El País reconstruye el linchamiento de Daniel Picazo en Huauchinango, Puebla

Por  Staff Puebla On Line/ Reportaje: Carmen Morán Breña/Foto: Rodrigo Oropeza | Publicado el 20-06-2022

Las campanas no dejaban de sonar en un estruendo multiplicado por el silencio de la noche. Los vecinos de Papatlazolco se echaron a la calle, más allá de los panteones habían agarrado a un hombre que merodeaba en una furgoneta y lo traían a golpes bajo la ficción de que andaba buscando niños para llevárselos. La multitud se fue reuniendo, los machetes estaban preparados, las campanas no dejaban de sonar… Daniel Picazo González, de 31 años, está a pocos minutos de morir como los mártires de siglos pasados, torturado y quemado en plaza pública a la vista de todos, acusado, sin jueces ni justicia, de robachicos.

En la habitación pintada de rojo del joven abogado yacen sus zapatos por el piso, las chancletas, las deportivas, unas pesas inmóviles, algunos botes de cosméticos en el tocador, la computadora apagada. Los padres han colocado fotos encima de la cama que el hijo deportista, trabajador y viajero ya no va a usar más. En la Ciudad de México, donde hoy llora la familia, todo son preguntas. ¿Qué hacía Daniel en ese pueblo a esas horas? ¿Iba solo o acompañado por otros que huyeron, como han dicho algunas versiones? ¿Por qué no habló, por qué no le preguntaron, por qué no dijo que era originario del pueblo de al lado, donde tiene familia? ¿Quién tocó las campanas? Una certeza consuela a la madre, Angélica: “Mi hijo murió como un mártir y ha ido derecho al cielo”.

En la sierra de Puebla todo es verde. El agua de la lluvia, que cae en cantidades bíblicas, llena las presas donde antaño se pescaba en abundancia. Cuando sale el sol también hay que andarse con cuidado. El paisaje es exuberante y los viveros crían flores para medio México. Entre la vegetación y las pobres casas de madera se extendió estas semanas la inquietud: un mensaje de WhatsApp saltaba de un teléfono a otro con una advertencia a las familias para que cuiden a los niños, porque hay quien se los quiere llevar. Por si fuera poco, días antes, según han relatado algunos lugareños, otra furgoneta roja causó miedo entre unos chavos, que acudieron a las autoridades locales. Resultaron ser unos vecinos del pueblo de al lado, nada más. La mecha estaba lista, solo había que encenderla. Inexplicablemente, Daniel Picazo conduce su furgoneta la noche del viernes, 10 de junio, hasta Papatlazolco. Se ha metido en la boca del lobo. Las llamas que consumirán su vida iluminan las caras de los vecinos, amontonados sobre el mártir en la cancha deportiva cubierta.

El escenario del crimen es un pueblo cargado de sospechas durante años, que ha visto, dicen, maestras violadas, ladrones y otros delincuentes a los que no les tocó la ley. Se han acostumbrado a tomarse venganza sin que tampoco entonces la justicia hiciera su trabajo contra los linchadores. La notoriedad del asesinado el viernes, un asesor político del Congreso de los Diputados, ha hecho saltar por los aires todo el sistema. Ya hay siete detenidos, todos mayores de edad, y ahora sí, el pueblo señala culpables para defender a los que duermen en la cárcel. “Para mí el primer culpable es el que cuidaba las vacas, que fue el que agarró primero al muchacho, y después el presidente auxiliar [alcalde], Epifanio Aranda, él estuvo en el lugar, ¿es que no pudo hacer nada?”, dice Margarita, la madre de uno de los arrestados, Abraham N. “Mi hijo no es culpable, solo estaba de mirón, no se puede detener a alguien solo porque aparezca en un video”, sostiene la familia en declaraciones a Nueva Nación. “Entraron a la casa pateando todo y sin mostrar la orden de aprehensión”, sostienen.

“Lo que hicieron fue malísimo”, condena Margarita el crimen. También carga contra la policía, decenas de patrullas que llegaron al lugar la noche del linchamiento. “¿Es que no pudieron dar tiros al aire, echar gases que los atontaran y sacar al individuo?”. Y pide a las autoridades que muestren pruebas antes de encerrar a su hijo. Pero ella misma esparce sobre el difunto, sin evidencia alguna, sospechas que manchan su nombre: “¿Qué hacía allí con la furgoneta entre hierbajos, escondido? ¿Por qué no se identificó?”. E insisten en un rumor no confirmado: que Picazo viajaba con otras dos personas que huyeron y que en la furgoneta había ropa de niña, condones y sangre. ¿Quién lo sabe? “Eso dicen los vecinos”. Los implicados en el crimen quemaron el vehículo, que hoy custodia la Fiscalía. La hermana del detenido añade: “Él era un hombre preparado, con tecnología para consultar y no perderse”. A decir de esta familia, el presidente auxiliar llegó pronto al lugar y le preguntó quién era. “Solo dijo que se llamaba Daniel y venía de Iztapalapa. Aquí no conocemos nadie de Iztapalapa”.

En la mañana del miércoles, cinco días después de la orgía de sangre y fuego, las tiendas están abiertas, alguna mujer barre la puerta, otra sale con la compra apresurada cuando se acercan los curiosos. Los charcos se acumulan en las calles sin asfaltar. Reina el silencio: buenas tardes, es todo lo que dicen. Otros, nada, malencarados siguen su camino, con la mirada torcida hacia el coche de los forasteros. Está cerrado el consultorio. Nadie sabe dónde anda el presidente municipal ni dónde encontrar al juez de paz. El linchamiento: nadie ha oído nada, nadie vio nada. Pero todos vieron que el presidente municipal estaba allí mismo, “que apenas extendió la mano cuando llegaban con el recipiente de la gasolina, pero no los detuvo”. Que el juez de paz también asistía al aquelarre, “con su garrote”. Alrededor de 200 estuvieron ese viernes allí, como se ve en los videos que también maneja la Fiscalía. Allá va Daniel, golpeado y esposado a la espalda, agarrado por algunos vecinos y seguido por una turba. El furgón policial se queda atrás, casi parece que los escolta.

La multitud impide que los agentes rescaten al apresado y conforme pasan los minutos van llegando más patrullas. Decenas de uniformados locales de Huauchinango, estatales y algún militar se concentran finalmente en el pueblo. A Daniel “no le esposó la policía, como se ha dicho, fueron los hombres del pueblo, ellos tienen esposas, también las tiene el presidente municipal”, asegura uno que estuvo presente. “La policía no hizo nada, absolutamente nada. Allí todo el que llegaba le pegaba”, asegura. Las luces de las patrullas se ven en los videos. Cuentan que alguno de los uniformados increpó a quien quiso defender al abogado con frases como: “¿Es que tú eres su cómplice, es que lo conoces, por qué lo defiendes?”. El miércoles por la mañana, allí seguían las veladoras apagadas y un trozo de tela quemada. Tizne en el particular cadalso de cemento.

Daniel pasó sus últimas horas felices en Las Colonias, un pueblo al lado de Papatlazolco, de donde es originaria su familia. Cada vez que visitaba el lugar, y lo hacía a menudo, llamaba a su amigo Sebastián: “¿Unas chelas [cervezas]?”, le dijo esta vez por WhatsApp, y le envió una foto con una lata de Modelo Especial. Se conocían desde pequeños, porque la familia era de Las Colonias y allí en la casa del abuelo se reunían todos a menudo. “Estuvimos tomando chelas, mirando las presas en varios pueblos cercanos, lo acompañé al hotel para que dejara sus cosas… A eso de las nueve y media de la noche estábamos con un primo mío y otro amigo, pero Daniel agarró su furgoneta y se fue, sin decir agua va. Se me hizo raro, pero supuse que marchó a Tlaola, donde parece que se había citado con una chica. Lo llamé, pero la llamada no tenía buena señal, le mandé un audio, ¿qué tal, todo bien? ¿Qué onda?”. Ya no hubo comunicación. Sebastián sostiene la hipótesis de un fallido viaje a Tlaola porque de camino hasta ese pueblo hay una bifurcación, si la agarras mal acabas en Papatlazolco. “Él iba solo. Yo creo que se perdió”.

En los pueblos, al que no lo vio se lo contaron. Este periódico ha recabado algunos testimonios de primera mano y ha podido ver videos que conoce la Fiscalía, porque se los entregaron. En algunos gritan unas mujeres: “¡Dejadle que hable primero!”. Y se estremecen otras: “¡Ay dios, no, no, le están haciendo daño!”. También se percibe el ruido de los machetes cuando golpean en plano, como el restañar de látigos. Para entonces Daniel ya no podía ni hablar. Arrodillado, ya con quemaduras en el cuerpo de una primera lumbre que alguien apagó, pidió que le sacaran la cartera y las llaves del hotel Lindavista, donde se alojaba, en Tenango de las Flores, en un último intento por identificarse. Allí estaban la credencial de asesor del Congreso de los Diputados de México, las tarjetas de crédito, el billete de metro en el que viajaba cada mañana hasta el trabajo. La policía tomó fotos de aquellos documentos, pero no hizo nada por detener la paliza. Frente a los uniformados, le prendieron fuego por segunda vez. El cuerpo arrodillado cae de bruces como una tea. Algunos de los detenidos, dicen los testigos consultados en el más absoluto sigilo, ya habían matado antes, pero aquellos crímenes nunca llegaron a la justicia. Otros, según los vecinos, han abandonado el pueblo huyendo de la ley.

En México, la falta de investigación y la impunidad son tales, que en ciertos momentos la justicia puede calificarse de inexistente. En muchas zonas aisladas, de montaña, los que allí viven pueden ser víctimas y victimarios y la mañana sigue igual al día siguiente. La ausencia del Estado es notoria. De eso se quejan los vecinos de Papatlazolco cuando se les pregunta por lo ocurrido. “¿Dónde está el gobernador cuando ahogan a la gente en la presa y cuándo roban a los niños? Ahora vienen porque este muchacho era importante. Yo entiendo que las madres se preocupen por sus hijos”, cuenta una vecina en la calle. “No somos ignorantes, como dice la televisión, el pueblo tiene que defenderse”. Preguntada después si Papatlazolco es un sitio tranquilo dirá que sí. ¿Robo de niños? No se han dado. ¿De qué se defendían? Quizá de un rumor que se prendió con furia. Otra mujer, frente a las canchas donde han dejado algunas velas, un ramo de flores y dos fotos de Daniel, donde nadie se ha molestado aún en limpiar la sangre de las gradas, se preocupa por la fama que les cae encima a todos por la acción de unos pocos “revoltosos”. La zona es turística, se ofrecen paseos en lancha por las aguas embalsadas, pero los que conocen saben que es difícil acercarse a algunos pueblos, mucho menos de noche. Que las sospechas, tantas veces infundadas, pueden acabar en muerte y no hay policía que te salve.

Los linchamientos no son inusuales en México, ni tampoco es algo que distraiga del quehacer diario. Ocurren allá en lugares remotos cuando los vecinos consideran que han atrapado a un ladrón, a un abusador, a un maleante. Con la tierra sobre el muerto queda también enterrado el caso. El Estado de Puebla es conocido por estos trágicos acontecimientos. En 1976 una película inmortalizó lo ocurrido en 1968 en San Miguel Canoa, donde lincharon a cinco personas. Hubo muchos más después, unos con más notoriedad que otros. Un estudio de la Universidad Iberoamericana en Puebla muestra cómo entre 2015 y 2019 fueron linchadas 78 personas en el Estado, en 57 casos documentados, es decir, en algunos asesinaron a más de una persona y hubo otros 599 que se quedaron en tentativa. En ese periodo, los linchamientos se incrementaron en un 600%, según el informe que firma Tadeo Luna. En el estudio se relaciona la pobreza, la desigualdad y el abandono históricos de estas comunidades con estos actos, que se convierten casi en un ritual. El Estado ausente y el estrés social provocado por acontecimientos concretos en el devenir cotidiano son factores, sostiene, que incrementan estos sucesos, que se van quedando en el imaginario social como una forma legítima de defensa ante los peligros que acechan. Una encuesta sobre percepción de seguridad ciudadana y convivencia social de 2017 revela que el 77% de los mexicanos estaba de acuerdo con golpear a una persona sorprendida en un acto delictivo. Eso explica también cómo en el caso de Daniel Picazo muchos señalan que lo mataron “por error”, dando por bueno que si hubiera sido un delincuente no habría mucho que decir.

Entre los factores que describen con propiedad un linchamiento están el carácter colectivo y cierta espontaneidad de una masa desordenada, aunque no se descarta que entre todos haya algún grupo más organizado; la ejecución pública es la respuesta simbólica que busca la mayor visibilidad, “un mensaje que pueda ser visto por la colectividad”, porque se trata de “castigar y educar a la comunidad”, convirtiéndose, dice el estudio de la Iberoamericana, en performances culturales espectaculares” que los conviertan en poderosos actos comunicativos.

Como si se hubieran aprendido bien la lección, al abogado Picazo quisieron darle muerte en los panteones, a medio camino entre la furgoneta de dónde lo sacaron y la cancha que llaman, no sin razón, de usos múltiples. Uno de los testigos escuchó como alguno de los verdugos dijo: “No, vamos a la cancha, que lo vea todo el mundo”. Y la multitud siguió a la tétrica comitiva.

Sobre el féretro de Picazo, envuelto en varias capas de plástico como una maleta en el aeropuerto, el padre, don Nicandro, se desespera en silencio en el cementerio. Con lágrimas en los ojos cumple el ritual del tequila que van sirviendo entre los deudos en vasos de plástico. La familia tiene una imprenta en la alcaldía capitalina de Iztapalapa. El negocio les ha dado lo suficiente para que Daniel y su hermana Angélica pudieran sacar una titulación universitaria en un centro privado. El abogado hizo una maestría en España y viajó por medio mundo. En esa vida intensa quiere ver la madre el signo del destino que iba a depararle una vida corta.

Aquel sábado, Nicandro recibió una llamada de Puebla, de la Fiscalía, pero no la tomó porque los números desconocidos en México pueden tratarse de extorsiones, dice. Poco tardaron en llegar las malas noticias por otras vías. La familia no se lo acababa de creer y trataba de contactar con el muchacho: “Hola Dani cómo estás”. “Hola Dani”, “Hola”, “Hola Dani”, “Hola”. Son los últimos mensajes que el padre escribió al difunto a las ocho de la mañana del sábado. Sin respuesta.

El estudio de la Iberoamericana arranca con unas frases del escritor Carlos Monsiváis: “Las masas cobran el poder que les da la pérdida del rostro individualizado. Son nadie y son todo. Son la piedra lanzada contra el individuo armado y son la ira ante la injusticia. Son el deseo de infligir daño y son la memoria de la niña violada”.

La madre de Daniel dice: “Lo que le han hecho a mi hijo no es de humanos”, pero en eso, quizá, es en lo único que se equivoca.

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