Hace algunos años, viajar tenía algo de ceremonia.
No necesariamente lujo. No necesariamente elegancia. Pero sí cierta conciencia colectiva de que un viaje implicaba compartir espacios, tiempos y experiencias con otras personas.
Existía una especie de acuerdo no escrito donde el viajero entendía que, por unas horas o unos días, formaba parte de una convivencia temporal con desconocidos.
Hoy, basta abordar un avión o un autobús para notar que algo ha cambiado.
Personas que quieren subir primero sin respetar filas ni zonas de abordaje. Pasajeros viendo videos o escuchando música sin audífonos. Asientos reclinados sin siquiera mirar atrás. Gente quitándose los zapatos en vuelos llenos. Baños en condiciones lamentables después de apenas unas horas de trayecto. Personas levantándose desesperadamente apenas toca tierra el avión, aunque todavía falten varios minutos para abrir puertas.
Viajeros bloqueando pasillos completos solo por intentar bajar antes que todos los demás. O quienes abren completamente la ventanilla en vuelos largos mientras buena parte de la cabina intenta descansar en penumbra.
En los autobuses ocurre algo parecido, quizá incluso más visible. Ahí aparece otra dimensión del viaje compartido: personas hablando por teléfono durante largos trayectos como si estuvieran solas, videollamadas a volumen alto en plena madrugada, música saliendo del celular sin audífonos o pasajeros que invaden completamente el espacio ajeno sin considerar que todos van encerrados durante horas.
Parecen pequeños detalles. Pero juntos reflejan algo más profundo: la pérdida gradual del civismo en los viajes.
Y quizá el problema no sea únicamente turístico. Tal vez sea social.
Porque el civismo no es solo obedecer reglas. El civismo es entender que vivimos compartiendo espacios con otros. Es reconocer que nuestra libertad termina donde comienza la incomodidad innecesaria de los demás. Y pocos lugares ponen eso tan a prueba como los viajes modernos.
Un aeropuerto es prácticamente una ciudad temporal. Un avión es uno de los espacios de convivencia más complejos que existen. Un autobús de larga distancia también lo es. Un crucero, incluso, funciona como una pequeña sociedad flotante. Ahí coinciden personas de culturas, edades, costumbres y niveles económicos distintos, obligados a convivir durante horas o días.
Y justamente por eso, viajar antes también implicaba aprender.
El viajero entendía que él era el visitante. Que había códigos distintos. Ritmos distintos. Formas diferentes de hablar, comer, vestir o comportarse. Viajar tenía una dimensión aspiracional y educativa. Se viajaba para descubrir, observar y adaptarse un poco al lugar que se visitaba.
Hoy, en muchos casos, ocurre lo contrario.
Hay turistas que llegan a un destino esperando que todo funcione exactamente como en casa. Que todos hablen su idioma. Que la comida se adapte a sus gustos. Que las costumbres locales no alteren su comodidad. El viaje deja entonces de ser un encuentro cultural y se convierte únicamente en consumo.
Antes el viaje transformaba al viajero. Hoy, muchas veces, el viajero quiere transformar el destino.
Y aquí hay que decir algo importante: el problema no es que más personas viajen. Al contrario. Que el turismo se haya democratizado es algo positivo. Viajar ya no es privilegio de unos cuantos y eso representa una enorme oportunidad humana, cultural y económica.
El problema aparece cuando la democratización del viaje no viene acompañada de educación para viajar.
Porque el turismo masivo también ha generado presión enorme sobre quienes trabajan en esta industria. Aeropuertos saturados. Hoteles llenos. Restaurantes rebasados.
Tripulaciones agotadas. Ciudades que reciben millones de visitantes sin tiempo suficiente para respirar.
La hospitalidad también se desgasta cuando el volumen supera la capacidad emocional de atender.
Y eso se nota.
A veces no es falta de amabilidad. Es cansancio acumulado. Saturación. Estrés operativo. La industria turística vive una paradoja compleja: nunca había movido tantas personas y, al mismo tiempo, nunca había enfrentado tantos retos para mantener la calidad humana de la experiencia.
Quizá por eso muchos viajeros también perciben que algo se perdió.
Porque viajar no debería ser únicamente trasladarse. Tampoco acumular fotografías. Ni presumir destinos. Viajar debería ayudarnos a entender que el mundo no gira alrededor de nosotros. Que existen otras formas de vivir. Otros tiempos. Otros silencios. Otras maneras de convivir.
Tal vez el verdadero lujo de viajar no sea llegar más lejos, sino aprender nuevamente a convivir con quienes viajan junto a nosotros.
Porque al final, el civismo también viaja.
Y cuando desaparece, el trayecto se vuelve mucho más largo para todos.
Viajemos juntos.

