“Aunado a las emociones, comencé a elaborar ante el ministerial un mediocre relato de lo ocurrido. Sabía que no era momento para la desarmonía narrativa, pero mi cabeza me traspasaba, mi cabeza recién salvada por un blindaje de primera calidad se encaprichaba en desentenderse del interrogatorio. Buscaba darle fidelidad a la declaración, pero mi cabeza de desplazaba de forma intermitente a una conversación que tuve años atrás sobre lo que pudo haber sido un crimen de Estado.
“Fue con la madre y el padre del ex gobernador de Puebla Rafael Moreno Valle, quien con su esposa Martha Erika Alonso, gobernadora entonces de la misma Puebla, murió al caer el indefectible helicóptero Augusta en que viajaban a la Ciudad de México para comer con la familia el 24 de diciembre de 2018. Ciento treinta kilómetros rutinarios que hasta esa Navidad nunca representaron problema.
“Los visité en su casa un domingo de mayo de 2019, la casa a la que el hijo y la nuera no alcanzaron a llegar en Navidad, y no voy a ahondar en el abatimiento que encontré ni en las crónicas que ellos sí ordenaban bien, como la de un penoso ex gobernador de Chiapas, por esos días senador del oficialismo y presunto amigo de la familia, que apareció en la casa un par de horas después de la noticia catastrófica para ofrecerles una llamada de pésame del presidente, ni en cómo ella, madre, suegra, le respondió: “Que se vaya a la chingada el presidente“.
“Lo que me distraía en el interrogatorio ministerial era la idea que ellos repetían en aquel café un domingo de mayo de 2019: si fue un crimen de Estado, no sabremos lo que ocurrió, porque en los crímenes de Estado nunca se conoce a los autores y movernos no nos traerá de regreso a Rafa y Martha Erika“.
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Lo anterior es un fragmento del capítulo “One shot, one opportunity” de “No me pudiste matar”, el libro de Ciro Gómez Leyva en el que relata, como solo él podría hacerlo, el antes, durante y después del violento atentado que sufrió el 15 de diciembre de 2022 cuando, tras salir de su noticiero nocturno de televisión, se dirigía a su casa en la Ciudad de México y del cual se salvó milagrosamente gracias al blindaje nivel 4 de la camioneta que conducía.
La referencia del periodista al caso de la ex gobernadora y el ex gobernador de Puebla, y a los padres de este -muerto él, Rafael Moreno Valle Suárez, en 2021-, aparece en las páginas 35 y 36, donde describe, con precisión milimétrica, las primeras horas después del ataque a balazos cuyo móvil sigue en el limbo.
Lectura obligada para entender un poco más los tiempos mexicanos que corren, el libro de Ciro es, además, una emotiva y profunda reflexión sobre la fragilidad de la vida y los torcidos caminos de la política y el periodismo.
Una historia que merecía ser contada.
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¿Crimen de Estado?
No se sabe ni seguramente nunca se sabrá.
Hasta hoy todo son conjeturas.
Como en el caso de Ciro Gómez Leyva, la noche le sigue ganando al día.
Hasta hoy la conclusión más recurrente, aceptada socialmente y legitimada por las autoridades, es que todo se circunscribió a un fallo mecánico, causado por falta de mantenimiento al helicóptero.
“Se trató de un evento de falla en el aparato aeronáutico, en concreto, en el actuador lineal izquierdo”, es la versión oficial.
Hasta hoy no hay ninguna prueba que sostenga la hipótesis de un fallo provocado.
¿Crimen de Estado?
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Manuel Velasco Coello.
Es el penoso ex gobernador de Chiapas, por esos días senador del oficialismo y presunto amigo de la familia, que, según relata Ciro, apareció en la casa de los Moreno Valle un par de horas después de la noticia catastrófica para ofrecerles una llamada de pésame de Andrés Manuel López Obrador.
Una oferta rechazada, según Ciro, por la madre de Rafael Moreno Valle, doña Gabriela Rosas, con un:
¨Que se vaya a la chingada el presidente” (sic).
Manuel Velasco Coello.
El esposo de Anahí, la de “Rebelde”.
El mismo que se decía “hermano” del ex gobernador poblano:
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Conocí a Ciro hace muchos años.
Coincidimos -y reporteamos- en el Polyforum Cultural Siqueiros, de la avenida Insurgentes de la CDMX, donde se llevó a cabo una de las mesas más intensas de la celebérrima e histórica XVII Asamblea Nacional del PRI, en 1996.
Aquella asamblea de Ernesto Zedillo, que marcó el principio del fin del PRI, en la que sorprendentemente el presidente marcó una “sana distancia” de su partido y afirmó -ante el estupor de todo mundo- que “la línea es que no había línea”; preámbulo, todo ello, de la llegada al poder del primer presidente de la República no emanado del PRI, Vicente Fox; la ruptura del sistema, el quiebre del PRI hegemónico, la inauguración de la alternancia en el país…
Desde entonces, Ciro me ha parecido uno de los periodistas más serios -que no perfectos- de México.
“No me pudiste matar” (editorial Planeta) es un libro no escrito desde las vísceras; es un relato equilibrado y mesurado, inteligente; surgido -sí- de la tristeza, la eterna duda y el desánimo, pero sobre todo de la valentía y entereza de un verdadero sobreviviente.
“No sobreviví por un milagro. Me salvaron el blindaje del auto, la impericia de unos sicarios medianos y las vacilaciones de un presidente intranquilo que no supo o no pudo bajar el pulgar; me salvaron el azar, las circunstancias, la flacidez de los ejecutores y la voluntad que me hizo repetir que la vida sigue y puede ser mejor. Aquí estoy, con la interrogante de si este es el relato de una victoriosa supervivencia o de una ridícula cadena de fracasos. A estas alturas, qué más da”…
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El miércoles 24 de diciembre de 2025 se cumplirán siete años ya de la muerte de Rafael Moreno Valle Rosas y Martha Erika Alonso Hidalgo.

