La popularidad de Donald Trump en su país ha experimentado una baja en los últimos meses. Según el promedio de encuestas nacionales recopilado por Real Clear Politics a finales de junio de 2025, aproximadamente un 47% de los estadounidenses aprueba la gestión del presidente, mientras cerca del 51% la desaprueba.
Esta cifra representa una baja respecto a inicios de año, cuando su aprobación rondaba la el 50%. Después del arranque de su segundo término y tras varios eventos polémicos y decisiones económicas divisivas, Trump llegó a caer alrededor del 45% de aprobación; sin embargo después del bombardeo en Irán el presidente recuperó un par de puntos, situándose de nuevo en torno a ese 47% actual.
En cualquier caso, sigue siendo un presidente polarizante, con un país prácticamente dividido por mitades en cuanto a apoyo y rechazo. Para un mandatario que se alimenta políticamente de la lealtad de su base, mantenerse en este rango de apoyo moderado es riesgoso un un arma de doble filo, por un lado le asegura un núcleo duro de seguidores leales y votos, pero también subraya que no ha logrado ampliar su coalición más allá de esos fieles.
Como encuestador no puedo dejar de notar que estos niveles de aprobación reflejan una nación exhausta de la confrontación partidista, donde cada movimiento de Trump fortalece a sus adeptos tanto como refuerza la oposición de sus detractores. La aprobación de Trump, en caída pero sin desplomes , sugiere la opinión pública estadounidense ya tiene a Trump bien calibrado y difícilmente cambiará de parecer salvo por eventos extraordinarios.
Resulta revelador comparar el panorama actual con el de otros presidentes en el equivalente de sus segundos mandatos. ¿Cómo estaban Barack Obama y George W. Bush en el mismo tramo de sus segundas gestiones?
De acuerdo con datos históricos de Real Clear Politics, Obama contaba con alrededor de un 46% de aprobación a finales de junio de 2015, mientras que Bush rondaba el 30% para junio de 2007. Es decir, Trump hoy ostenta una aprobación muy similar a la de Obama en ese momento y algo superior a la de Bush hijo, cuyo desgaste político a esas alturas era mucho más pronunciado.
Conviene recalcar que las circunstancias o coyunturas de cada uno eran distintas: Obama en 2015 enfrentaba la resaca de problemas internos como las batallas presupuestarias y escándalos menores, pero también se beneficiaba de cierta fatiga del electorado hacia la polarización extrema. Bush, por su parte para mediados de 2007 sufría el peso de la prolongada guerra en Irak y el descontento por su manejo del huracán Katrina, lo que hundió su aprobación a niveles históricamente bajos (esa caída al ~30% reflejaba un repudio amplio incluso entre independientes e incluso algunos republicanos moderados).
Que Trump mantenga un 47% en 2025 indica que, pese a todos los sobresaltos, no está ni cerca del colapso de apoyo que sufrió Bush, pero tampoco goza del ligero respiro que tuvo Obama, quien logró terminar su mandato con un repunte cercano al 50%. Más bien, Trump está navegando su segunda administración con una aprobación mediocre pero estable, comparable a la de Obama en magnitud aunque muy distinta en calidad, mientras Obama generaba menos pasiones encontradas, Trump sigue siendo un líder que genera amores y
odios intensos. Para un analista de opinión pública, esta comparación histórica sugiere que Trump ha logrado evitar la hemorragia de apoyo que castigó a Bush, pero no ha conseguido la ampliación de respaldo que permitiera hablar de un mandato realmente reivindicado por la mayoría.
Si en casa Trump divide opiniones, afuera enfrenta un escepticismo abrumador. Un informe del Pew Research Center publicado en junio de 2025 retrata una imagen clara, en 24 países encuestados, solo un 34% expresa confianza en Donald Trump en asuntos internacionales, mientras un 62% carece de confianza en él para “hacer lo correcto” en el escenario global.
Dicho de otro modo, la mayoría en la mayor parte del mundo ve con recelo el liderazgo de Trump. Este dato ya es alarmante para cualquier diplomático, implica que la imagen de Estados Unidos tras la era Biden ha sido esquiva y que Trump sigue siendo un líder poco querido fuera de sus fronteras.
Las cifras desglosadas refuerzan esta idea. En México apenas un 8% manifiesta confianza a Trump, el nivel más bajo entre los países sondeados, y un 91% de los mexicanos sin ninguna o poca confianza en el mandatario estadounidense. Esto la verdad no es de sorprederse, la narrativa beligerante de Trump hacia nuestro país y sus políticas de presión han dejado huella profunda en la opinión pública mexicana.
Pero México no está solo en su desconfianza: en Suecia solo un 15% confía en Trump, en Turquía un 16%, en Alemania un 18%, y en España un 19%. En estas naciones aliadas o socias que tradicionalmente eran cercanas a Washington, la figura de Trump suscita
mayoritariamente rechazo y hasta temor. De hecho, en países como Australia, Canadá, Francia, España, Suecia, Alemania, Países Bajos y Turquía, las mayorías dicen abiertamente no tener “nada de confianza” en él.
En contraste, hay contados lugares donde Trump encuentra simpatías: por ejemplo, Nigeria, Israel, Kenia, donde más de la mitad de la gente sí confía en su liderazgo (Nigeria encabeza con un 79% de opiniones favorables, seguido de Israel con 69%). Estas excepciones suelen ser países con gobiernos o sectores de derecha afines al discurso trumpista, o donde la influencia estadounidense se percibe de manera distinta.
La realidad es que en el panorama general es que Trump enfrenta un déficit de credibilidad global. Para los Estados Unidos, eso se traduce en menor capacidad de convocar consensos internacionales y en aliados menos dispuestos a seguir su liderazgo. Desde la perspectiva de México y América Latina este aislamiento relativo de Trump en el mundo puede ser un arma de doble filo, por un lado, debilita su posición negociadora al carecer de respaldo internacional amplio; pero por otro, lo podría empujar a decisiones unilaterales más agresivas al sentir que no tiene mucho que ganar en el terreno diplomático tradicional.
En suma, la encuesta de Pew Research pinta a un presidente que, fuera de sus fronteras, inspira más desconfianza que respeto, factor que tarde o temprano repercute también en cómo los estadounidenses evalúan su lugar en el mundo bajo el mando de Trump.
Con este telón de fondo, la política estadounidense se encamina a un nuevo ciclo electoral en 2026. Si bien no habrá elección presidencial ese año las elecciones legislativas de medio
término se vislumbran como un referéndum sobre Trump y su partido. La “carrera” política hacia 2026, que comprende las batallas por el Congreso y el control de las gobernaturas, estará fuertemente influida por estos niveles de aprobación presidencial.
Históricamente un presidente con menos del 50% de aprobación suele arrastrar a su partido a pérdidas significativas en las urnas de medio término. Recordemos 2006 con George W. Bush hundido en un ~35% de apoyo, los republicanos sufrieron una debacle, perdiendo ambas cámaras del Congreso. 2014 no fue mucho mejor para los demócratas: Barack Obama rondaba 42-45% de aprobación y su partido cedió el control del Senado ante una ola conservadora. En 2026, con Trump aproximadamente en 45-47% de aprobación, los republicanos enfrentan un escenario desafiante pero quizá no catastrófico.
Trump no está tan impopular como Bush junior en su segundo termino, por lo que es posible que el golpe electoral no sea tan severo como en 2006. La base republicana ultra conservadora, sigue movilizada y fiel y en distritos afines puede sostener a candidatos leales. Pero, por otro lado tampoco goza del beneficio de la duda que tuvo alguno de sus predecesores, no tiene la luna de miel que acompañó a algunos presidentes al inicio de su segundo mandato.
Si la oposición demócrata esta motivada se puede prever que las urnas de 2026 se conviertan en una pugna encarnizada. Muchos candidatos demócratas locales ya perfilan sus campañas presentándose como contrapesos necesarios al “trumpismo”, y buscarán vincular a sus rivales republicanos con las facetas más impopulares del presidente.
Asimismo, dentro del Partido Republicano podrían aflorar tensiones, si los resultados de 2026 son malos, Trump podría ver erosionada su influencia interna de cara a la siguiente elección presidencial (de 2028).
No olvidemos que Trump, al estar en su segundo periodo, no podrá reelegirse; por tanto, la pugna por su sucesión en 2028 comienza justo al otro día de la elección del 2026
Para los analistas, este contexto anuncia una campaña de medio término nacionalizada en torno a la figura del presidente: un referéndum sobre Trump, sí, pero también una antesala de la contienda mayor que vendrá dos años después.
Finalmente, ¿qué significan todo esto para México? Desde mi óptica, los números de Trump no son solo curiosidades estadísticas, son señales para el análisis; una aprobación mediocre y una imagen internacional negativa podrían tentar a Trump a redoblar aquellas posturas que le granjean aplausos de su base interna, muchas de las cuales involucran a nuestro país.
Por ejemplo, el tema de los aranceles. Trump ya ha demostrado en el pasado que está dispuesto a amenazar con aranceles a las exportaciones mexicanas como herramienta de presión política. Si siente que necesita demostrar mano dura para conservar el apoyo de ciertos votantes podría volver a usar a México como punching bag.
Una imposición repentina de aranceles o cuotas a productos mexicanos, bajo cualquier pretexto pondría en aprietos a nuestra economía local, especialmente en Puebla donde la industria automotriz y manufacturera dependen enormemente del acceso al mercado estadounidense. En cuanto a migración, los efectos pueden ser igual de sensibles. Trump ha construido gran parte de su capital político demonizando la migración irregular y presentando a México como un presunto facilitador.
En un contexto donde su aprobación requiere constantemente satisfacer al ala más dura de su electorado, no sería para sorprenderse que endureciera aún más las políticas migratorias.
Para México esto plantea dilemas humanitarios y de soberanía delicados. Un Trump fortalecido internamente podría tratar de imponer acuerdos desequilibrados en materia migratoria, esto si sus encuestas le dicen que su popularidad doméstica aumenta cada vez que presume haber “controlado” la frontera. Irónicamente un Trump débil también puede ser peligroso, ante problemas internos, buscar enemigos externos es una táctica clásica para distraer la atención y México suele aparecer en sus discursos como un conveniente villano cuando las cosas no van bien en Washington.

