Valentina lleva tres semanas sin dormir más de dos horas seguidas, tiene al bebé pegado al pecho, la casa huele a leche y a ese olor dulzón que solo tienen los recién nacidos, y siente que su cuerpo ya no le pertenece del todo, desde el sillón, su pareja, Andrés, la mira con una mezcla de ternura y desconcierto, quiere ayudar, pero no sabe cómo. Ella necesita que él entienda sin tener que explicar, ninguno de los dos dice lo que realmente siente y entre los dos, sin que nadie lo haya invitado, se va instalando una distancia silenciosa.
Esta escena se repite en miles de hogares cada día, nadie les avisó que junto con la alegría más grande de sus vidas también podría llegar una forma silenciosa de pérdida — no solo individual, sino de pareja.
La llegada de un hijo o una hija sacude todo lo que una pareja creía saber sobre sí misma, sobre su vínculo y sobre su lugar en el mundo. Y aunque la sociedad celebra la maternidad con flores, regalos y mensajes de felicitación, el viaje interior de ambos — especialmente de quien sostiene la casa desde afuera de ese lazo tan visceral entre madre e hijo — suele transcurrir en silencio, casi en secreto.
Como psicóloga, lo veo con frecuencia en consulta: parejas que se amaban profundamente y que, después del nacimiento de su bebé, sienten que hablan idiomas distintos, que conviven, sí, pero que ya no se encuentran.
EL DESPLAZAMIENTO QUE NADIE NOMBRA
Antes del bebé, en muchas parejas había un equilibrio: conversaciones, intimidad, tiempo compartido, atención mutua, de pronto, aparece este ser diminuto y absolutamente dependiente que se convierte en el sol alrededor del cual gira todo el sistema familiar y quien queda más alejado de ese centro — frecuentemente es el padre, aunque no siempre — puede vivirlo como un abandono, aunque nadie haya tenido esa intención.
Cuando esto sucede y no se habla, pueden surgir problemas emocionales importantes en la pareja, no es que el amor desaparezca, es que el orden de las cosas cambia radicalmente, y ese cambio duele, aunque la cultura no siempre nos dé permiso para decirlo.
En psicología, esto tiene nombre: duelo de la transición a la parentalidad, no es egoísmo ni falta de amor, es una respuesta humana y completamente comprensible ante una pérdida real: la pérdida de la vida que tenían antes, del ritmo de pareja que construyeron juntos.
LA PAREJA TAMBIÉN SE TRANSFORMA — Y ESO PUEDE DOLER
Uno de los golpes más inesperados que reciben las parejas tras el nacimiento es lo que le ocurre a su vínculo. Según los investigadores Cowan y Cowan (1988), lo más amenazado suele ser la intimidad conyugal, los cambios que genera el nacimiento de un hijo pueden afianzar la unión de la pareja… o afectar su equilibrio al punto de llevarla a la separación.
El cansancio, la lactancia, las noches sin dormir y el volcamiento total hacia el bebé hacen que dos personas que se eligieron dejen de verse como pareja para convertirse, a veces, en dos sobrevivientes que comparten una misión, el tiempo y la energía que antes se dedicaban al vínculo ahora están enfocados en el bebé, lo que puede generar tensiones, malentendidos y una soledad que duele el doble porque ocurre estando en pareja.
Los mandatos culturales pesan mucho, se espera que la mamá esté feliz y entregada, se espera que el papá provea y no se queje y en ese cruce de expectativas, los dos terminan solos con sus emociones, aunque duerman en la misma cama.
“¿PARA QUÉ SIRVO YO AQUÍ?” — LA PREGUNTA QUE MUCHOS NO SE ANIMAN A HACER
Hay otro peso que con frecuencia veo en consulta, especialmente en padres: la sensación de que su rol en la crianza es secundario, la mamá parece saber instintivamente qué necesita el bebé — y muchas veces así es, porque ha pasado semanas construyendo ese vínculo desde el cuerpo, el papá, en cambio, puede sentirse torpe, prescindible, como si fuera un asistente en lugar de un protagonista.
Esta percepción tiene raíces culturales profundas, durante generaciones, se esperó del padre que proveyera económicamente y poco más, hoy, aunque muchos hombres quieren ser padres más presentes y afectivos, no siempre encuentran el espacio — ni el ejemplo — para serlo. La paternidad contemporánea remueve aspectos muy sensibles: los cuidados, la sexualidad, los afectos, y sobre todo la identificación y regulación emocional.
Y muchos hombres, educados en la idea de que deben ser fuertes y no quejarse, guardan esos sentimientos para sí mismos, cargan solos con una mezcla de amor, confusión, celos — sí, algunos padres sienten celos del bebé — y culpa por sentir todo eso, el resultado es un distanciamiento que la pareja percibe, aunque no siempre entienda.
LA BIOLOGÍA TAMBIÉN HABLA: LA PATERNIDAD TRANSFORMA EL CEREBRO
Hay una historia que merece ser contada, y que pocas veces llega a los padres: la del hombre que emerge de este proceso completamente diferente — y no en sentido negativo.
Un estudio de la Universidad Emory, en Atlanta, detectó un incremento en los niveles de oxitocina en hombres cuando están en contacto con sus bebés, similar al que ocurre en mujeres, facilitando así la creación de un lazo afectivo genuino, la biología, literalmente, reconfigura el cerebro del padre para conectarlo con su hijo o hija, no es solo decisión: es también química.
Según Cowan y Cowan (1988), cuando los varones transitan hacia la paternidad ocurren tres cambios fundamentales: incorporan la paternidad a su identidad, experimentan la sensación de haber perdido el control de sus vidas, y sus aspiraciones personales tienden a desarrollarse de forma exponencial, es decir: se vuelven más humanos, más complejos, más capaces de amar.
Ser padre puede convertirse en una oportunidad de crecimiento emocional sin precedentes, muchos hombres descubren una capacidad de ternura, paciencia y amor incondicional que desconocían en sí mismos, la paternidad los obliga a mirar hacia adentro y a redefinir qué significa ser hombre hoy.
LO QUE LA PAREJA NECESITA: NOMBRARLO TODO
Como psicóloga, y como alguien que acompaña estas transiciones, lo que más me ha enseñado el trabajo clínico es esto: las parejas que logran atravesar bien este período no son las que no pelean ni las que no sienten confusión, son las que aprenden a nombrarlo.
Nombrarlo significa que ella pueda decir “estoy agotada y a veces me siento sola, aunque estés aquí”. Que él pueda decir “no sé cómo entrar, me siento de más”, que los dos puedan escucharse sin defenderse, sin tomarlo como un ataque, sin sentir que confesar lo difícil equivale a ser malos padres o malas personas.
El duelo de la transición a la parentalidad es real, es legítimo y merece atención — en hombres y en mujeres, en madres y en padres, en la pareja como unidad, nombrar lo que se siente no hace a nadie menos amoroso ni menos comprometido, todo lo contrario: hace a la pareja más honesta y, con el tiempo, más sólida.
La búsqueda de apoyo — ya sea en terapia de pareja, en grupos de crianza, en conversaciones honestas con amigos o familiares — no es señal de debilidad, es señal de que dos personas quieren seguir eligiéndose, incluso en medio del caos hermoso de tener un bebé.
Porque cuando la pareja está bien, toda la familia está mejor.
(*) La autora es psicóloga
Contacto:
Instagram: @ericarubipsicologa
Facebook: Erica Rubi Ramirez Martinez
Referencias
Cowan, P. A., & Cowan, C. P. (1988). Changes in marriage during the transition to parenthood: Must we blame the baby? Cambridge University Press.
Mortensen, Ø., Torsheim, T., Melkevik, O., & Thuen, F. (2012). Adding a baby to the household: Changes in satisfaction with couple relationship across the transition to parenthood.
Feldman, R. (2007). Oxytocin and social affiliation in humans. Hormones and Behavior, 61(3), 380–391. [Estudio de la Universidad Emory sobre oxitocina paterna]

