El análisis de la participación de Bad Bunny en el medio tiempo del LX Súper Bowl se ha centrado en su fina crítica política, social y cultural. La respuesta, inmediata e iracunda, de Donald Trump ha pasado a un segundo término por “predecible”. Nada más peligroso que normalizar el peligro —cada vez mayor— que representa un Trump ensoberbecido por su creciente poder.
Su mensaje en X es digno de psicoanálisis. Experimenté horror al leer su recomendación a la NFL para echar atrás “la ridícula regla” que norma la forma en la que, desde 2024, se debe realizar el despeje del balón. Me escandalizó, primeramente, que el presidente norteamericano calificara de “ridículo” el interés desarrollado en la liga, entre todos sus participantes, por proteger la integridad física y la salud a futuro de los jugadores.
Me sobresaltó, también, que lo mencionara después de su descalificación. Es decir, para él, el “sinsentido” de la propuesta “contracorriente” de Bad Bunny contra lo que, según él, constituye la característica del “espíritu de Estados Unidos” y la mayor protección con la que ahora cuentan los jugadores son hechos que merecen atención porque forman parte de espectáculos para la observación, no porque haya actores, historias y vidas que los hacen posibles y que reclaman diferentes tipos de atención. Lo expresa, además, con la soberbia de Gran Observador, el único capacitado para definir la calidad del espectáculo, agregando gravedad al asunto.
Trump quiere ver, domingo tras domingo, cuerpos colisionando y a jugadores ser extraídos en camillas rumbo a los vestidores, para después ser trasladados a hospitales y, tal vez posteriormente, ser sepultados en ceremonias de intenso dolor familiar, cuando no quedar postrados en sillas de ruedas por largos años. El futbol es espectáculo, es disparador de adrenalina en sus espectadores, en sus fanáticos. El show de los medios tiempos, por tanto, no tiene por qué ser disruptivo, no debe dar cabida a puestas en escena “sin sentido”, a afrentas a “la grandeza de Estados Unidos” y que no representan sus estándares de “éxito, creatividad y excelencia”.
Mientras uno, Benito, supo conectar biografía e historia con estructuras sociales —tal como sugiere Charles Wright Mills—, el otro, Trump, invierte el gesto y reduce las estructuras sociales a su biografía. Bad Bunny expande su mirada, incorpora el entorno y su voz se torna crítica; Donald Trump, en cambio, absorbe el entorno en su propia narrativa y su tono se vuelve condenatorio. El artista llama a revisar los sucesos y propone empatía y unidad; el político, por su parte, ignora la narrativa del puertorriqueño e invoca valores abstractos que sostienen su manera de concebir el mundo como espectáculo. Reitera, con convicción, que la grandeza se construye odiando, excluyendo, reduciendo a actores observables a quienes no tienen atributos para alcanzarla.
No hay duda de que Trump, predeciblemente, manifestaría desaprobación. Pero habrá que preguntarse qué es lo que más le molestó. ¿El orgullo latino-puertorriqueño a pesar
de que la isla es estado libre asociado? ¿La presencia de Lady Gaga y Ricky Martin, pues ambos cumplen con los criterios de “éxito y grandeza” que Trump tiene en mente? ¿Que ella, norteamericana, blanca, estrella del pop, arreglara Die With A Smile a ritmo de salsa para cantarla en inglés, a dueto con Benito, le hiciera a él una reverencia y, por si algo faltara, haya elegido un atuendo azul, en clara alusión al partido demócrata? ¿Que el escenario haya sido tomado por una multitud de latinos que no se contuvo en expresar su orgullo y que —dato que ha pasado desapercibido pero no es menor— el color predominante entre ellos fuera el blanco? ¿Que Bad Bunny cerrara el espectáculo mostrando que América ya es grande, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego? ¿Qué esa multitud orgullosamente latina saliera del escenario portando las banderas de la diversidad nacional enfatizando la cercanía cultural? ¿O que en un gran letrero se leyera Lo único más poderoso que el odio es el amor?
Ciertamente, Trump es predecible. Al contrario de Benito, Trump ha pasado su vida observando y juzgando a los demás desde la comodidad, a la que ha terminado por confundir con superioridad. Los espectáculos televisivos han sido parte medular de ella.
Dejó fluir su arrogancia en The Apprentice. La incrementó y presumió cuando desde una pantalla vio caer a Maduro. Ahora exige rudeza en el futbol y rechaza manifestaciones culturales que le rompen los esquemas. Por eso, a pesar de su predictibilidad, ignoramos las nuevas direcciones de su odio, hasta dónde será capaz de llegar y quiénes serán las víctimas de sus próximos arrebatos. ¿Qué aspecto de la vida real reducirá próximamente al status de espectáculo?
Trump cree ser dueño del mundo. El poder que adquiere día a día impulsa su autoconvencimiento. Estamos en peligro.

