El “juramento juarista” de Chucho Morales

Arturo Luna Silva

mantachuchook

Corrían los primeros días de diciembre de 2009.

Sentados a la mesa en casa de Gerardo Corte, estaban, además del anfitrión, Enrique Doger Guerrero y Jesús Morales Flores.

Hablaban, por supuesto, del proceso interno del PRI para la candidatura a la gubernatura.

El nombre del favorito, Javier López Zavala, iba y venía de un lado a otro.

Doger y Chucho conspiraban.

Imaginaban escenarios.

Planeaban estrategias.

Escupían adjetivos.

Presumían sus respectivos capitales políticos.

Y en algo finalmente coincidían: ninguno, por ninguna razón, iba a declinar a favor del “delfín” marinista.

Todo, todo, menos eso.

Fue entonces que, ceremonioso, Chucho elevó el tono de voz, levantó y extendió el brazo derecho –como quien rinde protesta para un cargo público-, y señaló, textualmente:

-Estar con Zavala, ¡nunca! ¡¡Es un juramento juarista!!

Doger y Gerardo Corte tragaron saliva.

Estaban verdaderamente impactados.

La oronda figura de Chucho Morales los había dejado impresionados.

Y ya ni se diga el “juramento juarista”.

¡Qué convicción!

¡Bendita contundencia!

Cualquiera hubiese pensado:

No, pues este cuate sí que va en serio”.

Y se morirá en la raya, defendiendo sus ideas.

El final de la historia, sin embargo, todo mundo lo sabe:

No pasaron muchas semanas antes de que el “juramentado” cediera.

Fue de hecho el primero de los aspirantes en sumarse a Javier López Zavala.

El primero en venderse.

El primero en ponerse de chivito en precipicio.

Y “por una torta y un refresco”, como hace unos días le mandaron a decir sus amigos y colaboradores, aquellos que traicionó al dejarlos fuera de la negociación, a través de mantas colocadas en puntos estratégicos de la Angelópolis.

Chucho Morales pidió y más que eso: exigió ser “coordinador” de la campaña zavalista.

Un “coordinador” que no coordina nada porque el que manda lo tiene enfrente y se llama José Luis Márquez.

Un “general” sin mando.

Un incómodo guarura a la sombra de López Zavala.

Un sujeto al que nadie escucha y al que todo mundo (y todo mundo es todo mundo, desde el candidato hasta el velador) le da el avión.

Vamos: un verdadero fantasma en el cuartel general de la campaña, ahí donde aún retumba el eco de su “juramento juarista.

Hoy, Chucho Morales es una caricatura.

Nada más el “King Kong de Rinconada”.

Sólo el patético y engreído “Filósofo de Santa Catarina”.

gar_pro@hotmail.com

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