{"id":147914,"date":"2019-05-10T00:59:07","date_gmt":"2019-05-10T00:59:07","guid":{"rendered":"legacy-k2-2019-81520"},"modified":"2019-05-10T00:59:07","modified_gmt":"2019-05-10T00:59:07","slug":"la-iconica-sesion-fotografica-de-garcia-marquez-para-cien-anos-de-soledad-k2-81520","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.pueblaonline.com.mx\/archivo\/2019\/cultura\/la-iconica-sesion-fotografica-de-garcia-marquez-para-cien-anos-de-soledad-k2-81520\/147914\/","title":{"rendered":"La ic\u00f3nica sesi\u00f3n fotogr\u00e1fica de Garc\u00eda M\u00e1rquez para &#8220;Cien a\u00f1os de soledad&#8221;"},"content":{"rendered":"<p>Garc\u00eda M\u00e1rquez lleg\u00f3 sobre las once de la ma\u00f1ana al apartamento de Moya en los edificios Condesa, en el centro de Ciudad de M\u00e9xico. Estaba serio, la c\u00e1mara lo pon\u00eda nervioso<\/p>\n<p>Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez ten\u00eda prisa. Se sent\u00f3 en uno de los sof\u00e1s y explic\u00f3 que necesitaba tomarse una foto para un libro que le importaba mucho. &#8220;Cuando lo conoc\u00ed, me cay\u00f3 gordo&#8221;, recuerda Rodrigo Moya (Medell\u00edn, 1934), el fot\u00f3grafo que asumi\u00f3 el encargo. La sesi\u00f3n fotogr\u00e1fica se realiz\u00f3 el 29 de noviembre de 1966, seis meses antes del lanzamiento de Cien a\u00f1os de soledad. Las im\u00e1genes fueron rechazadas en un inicio, pero eventualmente llegaron a la contraportada de las primeras ediciones internacionales de esta obra cl\u00e1sica de la Literatura latinoamericana y se convirtieron en uno de los testimonios gr\u00e1ficos m\u00e1s ic\u00f3nicos de Garc\u00eda M\u00e1rquez. &#8220;Cada fotograf\u00eda tiene una historia&#8221;, cuenta Moya antes de zambullirse en un oc\u00e9ano de 40.000 fotograf\u00edas, el mar de su legado. Esto es lo que pas\u00f3 hace 52 a\u00f1os.<\/p>\n<p>Garc\u00eda M\u00e1rquez lleg\u00f3 sobre las once de la ma\u00f1ana al apartamento de Moya en los edificios Condesa, en el centro de Ciudad de M\u00e9xico. Estaba serio, la c\u00e1mara lo pon\u00eda nervioso, cuenta Moya. &#8220;\u00bfC\u00f3mo quieres la fotograf\u00eda?&#8221;, pregunt\u00f3. El fot\u00f3grafo conoci\u00f3 a Gabo en casa de Alicia, su madre, una guapa inmigrante antioque\u00f1a que mat\u00f3 el hambre de Garc\u00eda M\u00e1rquez, as\u00ed como de otros artistas y exiliados sudamericanos, a golpe de sobrebarriga, sopa de patacones y otras delicias de la gastronom\u00eda colombiana. &#8220;Hazme un retrato a tu manera&#8221;, le contest\u00f3 el escritor.<\/p>\n<p>Moya sac\u00f3 su c\u00e1mara, una Mamiya de doble lente, y sin iluminaci\u00f3n artificial empez\u00f3 a disparar hasta agotar dos rollos de 12 im\u00e1genes cada uno tras una hora y media de trabajo. &#8220;Me cost\u00f3 mucho trabajo moverlo, se qued\u00f3 sentado todo el tiempo&#8221;, cuenta el fot\u00f3grafo entre risas. Gabo ya era reconocido, pero era austero. Tra\u00eda el saco de pata de gallo que casi siempre usaba, prend\u00eda un cigarrillo y beb\u00eda un caf\u00e9 tras otro, mientras platicaba con Guillermo Angulo, un amigo colombiano en com\u00fan y el maestro que ense\u00f1\u00f3 a Moya el arte de la fotograf\u00eda. Angulo, de hecho, tom\u00f3 la c\u00e1mara y dispar\u00f3 en un par de ocasiones, pero como no sab\u00eda usar muy bien ese modelo, la cara de Garc\u00eda M\u00e1rquez sali\u00f3 cortada. Las im\u00e1genes no hubieran sobrevivido en la guillotina de las c\u00e1maras digitales, pero era otro mundo: sin el bot\u00f3n de borrar, ni pantalla para las previsualizaciones ni Photoshop.<\/p>\n<p>Gabo tom\u00f3 la hoja de contactos y empez\u00f3 a elegir. Una foto en la que sale con los ojos cerrados mientras exhalaba el humo del tabaco qued\u00f3 sentenciada para siempre con un &#8220;NO&#8221;, en may\u00fasculas. &#8220;Hablaba poco, pero era preciso&#8221;, dice Moya, mientras pasa el dedo \u00edndice sobre la impresi\u00f3n de plata sobre gelatina. Dos fotos fueron las preferidas de Garc\u00eda M\u00e1rquez y en las dos sale con una mirada ic\u00f3nica, casi c\u00f3mplice, como la de un ni\u00f1o de 39 a\u00f1os que acababa de cometer una travesura. &#8220;Cuatro copias&#8221;, apunt\u00f3 con el bol\u00edgrafo.<\/p>\n<p>La \u00faltima palabra, sin embargo, era la del editor, el pintor hispanomexicano Vicente Rojo, que descart\u00f3 todas las fotos. &#8220;Yo ve\u00eda a Rojo como un enemigo de la fotograf\u00eda&#8221;, dice Moya, en un reclamo sin rencores. &#8220;Te cambiaba el encuadre, pon\u00eda pintura sobre las fotos, las pon\u00eda de cabeza, era una locura&#8221;, recuerda el fot\u00f3grafo. Al final, Penguin eligi\u00f3 una de las im\u00e1genes, que hab\u00eda pasado desapercibida por Gabo, por Rojo y por Moya, para la car\u00e1tula de la edici\u00f3n en ingl\u00e9s. &#8220;Nunca supe por qu\u00e9, supongo que son cosas de editores, a la fecha esta foto no me gusta&#8221;, reconoce Moya encogido de hombros. La garabateada hoja de contactos volver\u00e1 a salir este 9 de mayo a la luz en un evento de la casa de subastas Morton en el que se espera que se paguen entre 5.000 y 8.000 d\u00f3lares.<\/p>\n<p>&#8220;El fot\u00f3grafo tiene que captar la esencia de una persona y para eso es imprescindible que el fot\u00f3grafo tenga car\u00e1cter&#8221;, explica Moya sobre su visi\u00f3n de la fotograf\u00eda, que ha reflejado en decenas de ensayos y en un archivo fotogr\u00e1fico al que su esposa Susan y \u00e9l han dedicado los \u00faltimos 21 a\u00f1os. En un mundo en el que los fot\u00f3grafos eran &#8220;entes de segunda categor\u00eda&#8221;, el joven Moya de 23 a\u00f1os retaba a sus retratados, los miraba a los ojos y no dudaba en castigarlos con una mala foto. &#8220;Si detestaba al personaje buscaba joderlo un poco, no pod\u00eda tomar una foto neutra que dejara de lado mis convicciones&#8221;, resume sin empacho.<\/p>\n<p>Moya, que naci\u00f3 en Colombia por un capricho del destino, ha marcado una \u00e9poca en la fotograf\u00eda mexicana, pero rechaza la etiqueta de artista. Su mirada se curti\u00f3 en una cruzada contra la indiferencia, desde el \u00e1ngulo de un hombre de izquierdas, influido como el hijo de un reconocido fot\u00f3grafo y con la obsesi\u00f3n de un apasionado coleccionista de riquezas marinas. Por su lente pasaron los tripulantes del Granma; un encuentro in\u00e9dito entre los ac\u00e9rrimos David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera; John F. Kennedy, L\u00e1zaro C\u00e1rdenas, Carlos Fuentes y Mar\u00eda F\u00e9lix; borrachos an\u00f3nimos hundidos en una cantina, matones de ojos penetrantes y ni\u00f1as que sue\u00f1an afuera de una jugueter\u00eda. Miles y miles de historias, como la de su amigo: un novel escritor colombiano que se mord\u00eda los labios y sonre\u00eda t\u00edmidamente en v\u00edsperas de publicar su obra maestra.<\/p>\n<p>Fuente: El Pa\u00eds<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Garc\u00eda M\u00e1rquez lleg\u00f3 sobre las once de la ma\u00f1ana al apartamento de Moya en los edificios Condesa, en el centro de Ciudad de M\u00e9xico. Estaba serio, la c\u00e1mara lo pon\u00eda nervioso Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez ten\u00eda prisa. 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