Hace unos días, en la Ciudad de México, tuve la fortuna de vivir una experiencia que me recordó por qué el turismo, en su esencia más profunda, tiene que ver con las emociones.
Gracias a mi entrañable amigo Nacho Fernández, asturiano de nacimiento y mexicano de corazón, junto con Tere, su esposa, fui invitado a un encuentro muy especial: una celebración de identidad, nostalgia y cercanía que difícilmente se puede explicar si no se vive.
Quizá también influyó algo personal. Mi abuelo materno era de origen asturiano, y eso siempre ha generado en mí una conexión especial con esa tierra del norte de España. Una sensación difícil de describir, pero muy clara de sentir: como si, de alguna forma, existiera ahí una segunda casa.
El evento llevaba un nombre poco común, pero profundamente preciso: “Señardá”. Un término asturiano que no solo habla de nostalgia, sino de una nostalgia con raíces, con identidad y con memoria. No es simplemente extrañar, es recordar con emoción.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Uno de los momentos más entrañables fue la participación del Coro Minero de Turón. Sus voces no solo interpretaron canciones; evocaron historia, comunidad y pertenencia. Cuando entonaron Asturias Patria Querida, el ambiente cambió por completo. Más de uno dejó escapar una lágrima, no de tristeza, sino de ese sentimiento profundo que solo aparece cuando algo conecta directamente con la identidad.
Pero la experiencia no se quedó en la música.
El menú también contaba su propia historia. Se trataba del tradicional Menú del Desarme, originario de Oviedo, cuya historia se remonta al siglo XIX, tras un episodio de la Primera Guerra Carlista. Después del desarme de las tropas, se ofreció un gran banquete como símbolo de reconciliación.
Con el tiempo, ese momento se transformó en tradición.
Hoy, cada 19 de octubre, se revive con un menú muy específico: garbanzos con bacalao y espinacas, callos a la asturiana y un arroz con leche requemado, con esa capa de azúcar caramelizada que es casi un sello de identidad de la región.
Y aquí es donde la experiencia trasciende lo anecdótico.
Porque lo que se vivió en ese encuentro no fue solo una reunión ni un evento gastronómico. Fue una muestra muy clara de lo que hoy representa el turismo.
El viajero actual ya no busca únicamente destinos. Busca sentirse parte de algo. Busca historias que pueda vivir, no solo observar.
Y lo más interesante es que muchas de estas experiencias, aunque tienen raíces históricas profundas, han sido estructuradas, organizadas e incluso revitalizadas en tiempos recientes.
Eso no les resta autenticidad; al contrario, demuestra que las tradiciones también pueden evolucionar, ordenarse y proyectarse hacia el futuro.
El verdadero valor está en la narrativa. En entender el origen, en darle coherencia y en convertirlo en una experiencia compartida.
Eso es lo que hace que un destino se vuelva memorable.
Porque al final, los destinos no se construyen solo con historia, sino con la capacidad de hacerla sentir.
Y cuando eso sucede, el viaje deja de ser un traslado… y se convierte en memoria.
Viajemos juntos.

