PEÑA NIETO, EL PRI, PUEBLA Y EL 2018

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Los pronósticos se cumplieron y finalmente se concretó lo que ya se vio con claridad en las elecciones del pasado 5 de junio: la baja aprobación ciudadana del presidente Enrique Peña Nieto terminó por arrollar a su partido, el PRI, de cara al 2018, tanto en Puebla como a nivel nacional, donde el tricolor se consolida como la segunda fuerza política, detrás del PAN pero seguido muy de cerca por el emergente Morena de Andrés Manuel López Obrador.

Hoy, de hecho, se puede decir que gracias a Peña Nieto y al deterioro de su imagen y popularidad debido a sus escándalos –el más reciente, que no último, relacionado con el supuesto plagio de su tesis de licenciatura-, el PRI sigue en una espiral descendente, con un panorama muy, muy negro para conservar la Presidencia y para intentar regresar a Casa Puebla, carrera para la que sencillamente no tiene cartas fuertes.

Y es que, pese a su estrepitosa y hasta vergonzosa derrota frente a Tony Gali en junio pasado, la senadora Blanca Alcalá sigue siendo paradójicamente la priísta mejor posicionada, frente al resto de aspirantes (Juan Carlos Lastiri, Jorge Estefan Chidiac, Alejandro Armenta, Enrique Doger, etcétera), quienes no tienen con qué competir frente a un PAN que sigue capitalizando el derrumbe de Peña Nieto y el desprestigio de su administración.

El presidente es ya el lastre del PRI, cuando en su momento llegó a ser su principal activo, especialmente en 2012, cuando los priístas recuperaron Los Pinos.

Hoy, de acuerdo con las últimas encuestas –las conocidas y las no tanto- sobre preferencia electoral rumbo al 2018, el PAN se ha colocado a la cabeza con 27-28% de intención de voto, mientras que el PRI ya fue desplazado a la segunda posición con 22-23%.

Lo más grave es que el PRI apenas supera por cuatro o cinco puntos porcentuales a Morena, afianzado ya en un tercer sitio con 18-19%, mandando al PRD (a lo que queda del PRD) hasta la quinta posición con solo 6% de intención de voto.

El escenario para el tricolor es dramático por donde se le vea. Entre otras cosas, porque la caída del presidente Peña Nieto es un reflejo exacto de la caída del PRI. En Puebla, el mexiquense registra una aceptación raquítica de 24%, mientras que a nivel nacional prácticamente ocho de cada diez mexicanos opinan que su gobierno ha sido malo o muy malo.

Es la primera ocasión desde 2012 que el PRI pierde el primer lugar en todas las encuestas. Y con una gran diferencia: en aquella sucesión presidencial, Peña Nieto fue el activo que sacudió y revivió a un partido expulsado del poder durante 12 largos años. Hoy no sólo no existe un revulsivo de ese tamaño, sino que ninguno de los “presidenciables” priístas se ve capaz de generar un efecto similar ni de garantizar la permanencia en Los Pinos: ni Miguel Ángel Osorio Chong ni José Antonio Meade, ni mucho menos Luis Videgaray.

Si el PRI es una marca desprestigiada, Peña Nieto, con sus bajísimos niveles de aprobación –los peores de los últimos cinco sexenios-, la hunde todavía más en el desprestigio.

Aunque ahí no terminan las malas noticias para un partido que, en Puebla por ejemplo, sigue deprimido, sin rumbo, sin liderazgo, sin estrategia y sin resolver sus pugnas –y purgas- internas.

Y es que los votos, los miles y miles de votos que viene perdiendo el PRI, cosa que ya se vio desde las elecciones del pasado 5 de junio, los están captando, por un lado, el PAN y, por otro, Morena.

En otras palabras: ante la caída de Peña Nieto y del PRI, los electores están optando por dos caminos: reconociendo tal vez que el PAN no lo hizo mal -o no tan mal- como el PRI pese a dos pésimos presidentes como Vicente Fox y Felipe Calderón, y devolviéndole su confianza; o volteando a ver a Morena y a su consolidado líder López Obrador, decantándose por su propuesta de izquierda radical y populista tras los desastrosos gobiernos del PAN y del PRI, en una resolución salomónica: “Ya vimos cómo gobiernan, o desgobiernan, priístas y panistas; por tanto, ya le toca a AMLO”.

Por supuesto que todavía falta mucho camino de aquí al 2018 y muchas cosas pueden pasar o cambiar, pero el escenario de hoy no es nada favorable para el PRI y sus dirigentes y militantes.

La percepción de que el de Peña Nieto es un gobierno corrupto va a seguir creciendo conforme se acerque el fin de su mandato y ya ni siquiera importa si son reales o ficticios los señalamientos del tipo del plagio de su tesis de licenciatura; el grueso de los mexicanos cree todo lo negativo que se dice del presidente, sea verdad o mentira. Este gobierno perdió la guerra de la imagen y poco o nada ha hecho para revertirla. Es un gobierno mudo, que no sabe cómo defenderse y que no sabe comunicar sus logros. Si a eso le añadimos el pésimo desempeño económico del país (este lunes se dio a conocer que el PIB se contrajo en términos reales 0.2% en comparación al primer trimestre del año), reflejado en desempleo y malos salarios, más los gasolinazos y los aumentos al precio del gas y los productos de la canasta básica, la situación del PRI es caótica.

Sí, sin duda mucha agua correrá de aquí a la elección presidencial y para la sucesión en Casa Puebla, pero como van las cosas, por ningún lado se ve cómo Peña Nieto y su partido puedan detener la, su brutal caída.

gar_pro@hotmail.com

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