Debacle Panista, Ola Amarilla y Restauración Priísta

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La debacle del PAN es multifactorial y tiene varios padres.

Acusar o señalar a un solo culpable no sólo es irresponsable, sino también mentiroso.

Las acusaciones de traición, en el caso del gobernador Rafael Moreno Valle, y de incapacidad, en el caso del alcalde Eduardo Rivera, no caben.

La derrota del blanquiazul fue generalizada en el país; otra cosa hubiese sido si tal escenario únicamente se hubiese presentado en Puebla.

No es el caso.

Todos, absolutamente todos tienen responsabilidad en el fracaso: desde el presidente Felipe Calderón y la candidata Josefina Vázquez Mota hasta los gobernadores, presidentes municipales, legisladores, dirigentes y operadores de Acción Nacional.

Tras 12 años en el poder, finalmente lo perdieron y pasará mucho tiempo antes de que lo recuperen.

De primera a tercera fuerza política nacional.

Una tragedia en todo sentido para un partido que, literalmente, deberá resurgir de sus cenizas.

La restauración del PRI es una realidad, le pese a quien le pese.

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Con el CEN del PAN, y específicamente con Josefina Vázquez Mota, el gobernador Moreno Valle se comprometió a ganar la Presidencia, el Senado y al menos 8 de las 16 diputaciones federales en juego.

No ganó la Presidencia.

Tampoco la Senaduría.

Y sólo tenía la esperanza de cumplir con su cuota de diputaciones.

El CISO de la BUAP hablaba de lucha cerrada entre PRI y PAN, o entre PAN y la izquierda, con una tasa de rechazo muy elevada, en al menos 10 distritos.

Quizá por ahí termine por rescatar a alguna de sus cartas para no quedar tan mal de cara al PAN.

Según esto, el PRI tenía amarrados los distritos de Huauchinango, Zacatlán, Zacapoaxtla, San Martín Texmelucan y Ajalpan.

El panorama idílico construido desde Casa Puebla podría terminar en pesadilla, pues no quedó bien con Enrique Peña Nieto y tampoco con su partido.

De cualquier forma, las acusaciones de traición por parte de panistas y yunquistas se escucharon antes, durante y después de la elección.

La mejor coartada, empero, es esa: la debacle panista no sólo ocurrió en Puebla, fue total y generalizada.

Si Moreno Valle sacó las manos, como muchos piensan en el PAN, de poco o nada sirvió: el PAN se derrumbó por completo, y casi sin ayuda.

Aunque eso sí.

Paradójicamente, Moreno Valle tuvo mejores resultados con el PRI, pues sus candidatos (Guadalupe Vargas, Huachinango; José Luis Márquez, Zacatlán; Jesús Morales; Tepeaca, y Filiberto Guevara, Izúcar) sí serán diputados.

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Una Ola Amarilla, impulsada por Andrés Manuel López Obrador, provocó un terremoto electoral en la ciudad de Puebla y su zona conurbada.

Silencioso, el fenómeno se fraguó en las últimas dos semanas y fue evidente este domingo 1 de julio: los candidatos del Movimiento Progresista (PRD, PT y Movimiento Ciudadano) a diputados federales habrían ganado los 4 distritos de Puebla capital y al menos uno más del interior del estado.

Nunca antes la izquierda había ganado un solo distrito de mayoría relativa, ya no se diga los de la urbe más importante de la entidad.

El Efecto Peje tumbó a los gallos del gobernador Moreno Valle (Blanca Jiménez, Néstor Gordillo, Julio Lorenzini y Guillermo Velázquez) y al del alcalde Eduardo Rivera (Enrique Guevara), así como a perfiles altamente competitivos del PRI, como el ex rector y ex edil Enrique Doger y la joven promesa Pablo Fernández del Campo.

No es el fin del mundo, claro, pero el camino de Doger para repetir como alcalde de Puebla luce muy, pero muy difícil, y el de Fernández del Campo para aspirar a gobernar la capital, anda ya por las mismas.

Nuevos nombres, como el de Jorge Estefan Chidiac, Alejandro Armenta, José Chedraui y hasta el rector Enrique Agüera, deberán entrar por necesidad en la pelea 2013 por la presidencia municipal.

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Candidatos absolutamente desconocidos, y que apenas hicieron campaña, serán muy probablemente diputados federales.

Falla o no de nuestro sistema electoral, es la realidad.

Mario Chapital, Abelardo Cuéllar, Luis Bravo y Gabriela Viveros le deben la vida, y algo más, a López Obrador, que los arrastró por mera inercia, casi como “El Chavo del 8”: sin querer queriendo.

Cuando se pensaba que la pelea sería únicamente entre las estructuras del PRI y PAN, un tercer factor vino a imponerse: el de la imprevisibilidad de un electorado caprichoso, y volátil, que hasta el final ocultó su voto y optó por sufragar todo amarillo.

Aunque a AMLO no le alcanzó para ganar en el país, hizo de Puebla su territorio.

Con él, resultaron beneficiados en automático los cuatro aludidos y un Manuel Bartlett que en los hechos, sin alardes, confirma que viejos, los cerros… y reverdecen.

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Uno de los grandes perdedores de la contienda es sin duda Javier Lozano Alarcón, que sucumbió en un fango de soberbia y verborrea.

No llegará al Senado, ni siquiera como primera minoría.

El fracaso político es monumental.

Este ex priísta convertido en panista por pura conveniencia sólo cosechó lo que ha sembrado.

Un trauma más para su ya de por sí turbulenta personalidad.

Lo peor para Lozano Alarcón no es eso, sin embargo: su peor tragedia de vida es tener que seguir conviviendo consigo mismo.

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A nivel nacional, la elección deja varias lecturas; aquí adelanto algunas:

Encuestas y encuestadores se revalidan.

El movimiento #YoSoy132 fue importante pero no determinante.

La guerra sucia no pesó como sus creadores imaginaron.

El PAN padeció lo que el PRI hace 12 años: un voto de castigo generalizado.

El IFE recupera algo, o mucho, de la credibilidad perdida en 2006.

Personajes de la picaresca nacional como Vicente Fox y Manuel Espino apostaron y ganaron.

Felipe Calderón es uno de los grandes culpables de la derrota panista: ahora entregará las llaves a su odiado PRI; eso sí: escenario mucho mejor que pasar a la historia como el hombre que metió a López Obrador a la Presidencia.

A pesar de pronósticos en contra, Elba Esther Gordillo sigue vivita y coleando; asegura la supervivencia de su partido, Nueva Alianza; además, pasará factura por los servicios prestados a Peña Nieto, que no fueron pocos.

La izquierda nacional se dirige forzosamente hacia una recomposición: ya viene la era post López Obrador. Las tribus ya voltean a ver a Manuel Ebrard, quien junto con Miguel Mancera representarán aire fresco, una izquierda más moderada y más inteligente, y no sólo eso: la verdadera, auténtica opción para llegar al poder en 2018.

Y ya no hay duda: México es masoquista: ¿o no AMLO decía que la restauración del PRI y, por ende, el triunfo de Peña Nieto, así lo confirmaría?

gar_pro@hotmail.com

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