¿De qué nos defendemos?

04.06.2018

- Entonces todos estamos enfermos.- Replicó alguien en la mesa cuando intentaba justificar que las manías que unos juzgan en otros son parte de su forma de sostenerse en el mundo. Que los dejen vivir en paz.

- No.- Respondí. Si acaso todos estamos un poco locos, pero estamos locos de atar.

¿Cómo de atar?

Así.

Amarrados. Reprimidos. Sujetados.

A lo que sea.

A una rutina Godínez, a un horario escolar alienante, a listas de súper, al reto de ser alguien en la vida, a seguir los 10 mandamientos, a cumplir con el sueño de mamá y papá, a una bendición que gatea, a un objeto de deseo, al amor de nuestra vida o al dolor de una herida.

Y es que parece que nadie quiere que le llamen loco. Mucho menos reconocer que en él habita un poco de maldad, de perversión, de sed de venganza, de melancolía infinita, de rasgos suicidas, de delirios sangrientos. Porque todo ello es parte de la condición humana pero no es moralmente correcto. No es “normal” en un mundo en el que debemos hacer el bien sin mirar a quien.

Hay quienes sí no tienen opción. Viven en las psicosis. Están en su realidad. Los vemos pasar en la calle y nos hacemos a un lado. Nos topamos con alguien que va hablando solo y lo miramos con desdén. Tememos por nuestra vida. Nos defendemos. ¿De qué nos defendemos? ¿De contagiarnos con sólo respirar el mismo aire? ¿De perder la razón?

En su libro Historia de la Locura en la Época Clásica, el filósofo francés, Michel Foucault, nos da cuenta de cómo este desprecio por lo que resulta extraño siempre se ha marginado por temor a lo desconocido para la civilización humana. Para el Siglo XVII los leprosarios de la Edad Media, ya habían sido sustituidos por confinamientos para quienes padecían enfermedades venéreas y comenzaban a ordenarse por decreto la creación de casas correccionales para internar a todo aquel vagabundo que anduviera merodeando fuera de sus cabales.

Antes de esta etapa, en Europa, a los locos vagabundos se les equiparaba a los leprosos y todo tipo de apestado social que cuando era sorprendido por la policía, principalmente en Núremberg, Alemania, se les embarcaba en la famosa Nef de Fous, la nave de los locos, que después cobró auge como un símbolo para decenas de novelas y pinturas coloreadas con sátira.

Un ejemplo de esto lo encontramos en las obras de artistas renacentistas como el pintor holandés Jheronimus Bosch, El Bosco, quien se valió de este recurso imaginario para criticar la sórdida vida del clero y la nobleza, exponiendo los pecados capitales como muestra de la locura que impera en una sociedad que se conduce con el vientre y no con la cabeza; pues privilegia la glotonería, los vicios, la lujuria y otros placeres, por encima del pensamiento moral.

Es precisamente de este recorrido histórico pero también de una mirada actual desde el psicoanálisis, de lo que va el más reciente volumen de Lapsus de Toledo: Mecanismos de Defensa en las Psicosis, cuya presentación en Puebla no pudo tener mejor escenario que el hoy Museo Regional de Cholula, el cual albergó durante cien años al Hospital Psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe.  Gracias por acompañarnos.


La Nave de los Locos (1503) – El Bosco

Jugarse el cuerpo

26.03.2018

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu corazón? Se necesita callar al mundo. Callar las voces en tu cabeza. Apagar el ruido de toda la rutina que está fluyendo a nuestro alrededor. Y entonces ahí se asoma. Es un latido incesante que te recuerda lo frágil que somos. Lo incansable que pareciera ser la especie humana. Pero el cuerpo no depende de eso que inspira oxígeno y bombea sangre.

No es el corazón el que rige la existencia de un sujeto. Tal vez por eso cuando deja de latir, seguimos vivos. Es justo cuando estamos ausentes o muertos, cuando se está más presente. Ya lo dijo Arjona, “uno no está donde el cuerpo, sino donde más lo extrañan”, donde alguien nos sujeta con el pensamiento, en sus sueños y en sus pesadillas.

No es este armazón de calcio, articulaciones, vísceras y piel lo que nos hace estar en el mundo. No. Es el lugar que otro nos da al mirarnos, al reconocernos y darnos un nombre, lo que nos hace tejer lazos de vida. Y así es el amor el que nos atraviesa para mover el esqueleto hacia la regadera, hacia un trabajo que te haga explotar el cerebro, hacia una cita que te revuelve el estómago, hacia el encuentro con otros que te escuchan, que te hablan, que comparten.

Para el psicoanálisis el cuerpo es el campo de batalla del aparato psíquico, de nuestras pulsiones. Es el escenario donde la vida y la muerte insisten todo el tiempo. Donde el inconsciente se manifiesta a través de gritos y silencios.

No nacemos con un cuerpo. Nos hacemos de éste en cada herida de guerra. Es decir, nunca tenemos dominio completo de la carne que somos. Ni siquiera podemos vernos de cuerpo entero frente a un espejo. Mucho menos en los sueños alcanzamos a identificarnos pero sí experimentamos las sensaciones como si alguno de nuestros cinco sentidos estuviera despierto.

Para hacerse de un cuerpo hay que jugárselo. Hoy es fácil escribirle al otro que estaremos a su lado cuando necesite un beso que refresque sus labios secos, cuando quiera cubrirse con nuestros brazos. Pero llegado el momento, es difícil sostener esas palabras. Y no necesariamente porque no se quiera cumplirlo, a veces simplemente no se puede. El cuerpo se repliega. El Yo se defiende. La boca no se abre. Los pies no caminan. La mirada se pierde. ¿Por qué? Porque quien gobierna al cuerpo no es uno, es el deseo. Y el deseo es inconsciente. Es deseo del otro.

Edvard Munch: The Kiss, 1897.

Volteada

09.03.2018

La semana pasada vi un auto voltearse. Aún no se lo cuento a nadie. No me he detenido a apalabrarlo. Sólo me inquieta que ya que el toldo estaba sobre el asfalto en plena 18 poniente, caí en cuenta que eso que pasó volando frente a mis ojos a unos 200 metros, había sido una volcadura. Pero ni entonces mi rostro se inmutó. Tal como me pasa de un tiempo para acá con todo el escándalo que ocurre a mi alrededor.

Lo que me preocupa es que no me haya preocupado. El tráfico y los percances vehiculares suelen ser el segundo tema que los humanos usan para romper el silencio. El primero es el clima. Y me consta que los hombres se aceleran cuando ven que un coche está por colisionar con otro. O las mujeres gritan en un enfrenon (sic). Yo no parpadeé. No balbuceé. Seguí conduciendo y sólo pensé en que ahora tenía que dar vuelta en la esquina y no seguirme derecho como es la ruta habitual hacia la CAPU.

La mayoría abre al máximo los ojos, se dilatan sus pupilas, exclama algo, o hasta circula más despacio para enterarse si hay alguien atorado, o el cristiano salió ileso. Yo iba apurada cruzando los dedos para alcanzar el ADO. “Ya tendrán algo que contar” (pensé cuando vi al auto con el que se había impactado).

Para contar algo hay que voltearse. Nueve días después desperté extrañamente tranquila porque soñé con mi funeral. Así patas pa’ arriba… como el coche gris que se cruzó ese martes por mi vista. En la asociación libre - buscando qué me quiere decir la vida con ese momento bien guardado por mi lengua- me vino a la mente el método clásico y prehispánico de voltear la tortilla en el comal.

En Madame Bovary, el escritor francés Gustave Flaubert, nos describe a una conocida de Emma que se la pasaba “tendida sobre el vientre y llorando sobre los guijarros” porque “estaba tan triste, tan triste por un mal que parecía una especie de niebla que tenía en la cabeza y nada podían ni los médicos ni el cura”. Este fragmento lo retoma Elizabeth Roudinesco en La Batalla de Cien años a manera de epígrafe del capítulo que da cuenta del descubrimiento de la Histeria.

A principios de esta semana, en sesión de Psicoanálisis preguntaba cómo sería posible hablar desde otro discurso que no atraviese la histeria o la neurosis obsesiva. Aún no lo sé. Después del sueño y el despertar de este miércoles sólo caí en cuenta que es hora de voltearse. Tal vez siga tirada pero ya aunque sea boca arriba. Como en el diván.

Así mi vida, hoy está volteada y yo de verdad que no tengo ganas de caminar derecho. Mucho menos de poner orden como lo marcan las normas del buen vivir. Eso es agotador.

Rest - Edgar Degas

Amor verdadero

14.02.2018

Hablamos de amor todo el tiempo. Lo gritamos. Pero no lo escuchamos. No nos escuchamos. De eso va el Psicoanálisis. De hacer y deshacer el amor con palabras. De hablar y escuchar nuestras palabras en la voz de otro que sí nos mira.

Si no fuéramos unos neuróticos ordinarios, quizá podríamos vivir en la psicosis. Ahí donde no existe la metáfora. Ahí donde frases como “toma mi corazón”, “el amor es ciego”, “cupido nos flechó”, “te doy mis ojos”, “me desangró por ti” o “te amaré hasta que la muerte nos separe”, no son simples y banales expresiones que nunca alcanzan a decir lo que realmente sentimos.

Hay en el arte mucho del inconsciente. Y Tim Burton nos ha regalado a manos llenas – con todo y tijeras – sus más oscuros sueños de amor. En la exposición que muestra su extraño mundo, nos deja ver la obra que con sus manos plasmó en cada servilleta de un café o un pub. Nos muestra el extraño mundo que creó y habitó en su mente antes de ser el productor y/o director de “Alicia en el país de las Maravillas”, “El Cadáver de la Novia”, “El joven manos de tijera”, la primera trilogía noventera de “Batman”, “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, “Sombras tenebrosas” y otra veintena de filmes llenos de personajes góticos, melancólicos e inadaptados.

Es precisamente un proyecto no nato titulado True Love (Amor Verdadero) donde menos metáfora existe. Donde muestra a un malvado cupido atravesando con su flecha los ojos de un par que se mira fijamente. Donde un dragón de fuego se para en la orilla de la tierra para replegarse codo a codo a un monstruo marino que no puede salir del lago. Amor imposible, lo llama. Donde un pobre enamorado se arranca el corazón y lo entrega a una mujer ingrata y aterrada.

Mientras recorría la exposición no dejaba de pensar en la melancolía infinita que hay en cada personaje con mirada triste, con cuerpos que reclaman un poco de amor, que con sus dientes afilados o sonrisas tenebrosas evocan ternura, trazos que rayan entre lo sensual, lo fantástico y lo bizarro, monstruos y fantasmas que están cansados de ser los malos del cuento. “Debe haber algo más allá que andar por el mundo espantando con un bu”, escribió al lado de uno de ellos.

Si bien la fama de Tim Burton viene tras cada blockbuster taquillero, en el que nos ha dejado claro que el amor no es un #FelicesPorSiempre sino un eterno dejar ir para reencontrarse, y que al “The End” siempre le sigue el “Or is Not?”. Yo quedé enamorada de su obra como escritor y cuentista. En especial de los personajes del libro de cuentos La Melancólica Muerte del Chico Ostra, que después aparecieron en una serie animada en Flash. Todos extraños, solitarios y atascados de humor negro. Mi corazón se apachurró un poco entre el huérfano Chico Mancha que debe acabar con todos los frikis como él, y la Chica con muchos ojos, de quien sugiere que debe ser muy complicado tener una novia así porque cuando llora, seguramente uno quedará muy empapado.

Agarrada a la carretera

11.01.2018

Sonará a albur. Meter el clutch suele producirme cierto placer cuando lo suelto mientras conduzco sola escuchando mi  playlist favorito. Yo lo llamo orgasmo. Una muerte chiquitita.

Debía ir al entierro de la madre de una madre. Nunca pensé en llegar en auto. Pero fue lo primero que toda mi familia exclamó en todos los tonos: advertencia, amenaza, preocupación, ocupación, súplica. “No te vayas a ir sola en coche”. Así que, como lo tenía en mente, busqué opciones para llegar en autobús en un viaje de tres escalas y cuatro horas.

Tres semanas antes me había echado para atrás sin ver el sentido. Tras el “golpe avisa”, ahí me ven llamando al seguro para que se hiciera cargo de un rayón que le hice a una Audi Q3. Ridículo. Solía estamparme con más drama y estilo.

Así que el sábado desperté sudando entre pesadillas escolares y raspones de auto. Esas situaciones en las que el miedo a fallar te angustia. Salí de mi clase y me dirigí a la CAPU. Pasaba justo a un costado cuando pensé: “pues es aquí derecho derecho”.

¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se cumpla mi presagio de morir estampada? Ojalá fuera así de fácil. Así que compré un jugo de naranja, sintonicé la estación de música agropecuaria, me puse el cinturón y me agarré a la carretera. Eso sí, sin GPS, atenta a las señales del camino y preguntando en cada caseta. Era mi primera vez conduciendo en una autopista más allá de San Martín Texmelucan.

Entraban llamadas de mi familia. Les da miedo que esté sola. En lugar de contestar pensaba si se enteraron de ese viaje a mis 18 años cuando el amor de mi vida me cortó por primera vez y abordé sola un autobús con destino a Cuernavaca con solo una dirección en un papel. En la ocasión en que mis amigos de la uni me dejaron abandonada en medio de una tumultuosa TAPO y conseguí un asiento para llegar a Villahermosa. En la odisea de cruzar sola el océano para enterrar mis traumas en el desierto de Egipto. O en la zozobra que tenía cuando los llevé al Perú y temía que al bajar del avión nos lleváramos un chasco por contratar paquetes por internet. En fin.  Hoy sólo eran 124 kilómetros de carretera.

Entonces caí en cuenta que son esos momentos los que me hacen sentir viva. Esos en los que me rompo en tratar de demostrar que en lo imposible cabe siempre una posibilidad. Aunque sí. A veces la vida me ubica y me recuerda que todo no es posible, que el clutch sirve para cambiar la velocidad. Aunque yo odie tener que frenar. Aunque ame estamparme.

The Lost Jockey  (Rene Magritte)