Corría el año de 1993. Además de mi trabajo como agente de viajes, con frecuencia tenía la oportunidad de acompañar grupos al extranjero. En una de esas ocasiones me correspondió acompañar una peregrinación encabezada por quien entonces era el vicario episcopal de Puebla, monseñor Humberto Vargas, un sacerdote culto, gran viajero y extraordinario narrador de la historia de los lugares que visitábamos. Hoy él ya no está con nosotros, pero cada vez que recuerdo aquel viaje, inevitablemente vuelvo a pensar en él.
Nuestro recorrido incluía Tierra Santa, Roma y algunos destinos cercanos. De Jerusalén y de los lugares donde nació el cristianismo hablaremos en otra ocasión. Hoy quiero detenerme en una ciudad que, sin haber sido la más grande ni la más famosa del itinerario, terminó convirtiéndose en una de las que más me han impresionado.
Antes hicimos una visita de un día a Florencia. Bastaron unas horas para comprender por qué esa ciudad es considerada una de las grandes capitales del arte universal. Ahí nació el llamado síndrome de Stendhal, nombre que recibe la intensa emoción que algunas personas experimentan al encontrarse rodeadas de una extraordinaria concentración de belleza artística. Quien ha recorrido Florencia entiende perfectamente que el arte también puede emocionar hasta lo más profundo.
A poco menos de dos horas de Florencia, entre colinas cubiertas de olivos y cipreses, aparece Asís, en la región italiana de Umbría. También puede llegarse fácilmente desde Roma, en un recorrido de unas dos horas en automóvil o poco más en tren. Muchos viajeros la conocen en una excursión de un día, como lo hice yo en aquella ocasión. Sin embargo, con el paso de los años he pensado que Asís es una de esas ciudades que bien merece dedicarle más tiempo. Permanecer una noche permitiría descubrirla cuando disminuye el movimiento de visitantes y el silencio vuelve a adueñarse de sus calles.
Mi primera impresión fue extraña. Sentí que había entrado a una ciudad medieval perfectamente conservada. Calles empedradas, fachadas de piedra, pequeñas plazas, callejones estrechos y murallas parecían haber detenido el paso del tiempo. Sin embargo, bastaba cruzar la puerta de una casa, un restaurante o una tienda para descubrir la vida contemporánea. Era como caminar entre dos épocas al mismo tiempo.
La mayoría de quienes llegan hasta aquí lo hacen para visitar la Basílica de San Francisco, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ahí descansan los restos del santo que renunció a una vida de privilegios para abrazar la pobreza y fundar la Orden de los Frailes Menores. Muy cerca se encuentran la Basílica de Santa Clara, el antiguo
Templo de Minerva, la Rocca Maggiore y el Eremo delle Carceri, lugares que ayudan a comprender por qué Asís es mucho más que una ciudad medieval.
Cuando la visité hace más de tres décadas, los peregrinos llegaban principalmente para conocer la ciudad de San Francisco. Hoy, además, miles de jóvenes acuden al Santuario de la Spogliazione, donde descansan los restos de Carlo Acutis, conocido como el ‘santo de internet’. Resulta sorprendente que una pequeña ciudad siga convocando a personas de todo el mundo gracias a dos figuras separadas por más de ocho siglos.
Han pasado más de tres décadas desde aquella visita y, mientras escribo estas líneas, vuelvo a recorrer mentalmente las calles de Asís. Hay viajes que uno disfruta cuando los vive y otros que siguen creciendo con el paso del tiempo. Cada recuerdo les añade un significado distinto. Quizá por eso siempre he pensado que viajar es un verbo que se conjuga en tres tiempos: cuando se planea, cuando se vive y cuando se recuerda. Y este último, afortunadamente, no tiene fecha de caducidad.
Hoy comprendo mejor por qué Asís permanece tan presente en mi memoria. No fueron únicamente sus iglesias o sus monumentos. Fue la serenidad que transmite, la forma en que la historia, el arte y la espiritualidad conviven con absoluta naturalidad. Existen ciudades que impresionan por su arquitectura, otras por su gastronomía y algunas por sus museos. Asís deja otra clase de recuerdo: invita a caminar despacio, a escuchar el silencio y a descubrir que, en ocasiones, los lugares más pequeños son los que dejan la huella más profunda.
Con el paso de los años he confirmado una idea que el propio viaje me enseñó. Los destinos cambian, nosotros también, pero los buenos recuerdos siempre encuentran la manera de acompañarnos. Tal vez por eso viajar es un verbo que nunca termina de conjugarse. Se disfruta cuando se sueña, se vive intensamente al recorrerlo y vuelve a cobrar vida cada vez que lo recordamos.
Asís fue, y sigue siendo, uno de esos viajes.
Viajemos juntos.

