Caraduras, depredadores, sinvergüenzas…

Arturo Luna Silva

El de San Martín Texmelucan, Noé Peñaloza Hernández, se llevó hasta las computadoras.

El de San Matías Tlalancaleca, José Luis Hernández, dejó el edificio del ayuntamiento tan deteriorado que no sería extraño que los techos se vinieran abajo en cualquier momento.

El de Huauchinango, Carlos Martínez Amador, además de vaciar las cuentas bancarias de la comuna, vendió la maquinaria oficial y un día antes de irse, mandó a clausurar el relleno sanitario. No le importó que la ciudad se quedara sin donde depositar la basura.

El de Izúcar de Matamoros, Rubero Galileo Suárez Matías, se fue sin pagar la última quincena a los empleados municipales, algunos de los cuales, en protesta, decidieron encadenarse a una patrulla estacionada en el zócalo.

El de San Pedro Cholula, Francisco Covarrubias Pérez, heredó a su sucesora, Dolores Parra Jiménez, deudas con distintos proveedores por más de 9 millones de pesos.

El de Santa Rita Tlahuapan, Mauro Crispín Díaz, decidió por sus pistolas donar unas cuantas horas antes de su salida un predio para construir las oficinas del PAN municipal. “Es que es para el bien común”, adujo.

El de Santiago Miahuatlán, Silvestre Antonio Ovando, se tiró a la hamaca desde siete meses antes del fin de su trienio y no, ya no dio a conocer su tercer y último informe de gobierno. ¿Para qué?: ¿quién sabe qué hizo?, ¿quién sabe en que se gastó el presupuesto?

El de Tehuacán, Félix Alejo Domínguez, confirmó lo que muchos pensaban de él: que gobernó –es un decir- al “ahí se va”. Dejó pagos pendientes, nómina abultada y sueldos caídos con diversos trabajadores al servicio de la ciudad, como los 40 custodios del penal.

El de Ahuehuetitla, Alberto Hernández Valencia, de plano nunca se presentó para realizar los trabajos de entrega-recepción. Ni un documento en orden dejó a la nueva administración.

Y el de Altepexi, Alberto Hernández Feliciano, se llevó (¿a su casa?) diversos bienes del ayuntamiento, entre ellos patrullas y armas de la policía; por eso, precisamente por eso el nuevo alcalde, Delfino Alfonso Hernández, no pudo disuadir a tiempo a los habitantes que el miércoles intentaron linchar a dos ladronzuelos de casas-habitación.

Los anteriores son sólo algunos ejemplos de las pésimas, deplorables condiciones en que muchos de los ahora ex alcaldes dejaron el poder que disfrutaron –y del que abusaron- durante tres largos años.

Auténticos caraduras que sólo se enriquecieron a costa del sufrimiento y la paciencia de sus pueblos, y que fueron, son y serán impunes porque, en los hechos, en el actual sistema político poblano, los protege una ley poderosa e imbatible, la famosa “Ley de Herodes”: o te chingas o te jodes.

Y no hay matices.

Los depredadores que dejan a sus comunidades en ruinas, sin posibilidades de progreso, con las arcas vacías, en medio de todo tipo de conflictos, son de todos los signos y orígenes partidistas.

Y es que, al menos en este estado, la corrupción no distingue colores ni slogans ni plataformas políticas.

Alcanza a todos, y a todos los convierte en lo que realmente son: sinvergüenzas.

¿Y el Congreso del estado?

¿Y los diputados del “cambio”?

Bien, gracias.

Pero eso acaso no sea lo peor.

Lo verdaderamente escandaloso es que en tres años, la historia se repetirá.

Idéntica.

Ad infinitum…

Hasta el fin de los días y de todos, todos los tiempos.

gar_pro@hotmail.com

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