EL DRAMA DE UN PAÍS QUE NO SABE HACER OTRA COSA QUE FABRICAR JÓVENES DESEMPLEADOS, O DESEMPLEADOS JÓVENES

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En México, dos de cada cinco universitarios menores de 30 años no tienen empleo o trabajan en la informalidad. Los que tienen empleo son choferes de Uber, vendedores de seguros médicos, corredores inmobiliarios, guías de turistas, meseros… Hacen todo, menos algo relacionado con la profesión que estudiaron durante cinco o más años y por la que pagaron miles y miles de pesos -en el caso de los egresados de instituciones privadas, que cobran lo indecible-.

En este país, los universitarios salen de la carrera y al momento de pedir un trabajo, lo primero que hace el empleador es exigirles ¡cuatro años de experiencia!

Un despropósito por donde se le vea.

Con un poco de suerte o gracias a relaciones de amistad, algunos de ellos logran colocarse y desempeñar la especialidad que dominan, pero a cambio de un salario paupérrimo.

Y más que eso: denigrante para cualquier profesionista digno de ese nombre.

¿Cómo pagar renta, comprarse un automóvil, casarse, mantener una familia, estudiar una maestría… con 5 o 6 mil pesos mensuales?

Hay un problema gravísimo con nuestros egresados y nadie lo está atendiendo desde ningún punto de vista, ni siquiera el social.

Todavía peor: universidades, gobiernos, partidos, políticos, empresas, instituciones, poderes… han optado por voltear hacia otro lado y hacer como que no pasa nada cuando sí está pasando algo y es algo muy grave en el corazón de México.

Estos millones de jóvenes frustrados, decepcionados, derrotados, con los sueños cancelados, son el espejo de una triste nación cuyo sistema de instituciones de educación superior no hace sino fabricar desempleados.

Desempleados pero eso sí: con título universitario.

Aquí ser recién egresado es como ser portador de la peste.

Ser el candidato más apto no siempre es suficiente para quedarse con un trabajo.

Más grave aún: a mayor preparación, son menores las oportunidades de conseguir un empleo.

Por lo común, se cree que ser joven es sinónimo de inexperto -y nadie quiere a un “inexperto” al mando de la nave-.

En México, la tasa de desempleo de los graduados es más alta que en otros países de América Latina.

Los salarios son más bajos.

Y las diferencias tienen que ver más con la procedencia social que con el desempeño académico: a mayor estatus económico y social, más opciones de obtener un trabajo al poco de terminar la carrera.

No importa si fuimos los peores de la clase.

Basta y sobra con que mi papá o mi mamá o mi padrino tenga un amigo político o empresario, y que le deba un favor, para colocarme de inmediato en el mercado laboral, y casi siempre con un buen sueldo quincenal.

Pero para la mayoría de los egresados, ese paraíso es inaccesible.

Para ellos, un contrato fijo y medianamente remunerado es totalmente imposible.

Hasta hace unas décadas una licenciatura casi garantizaba un coche y una casa en una colonia de clase media hacia arriba.

Pero en el México de hoy, ser “licenciado” o “licenciada” es sólo un paraguas que protege de ser mojado por la lluvia de la pobreza.

Hay un estudio fundamental sobre esta auténtica tragedia, sobre esta fábrica-país de desempleados.

Es de Yadira Navarro, profesora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

“¿Profesionistas del futuro o futuros taxistas? Los egresados universitarios y el mercado laboral en México”, se titula.

Y no veo leyéndolo a ninguno de los muchos políticos que conozco: presidentes de la República, gobernadores, senadores, diputados federales, diputados locales, alcaldes, regidores… de todos los signos políticos.

Todos ellos, más interesados en cómo ganar o conservar el poder en 2018 que en descifrar las claves para resolver los problemas verdaderamente urgentes de una nación que, con sus jóvenes en el gran ejército del desempleo, se nos seguirá cayendo en pedazos.

Es una verdadera pena.

De la que poco se habla.

Y de la que se escribe menos.

¿O me equivoco?

gar_pro@hotmail.com

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