COMO PLOMO PESA LA MARCA PRI A LOS CANDIDATOS TRICOLORES

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A 12 días del arranque de las campañas locales, el PRI ha encontrado una nueva y profunda hondonada que le presagia un pésimo clima rumbo a Casa Puebla y al Congreso local. Los candidatos a cargos federales han dejado, en la mayoría de los casos, de pedir el voto para su abanderado presidencial, José Antonio Meade. Muchos otros locales, quienes andan los pasos todavía de la intercampaña, pintan su raya respecto de la marca del tricolor, que les pesa como plomo. Piden que se valore “a la persona” y no al partido.

En varios municipios -el más reciente San Martín Texmelucan- siguen surgiendo inconformidades por imposiciones y los militantes anuncian que no respaldarán a Enrique Doger Guerrero a la gubernatura. Encima, no hay capitán claro del navío y el aspirante a la senaduría, Juan Carlos Lastiri, ha tomado el mando, pasándole por encima al ex rector de la BUAP y al equipo de la Diagonal.

Hoy casi todos los priístas hacen campaña solamente para sí.

Rezan para su santo, pero ya no le ponen veladoras ni a Meade ni a Doger.

No hay sintonía ni coordinación para impulsar las candidaturas a Los Pinos y a la gubernatura.

La marca PRI les pesa como iridio (el metal más pesado) más que plomo y la urgencia de desvincularse de ella se nota en sus estrategias.

En los hechos, reeditan la reflexión que llevó al jefe de Los Pinos a escoger a Meade Kuribreña como candidato presidencial.

Uno de los casos más notorios de deslinde del Revolucionario Institucional (PRI) e incluso de la loza familiar es el de la candidata a diputada federal por el Distrito 12, la regidora con licencia Karina Romero Alcalá.

En su propaganda, de plano ha borrado las huellas de identidad y disminuyó en extremo el logo priísta en las fotos para sus redes, mientras en sus microperforados, para los medallones de los autos, no aparece.

Pero no sólo eso: también ha borrado su segundo apellido, el que la vincula directamente con la embajadora de México en Colombia y ex candidata derrotada a la gubernatura, Blanca Alcalá Ruiz.

Con ella a campaña lleva a todo el equipo, los recursos y los operadores de su mamá, pero reniega del apelativo.

Ni una foto ha colgado de sus redes con su madre.

Y es que ella, con identidad en un color morado muy cercano en la escala Pantone al del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), promete #HacerloBien.

Otros de los candidatos a cargos federales, quienes comenzaron campaña el 30 de marzo, en sus reuniones y recorridos ven solamente por su causa, a pesar de que han recibido la instrucción de pedir sufragios también para Meade.

El deslinde, en las actuales condiciones de popularidad del ex secretario de Estado, les ha sido indispensable.

De Enrique Peña Nieto ya ni hablar.

El “orgullo” por el trabajo del Presidente de la República está ausente.

Ni una mención hay al mexiquense por obvias razones.

Su alusión resta simpatías.

Ese desánimo se ve en las redes sociales de la mayoría de quienes están en campaña e intercampaña.

Hay retuits para Meade, pero más allá, “ese apoyo -parafraseando la arenga popular- no se ve”.

En el edificio de la Diagonal, hay vacíos de liderazgo y Jorge Estefan Chidiac ya ni aparece en los pronunciamientos partidistas que ahora encabeza Lastiri.

Doger, entre las restricciones de ley y la falta de respaldo de sus correligionarios, también se ve desdibujado.

El largo tramo de tres meses de campañas federales y dos de locales se ven tan escaso desde el sótano.

Luego los priístas podrán justificar, con el lastimero tono del bolero de Armando Manzanero, “nos hizo falta tiempo”.

gar_pro@hotmail.com

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