{"id":287648,"date":"2014-10-13T02:22:16","date_gmt":"2014-10-13T02:22:16","guid":{"rendered":"legacy-k2-j25-14093"},"modified":"2014-10-13T02:22:16","modified_gmt":"2014-10-13T02:22:16","slug":"un-dia-en-el-laboratorio-de-los-premios-nobel-de-medicina-k2-14093","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.pueblaonline.com.mx\/archivo\/2014\/puebla\/un-dia-en-el-laboratorio-de-los-premios-nobel-de-medicina-k2-14093\/287648\/","title":{"rendered":"Un d\u00eda en el laboratorio de los premios Nobel de Medicina"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"line-height: 1.3em;\">En el cuarto piso del Kavli Institute for Systems Neuroscience en la peque\u00f1a ciudad universitaria de Trondheim, en Noruega, se encuentra uno de los tantos laboratorios en el mundo que buscan entender cada d\u00eda un poco m\u00e1s el objeto m\u00e1s complejo del universo: el cerebro<\/span><\/p>\n<p><span style=\"line-height: 1.3em;\">&#8220;Por favor, p\u00f3nganse guardapolvos, gorro y protector para el calzado&#8221;. El tour est\u00e1 por comenzar y todos obedecen sin protestar las palabras cargadas de amabilidad y entusiasmo de Edvard I. Moser. Y como si estuviesen vestidos para ingresar a un quir\u00f3fano, entran. No se trata de un laboratorio de bioseguridad nivel 4 donde se contienen agentes pat\u00f3genos como el virus de Marburg o el de la fiebre hemorr\u00e1gica del Congo. Tampoco es una instalaci\u00f3n donde se ensambla y pone a punto una sonda espacial para enviar a Marte. En el cuarto piso del Kavli Institute for Systems Neuroscience en la peque\u00f1a ciudad universitaria de Trondheim, en Noruega, se encuentra uno de los tantos laboratorios en el mundo que buscan entender cada d\u00eda un poco m\u00e1s el objeto m\u00e1s complejo del universo: el cerebro.<\/span><\/p>\n<p>No es precisamente el mejor sitio para perderse. En estos pasillos y cuartos donde reina el silencio y en los que solo flota el aroma floral de alg\u00fan desinfectante, el matrimonio de neurocient\u00edficos cognitivos Edvard y May-Britt Moser -dos celebridades en Noruega- estudian c\u00f3mo navegamos a trav\u00e9s del espacio, c\u00f3mo nos ubicamos. Este matrimonio se convirti\u00f3 el lunes en el quinto de la historia en recibir un premio Nobel, en su caso, el de Medicina, por descubrir el GPS de nuestro cerebro.<\/p>\n<p>&#8220;Nunca estamos del todo perdidos&#8221;, cuenta May-Britt, quien no aparenta los 51 a\u00f1os que dice tener y que sale a correr todos los d\u00edas a la siete de la ma\u00f1ana a lo largo y ancho de esta ciudad, ubicada a 350 km al sur del C\u00edrculo Polar \u00c1rtico. &#8220;Al no poder hacerlo en seres humanos, estudiamos en ratas c\u00f3mo su cerebro sabe d\u00f3nde est\u00e1n en cada momento, a d\u00f3nde quieren ir, cu\u00e1ndo doblar, cu\u00e1ndo detenerse, c\u00f3mo moverse por el mundo&#8221;.<\/p>\n<p>Para hacerlo, le implantan a los roedores electrodos en su cerebro -del tama\u00f1o de una uva- para mapear su actividad cerebral. As\u00ed fue c\u00f3mo en 2005, May-Britt y Edvard saltaron a la fama: por entonces, esta pareja -que se conoci\u00f3 al principio de los ochenta en la Universidad de Oslo y cuyas fotograf\u00edas se ven tanto en el aeropuerto local al lado de deportistas y actores como en las calles- descubri\u00f3 un grupo especial de neuronas ubicadas en una regi\u00f3n del cerebro de las ratas conocida como c\u00f3rtex entorrinal, junto al hipocampo y del tama\u00f1o de una semilla de uva, que funcionan como un sistema de navegaci\u00f3n natural y que permite a estos animales saber d\u00f3nde est\u00e1n, d\u00f3nde estuvieron y a d\u00f3nde se dirigen. En una investigaci\u00f3n publicada en la revista Nature, las llamaron &#8220;grid cells&#8221; o &#8220;c\u00e9lulas cuadr\u00edcula&#8221; que, junto a las &#8220;c\u00e9lulas de posicionamiento&#8221; halladas por John O\u00b4Keefe en 1971 -el tercer Nobel de este a\u00f1o-, funcionan como un GPS interno en el cerebro: un sistema de mapeo que permite determinar la posici\u00f3n del sujeto y facilita la navegaci\u00f3n.<\/p>\n<p>&#8220;Sabemos que estas c\u00e9lulas nerviosas se encuentran tambi\u00e9n el cerebro de los primates y estamos casi seguros que se van a hallar en todos los mam\u00edferos, entre ellos, en los seres humanos&#8221;, asegura Edvard, fan\u00e1tico de los volcanes y el alpinismo y quien le pidi\u00f3 matrimonio a May-Britt en la cima del Kilimanjaro,en Tanzania, en 1985.<\/p>\n<p>En el reducido grupo de periodistas y curiosos que conforman este tour por las instalaciones donde esta pareja pasa la mayor parte de sus d\u00edas, hay otra celebridad, una verdadera estrella cient\u00edfica internacional: la neuropsic\u00f3loga canadiense de 96 a\u00f1os Brenda Milner, conocida por sus estudios pioneros de la memoria y por sus investigaciones con H.M., uno de los pacientes m\u00e1s famosos de la ciencia, y reciente ganadora del prestigioso Premio Kavli.<\/p>\n<p>May-Britt toma a esta peque\u00f1a pero vital mujer del brazo y la escolta a la primera estaci\u00f3n del recorrido: una sala donde se alojan y duermen las ratas. Un cartel pegado en la pared dice en tipograf\u00eda Comic Sans: &#8220;Recordatorio: cuando tenga que agarrar a una rata, nunca lo haga por la cola. Ni por un milisegundo, hacerlo estresar\u00eda al animal&#8221;. As\u00ed es como May-Britt toma con paciencia a uno de los animalitos y se lo presenta a su colega: &#8220;\u00c9sta es una de nuestras verdaderas estrellas. Es una campeona. Dile &#8216;hola&#8217; a Brenda&#8221;, le pide la investigadora a la rata.<\/p>\n<p>May-Britt y Edvard saben que son una anomal\u00eda en el paisaje cient\u00edfico internacional. No es com\u00fan que un matrimonio de investigadores trabaje codo a codo en el mismo tema y en el mismo lugar. De ah\u00ed que no les extra\u00f1a ser continuamente comparados con Pierre y Marie Curie. &#8220;Por suerte no manipulamos material radiactivo&#8221;, bromea May-Britt, quien creci\u00f3 en una granja en una peque\u00f1a isla llamada Fosnav\u00e5g.<\/p>\n<p>En 1995, con dos hijas a cuestas y habiendo recientemente terminado sus respectivos doctorados, Mary-Britt y Edvard Moser tomaron una decisi\u00f3n que les cambi\u00f3 la vida: abandonaron moment\u00e1neamente la tranquilidad y el fr\u00edo de Noruega y volcaron toda su curiosidad y entusiasmo en los mejores laboratorios del mundo. As\u00ed, primero pasaron un par de a\u00f1os en el Centro de Neurociencias de la Universidad de Edimburgo, Escocia, bajo la direcci\u00f3n de Richard Morris y luego una temporada en el laboratorio de quien desde entonces es su mentor, John O\u00b4Keefe, en Londres. A quien han concedido el Nobel de Medicina este a\u00f1o junto al matrimonio Moser.<\/p>\n<p>Hasta que en 2007, al fin, decidieron que era hora de volver a Noruega para instalar casi desde la nada su propio centro de experimentaci\u00f3n, el Kavli Institute for Systems Neuroscience de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnolog\u00eda (NTNU) en Trondheim, una ciudad de 180.000 habitantes cruzada por el r\u00edo Nidelva, fundada por los vikingos en el siglo X y cuyo nombre significa &#8220;hogar donde se crece sano&#8221;.<\/p>\n<p>&#8220;Al principio, el laboratorio parec\u00eda un refugio antibombas&#8221;, recuerda la investigadora, &#8220;pero poco a poco fuimos creciendo&#8221;. Desde 2005, este d\u00fao cient\u00edfico no deja de ganar premios: recibieron el Louis-Jeante, el Anders Jahre, el Perl-UNC Neuroscience Prize, el Louisa Gross Horwitz Prize y el Karl Spencer Lashley. Las paredes del laboratorio llevan registro de sus logros: los muros est\u00e1n decorados con fotograf\u00edas en las que se ve a los miembros del equipo de investigaci\u00f3n alegres y abrazados con copas en alto en pleno brindis. Tambi\u00e9n hay fotograf\u00edas en las que han quedado inmortalizadas visitas de ministros de ciencia; fil\u00e1ntropos, como el multimillonario Fred Kavli, y el neurocient\u00edfico Eric Kandel con su marca registrada, el corbat\u00edn rojo.<\/p>\n<p>Tanto May-Britt como Edvard &#8211;quien suele asistir a c\u00f3cteles cient\u00edficos con traje y zapatillas&#8211; saben que sus investigaciones podr\u00edan tener futuras aplicaciones tanto en el estudio de c\u00f3mo funciona nuestra memoria espacial como en el tratamiento de enfermedades neurol\u00f3gicas, por ejemplo, el mal de Alzheimer: al fin y al cabo, el \u00e1rea cerebral donde se encuentran las c\u00e9lulas cuadr\u00edcula que descubrieron es de las primeras en atrofiarse en personas que padecen esta enfermedad. Lo cual explica por qu\u00e9 los primeros s\u00edntomas que sufren los pacientes de alzh\u00e9imer son los de sentirse perdidos y mareados.<\/p>\n<p>Al ritmo de las explicaciones, el tour avanza. En cada sala del laboratorio, un nuevo experimento busca desentra\u00f1ar los misterios de c\u00f3mo funciona el cerebro. En uno de ellos, por ejemplo, una rata -con electrodos que sobresalen de su cabeza como si fueran antenas- recorre un laberinto. Una investigadora le arroja galletitas. El roedor se mueve primero a la derecha. Avanza y luego gira a la izquierda. Y cada vez que lo hace, una computadora registra sus movimientos.<\/p>\n<p>En otra sala, una rata se desplaza sobre una bola estacionaria en lo que parece ser una peque\u00f1a sala de realidad virtual. El animal mueve sus patas pero no da un solo paso: lo \u00fanico que cambia son las im\u00e1genes de la pantalla que tiene enfrente. As\u00ed los investigadores pueden saber precisamente qu\u00e9 neuronas -entre los millones que forman su cerebro- se activan cada vez que el roedor se desplaza en un espacio virtual. O c\u00f3mo recuerda su trayectoria. Al medir la actividad el\u00e9ctrica, por ejemplo, los cient\u00edficos pudieron comprobar que cada memoria mide s\u00f3lo 125 mil\u00e9simas de segundo.<\/p>\n<p>&#8220;Enga\u00f1amos a la rata para que crea que su ambiente cambia&#8221;, explica Edvard. &#8220;Les cambiamos los ambientes y vemos c\u00f3mo reaccionan: primero se confunden hasta que encuentran nuevamente el trayecto&#8221;.<\/p>\n<p>El tour concluye. Brenda Milner, sonriente y algo cansada, estampa su firma en un cuaderno donde deja constancia de su estelar visita. Hay que devolver los guardapolvos y los gorros. Y la foto que sacan es una imagen congelada en el tiempo que terminar\u00e1 colgada en una pared de este laboratorio cercano al \u00c1rtico en el que memoria, desplazamiento y espacialidad pierden, d\u00eda a d\u00eda, una capa de misterio.<\/p>\n<p>Fuente: <a href=\"http:\/\/elpais.com\/elpais\/2014\/10\/09\/ciencia\/1412878280_165122.HTML\" target=\"_blank\">http:\/\/elpais.com\/elpais\/2014\/10\/09\/ciencia\/1412878280_165122.HTML<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En el cuarto piso del Kavli Institute for Systems Neuroscience en la peque\u00f1a ciudad universitaria de Trondheim, en Noruega, se encuentra uno de los tantos laboratorios en el mundo que buscan entender cada d\u00eda un poco m\u00e1s el objeto m\u00e1s complejo del universo: el cerebro &#8220;Por favor, p\u00f3nganse guardapolvos, gorro y protector para el calzado&#8221;. 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