El problema de Olga Romero no es solo que tenga demasiados frentes abiertos.
El problema es que eligió mal sus prioridades.
Mientras Morena Puebla necesitaba operación, territorio, estructura y crecimiento, Olga enfocó buena parte de su energía en sus asuntos personales: su herencia, sus expedientes, sus pleitos y ahora hasta los movimientos judiciales que hacen ruido en Tehuacán.
Y ahí está el resultado.
No creció.
No consolidó.
No se volvió inevitable.
No armó un equipo que la hiciera fuerte.
Y cuando una dirigente -aunque sea de papel- usa el cargo para resolver lo personal, termina descuidando lo político.
Por eso Tehuacán se le llenó de aspirantes.
Se le colaron Jacobo Aguilar, Marco Balseca, Lizbeth Lozano, Rosario Orozco, Alfredo Chávez, Omar Pérez y una lista cada vez más larga de perfiles que entendieron algo muy simple: Olga dejó la cancha abierta.
Mientras ella veía por sus temas, otros caminaron.
Mientras ella presumía cargo, otros construyeron presencia.
Mientras ella buscaba influencia, otros buscaron votos.
Mientras ella hacía como que afiliaba militantes, otros la rebasaron -por la izquierda y por la derecha-.
Ahora vuelven a sonar los movimientos de jueces en Tehuacán. Ahí aparecen Venustiano Islas y Fernando Martínez, nombres que en los pasillos se leen como piezas favorables a los intereses de Olga Romero en el pleito por la herencia de Socorro Romero Sánchez.
Si es falso, que se aclare.
Si es cierto, que se investigue.
Porque una cosa es dirigir Morena y otra muy distinta es usar el cargo para intentar dirigir expedientes.
Lo curioso es que, tarde o temprano, Olga se va a ir.
Puede que la saquen.
Puede que la escondan.
O puede que le den una candidatura para no quedar mal con ella y, de paso, quitarse un dolor de cabeza.
Una candidatura, sí.
Pero quizá una candidatura para perder.
Porque en política a veces no te niegan el espacio: te lo dan para que te quemes solo.
Y Olga ya llega tarde.
Con el partido desgastado.
Con Tehuacán lleno de tiradores.
Con la oposición esperando no dormirse.
Y con la sospecha de que le importó más su pleito personal que construir una ruta política real.
Cuando quien debe dirigir se distrae, otros avanzan.
Cuando quien debe ordenar se ausenta, otros ocupan la cancha.
Y cuando usas el cargo para lo personal, tarde o temprano pasa lo inevitable:
Te comen el mandado.

