LA FALSA AUTOINMOLACIÓN FEMINISTA DE GENOVEVA Y CLAUDIA

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La socorrida argumentación de mujeres de la política y la administración pública, de que todos aquellos que las critican son machos insoportables, misóginos incorregibles y promotores de un moderno patriarcado, resulta una falsa y simplista salida a sus responsabilidades. Una fuga hacia adelante, cargada de hipocresía, doble moral, verdades a medias y mentiras completas.

Usan la retórica del feminismo como escudo.

Como si su condición femenina, per se, les brindara un fuero especial, que las cubriera de inmunidad en la función pública y la batalla electoral.

Seamos claros, aunque sea polémico: el discurso de género lo utilizan para victimizarse.

Porque en la mayoría de las ocasiones, nada tiene que ver su condición de mujeres, ante los reproches por sus yerros.

Están los casos más evidentes, de la presidenta del Comité Directivo Estatal (CDE) del PAN, Genoveva Huerta Villegas, y de la presidenta municipal de Puebla capital, Claudia Rivera Vivanco.

Dos mujeres por supuesto muy distintas, pero que en este asunto sus líneas hallan tangente.

La primera, cómplice del ex secretario de Gobernación, Fernando Manzanilla, en el secuestro del panismo poblano.

Está implicada también en un caso, como pocos en la historia reciente, de súbito enriquecimiento.

Una prosperidad inexplicable y veloz, aquí documentada.

Si algo se le señala, por sus excesos y por sus presuntas conductas irregulares, de inmediato escupe la acusación de “misógino” al interlocutor.

No importa que sea ella la principal señalada como responsable de violencia de género por sus compañeras de partido.

No. Desde la comodidad de su condición femenina se victimiza.

Su pretensión de impunidad llegó al grado de interponer sendas denuncias contra dos periodistas, Gerardo Ruiz (El Incorrecto) y Arturo Rueda (Cambio), ante el Consejo General del Instituto Estatal Electoral (IEE).

Las quejas son por violencia política de género, misoginia y machismo, pero en el fondo buscan amordazar a los medios para que dejen de llamar corrupta a la corrupta… de cara al proceso electoral 2021.

En tanto, Claudia Rivera Vivanco evita verse a sí misma como funcionaria y responsable de la administración de Puebla capital, con todas sus aristas.

Supone que, por ser mujer, debiera vérsele distinto.

Con un manto de purificadora impunidad.

El femenino encanto que -piensa- debiera blindarla de críticas.

Es un “patriarcado”, sostiene, el que la ataca, o el que la denuncia por “violencia política de género” -vaya paradoja- ante el IEE.

No ve sus errores.

No reflexiona sobre sus excesos imprudentes, como el haber realizado un Grito alterno, la madrugada del pasado 16 de septiembre, para a espaldas del gobernador Miguel Barbosa invocar la “autonomía municipal”.

No.

Ella se ve y escucha las voces que la visten de pureza, de un halo inalcanzable a las críticas genuinas, porque “soy mujer”.

Quien osa cuestionar su desempeño es un macho.

Un misógino.

Un primitivo miembro de la falocracia.

Incluso ha llevado a las autoridades electorales sus denuncias contra el injusto sistema machista que combate, en la cruzada en la que, desde el espejo, se ve como heroína.

Ya otras mujeres fueron señaladas en el pasado por esta victimización ilegítima.

La priísta Blanca Alcalá fue una de ellas.

Pero la ex alcaldesa, como otras, supo corregir su visión del mundo bipolar.

No hay solamente rosa y azul.

Hay escala de grises.

Ni duda cabe que la violencia de género es –y debe ser- total y absolutamente condenable, y sus perpetradores y cómplices, castigados con todo el peso de la ley.

También es cierto que sigue habiendo barreras culturales que dificultan la autonomía económica, política y social de muchas mexicanas, pero pretender victimizarse a priori, por el solo el hecho de ser mujer, no parece la mejor de las ideas.

Insistir en ello les resultará contraproducente y nocivo para la salud… de sus incipientes carreras políticas.

gar_pro@hotmail.com

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