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TRANSICIÓN INTERRUMPIDA

TRANSICIÓN INTERRUMPIDA

TRANSICIÓN INTERRUMPIDA

Históricamente, la transición del poder en México fue un asunto resuelto, bajo códigos no escritos, pero altamente eficaces. Quien dejaba el trono no le hacía sombra al que lo heredaba. Y quien desentonaba, pagaba las consecuencias, preferentemente con el destierro o el exilio. Así funcionó el modelo… hasta hace muy poco, porque con el nuevo PRI: Morena, ya no. Lázaro Cárdenas rompió con el “maximato” de Plutarco Elías Calles: fue sacado de su domicilio, de madrugada, y literalmente transportado a Texas. Cuando Luis Echeverría quiso mangonear a José López Portillo, este lo mandó de embajador a Islas Fiyi. Tras aprehender al “hermano incómodo” (Raúl Salinas), Ernesto Zedillo se deshizo de Carlos Salinas, quien no tuvo otra que refugiarse en Irlanda. Vicente Fox y Felipe Calderón pertenecían al mismo partido, Acción Nacional, pero, a pesar de si mismo, Fox supo ser ex presidente y Calderón marcó su distancia. Pactos aparte, Enrique Peña Nieto abdicó desde los últimos meses de su sexenio y jamás opacó -ni siquiera realizó el mínimo intento- a Andrés Manuel López Obrador, quien hizo lo que quiso cuando lo quiso. No sucedió -no ha sucedido- así con la primera mujer en ocupar la Presidencia: Claudia Sheinbaum Pardo. La sombra de AMLO, la sombra del caudillo de la 4T, no ha dejado de estar encima, dejando en claro que ella tiene el bastón de mando, pero él sigue teniendo el poder, el poder real. No ha habido transición. Es una transición interrumpida. A la fecha, López Obrador ha roto su pretendido retiro en tres ocasiones. Ha hecho públicas cartas en tres crisis puntuales: la detención de Nicolás Maduro en Venezuela; la problemática social (alimentaria) en Cuba, y las acusaciones de Estados Unidos contra los narcopolíticos de Morena. En ellas, entrelíneas, ha mandando a decir que su poder sigue traspasando las paredes de “La Chingada”, el rancho donde supuestamente se dedica a una vida casi monástica. ¿Qué hubiera pasado si, por ejemplo, Carlos Salinas se la hubiese pasado redactando cartas con recomendaciones y mensajes (ni tan cifrados) a Ernesto Zedillo, o Fox a Calderón, so pretexto la soberanía nacional, la defensa de la patria y demás entelequias?. Cada reaparición del ex mandatario es una bofetada en el rostro de su heredera. Y es que, en el fondo, busca reiterar lo sabido: que el que se fue no se acaba de ir y que la que llegó no termina de llegar. Es, en esencia, una transición interrumpida. Una transición a medias, que explica muchos de los problemas políticos que hoy sufre México, y que explicará muchas de las crisis que vienen tras el Mundial de Fútbol. Una situación que, desde luego, no se merece la presidenta, quien, en el pecado lleva la penitencia, pues sigue atrapada en el viejo dilema: continuidad o ruptura. Transición con ruptura, para por fin asumir el poder que se le regatea desde Palenque, Chiapas.

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