precipitaciones en todo un mes, según el reporte emitido por la Conagua.
No tengo la cifra de octubre de 1999. Pero entonces también vimos caer cerros, renacer arroyos y lloramos por las víctimas.
Las tres veces nos hemos volcado en solidaridad. Hombres y mujeres han tomado palas, picos, cubetas, alimentos, ropa, cobijas, medicinas… para ayudar a sus vecinos.
Por desgracia, Liam, el niño de seis años sepultado por un alud, no será el último.
Y seguramente volverá a pasar.
Va a suceder porque no conocemos la planeación urbana, incluso colonias edificadas legalmente se inundan.
Va a suceder porque nos genera una singular felicidad: secar, tapar, entubar, tapizar y sepultar manantiales y arroyos.
Va a suceder porque el metro cuadrado de tierra en planicie cuesta lo mismo que el precio mínimo en la zona de Lomas de Angelópolis.
Va a suceder porque vivir en un desfiladero no es una elección, es el resultado de una historia centenaria de pobreza y marginación.
Va a suceder porque en la mente de nuestros ilustres alcaldes sólo está la recaudación legal e ilegal.
Va a suceder porque talamos árboles sin ton ni son.
Va a suceder otra vez porque, dicen los que saben, los desastres naturales son la “nueva normalidad”.

