Volteada

09.03.2018

La semana pasada vi un auto voltearse. Aún no se lo cuento a nadie. No me he detenido a apalabrarlo. Sólo me inquieta que ya que el toldo estaba sobre el asfalto en plena 18 poniente, caí en cuenta que eso que pasó volando frente a mis ojos a unos 200 metros, había sido una volcadura. Pero ni entonces mi rostro se inmutó. Tal como me pasa de un tiempo para acá con todo el escándalo que ocurre a mi alrededor.

Lo que me preocupa es que no me haya preocupado. El tráfico y los percances vehiculares suelen ser el segundo tema que los humanos usan para romper el silencio. El primero es el clima. Y me consta que los hombres se aceleran cuando ven que un coche está por colisionar con otro. O las mujeres gritan en un enfrenon (sic). Yo no parpadeé. No balbuceé. Seguí conduciendo y sólo pensé en que ahora tenía que dar vuelta en la esquina y no seguirme derecho como es la ruta habitual hacia la CAPU.

La mayoría abre al máximo los ojos, se dilatan sus pupilas, exclama algo, o hasta circula más despacio para enterarse si hay alguien atorado, o el cristiano salió ileso. Yo iba apurada cruzando los dedos para alcanzar el ADO. “Ya tendrán algo que contar” (pensé cuando vi al auto con el que se había impactado).

Para contar algo hay que voltearse. Nueve días después desperté extrañamente tranquila porque soñé con mi funeral. Así patas pa’ arriba… como el coche gris que se cruzó ese martes por mi vista. En la asociación libre - buscando qué me quiere decir la vida con ese momento bien guardado por mi lengua- me vino a la mente el método clásico y prehispánico de voltear la tortilla en el comal.

En Madame Bovary, el escritor francés Gustave Flaubert, nos describe a una conocida de Emma que se la pasaba “tendida sobre el vientre y llorando sobre los guijarros” porque “estaba tan triste, tan triste por un mal que parecía una especie de niebla que tenía en la cabeza y nada podían ni los médicos ni el cura”. Este fragmento lo retoma Elizabeth Roudinesco en La Batalla de Cien años a manera de epígrafe del capítulo que da cuenta del descubrimiento de la Histeria.

A principios de esta semana, en sesión de Psicoanálisis preguntaba cómo sería posible hablar desde otro discurso que no atraviese la histeria o la neurosis obsesiva. Aún no lo sé. Después del sueño y el despertar de este miércoles sólo caí en cuenta que es hora de voltearse. Tal vez siga tirada pero ya aunque sea boca arriba. Como en el diván.

Así mi vida, hoy está volteada y yo de verdad que no tengo ganas de caminar derecho. Mucho menos de poner orden como lo marcan las normas del buen vivir. Eso es agotador.

Rest - Edgar Degas

Amor verdadero

14.02.2018

Hablamos de amor todo el tiempo. Lo gritamos. Pero no lo escuchamos. No nos escuchamos. De eso va el Psicoanálisis. De hacer y deshacer el amor con palabras. De hablar y escuchar nuestras palabras en la voz de otro que sí nos mira.

Si no fuéramos unos neuróticos ordinarios, quizá podríamos vivir en la psicosis. Ahí donde no existe la metáfora. Ahí donde frases como “toma mi corazón”, “el amor es ciego”, “cupido nos flechó”, “te doy mis ojos”, “me desangró por ti” o “te amaré hasta que la muerte nos separe”, no son simples y banales expresiones que nunca alcanzan a decir lo que realmente sentimos.

Hay en el arte mucho del inconsciente. Y Tim Burton nos ha regalado a manos llenas – con todo y tijeras – sus más oscuros sueños de amor. En la exposición que muestra su extraño mundo, nos deja ver la obra que con sus manos plasmó en cada servilleta de un café o un pub. Nos muestra el extraño mundo que creó y habitó en su mente antes de ser el productor y/o director de “Alicia en el país de las Maravillas”, “El Cadáver de la Novia”, “El joven manos de tijera”, la primera trilogía noventera de “Batman”, “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, “Sombras tenebrosas” y otra veintena de filmes llenos de personajes góticos, melancólicos e inadaptados.

Es precisamente un proyecto no nato titulado True Love (Amor Verdadero) donde menos metáfora existe. Donde muestra a un malvado cupido atravesando con su flecha los ojos de un par que se mira fijamente. Donde un dragón de fuego se para en la orilla de la tierra para replegarse codo a codo a un monstruo marino que no puede salir del lago. Amor imposible, lo llama. Donde un pobre enamorado se arranca el corazón y lo entrega a una mujer ingrata y aterrada.

Mientras recorría la exposición no dejaba de pensar en la melancolía infinita que hay en cada personaje con mirada triste, con cuerpos que reclaman un poco de amor, que con sus dientes afilados o sonrisas tenebrosas evocan ternura, trazos que rayan entre lo sensual, lo fantástico y lo bizarro, monstruos y fantasmas que están cansados de ser los malos del cuento. “Debe haber algo más allá que andar por el mundo espantando con un bu”, escribió al lado de uno de ellos.

Si bien la fama de Tim Burton viene tras cada blockbuster taquillero, en el que nos ha dejado claro que el amor no es un #FelicesPorSiempre sino un eterno dejar ir para reencontrarse, y que al “The End” siempre le sigue el “Or is Not?”. Yo quedé enamorada de su obra como escritor y cuentista. En especial de los personajes del libro de cuentos La Melancólica Muerte del Chico Ostra, que después aparecieron en una serie animada en Flash. Todos extraños, solitarios y atascados de humor negro. Mi corazón se apachurró un poco entre el huérfano Chico Mancha que debe acabar con todos los frikis como él, y la Chica con muchos ojos, de quien sugiere que debe ser muy complicado tener una novia así porque cuando llora, seguramente uno quedará muy empapado.

Agarrada a la carretera

11.01.2018

Sonará a albur. Meter el clutch suele producirme cierto placer cuando lo suelto mientras conduzco sola escuchando mi  playlist favorito. Yo lo llamo orgasmo. Una muerte chiquitita.

Debía ir al entierro de la madre de una madre. Nunca pensé en llegar en auto. Pero fue lo primero que toda mi familia exclamó en todos los tonos: advertencia, amenaza, preocupación, ocupación, súplica. “No te vayas a ir sola en coche”. Así que, como lo tenía en mente, busqué opciones para llegar en autobús en un viaje de tres escalas y cuatro horas.

Tres semanas antes me había echado para atrás sin ver el sentido. Tras el “golpe avisa”, ahí me ven llamando al seguro para que se hiciera cargo de un rayón que le hice a una Audi Q3. Ridículo. Solía estamparme con más drama y estilo.

Así que el sábado desperté sudando entre pesadillas escolares y raspones de auto. Esas situaciones en las que el miedo a fallar te angustia. Salí de mi clase y me dirigí a la CAPU. Pasaba justo a un costado cuando pensé: “pues es aquí derecho derecho”.

¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se cumpla mi presagio de morir estampada? Ojalá fuera así de fácil. Así que compré un jugo de naranja, sintonicé la estación de música agropecuaria, me puse el cinturón y me agarré a la carretera. Eso sí, sin GPS, atenta a las señales del camino y preguntando en cada caseta. Era mi primera vez conduciendo en una autopista más allá de San Martín Texmelucan.

Entraban llamadas de mi familia. Les da miedo que esté sola. En lugar de contestar pensaba si se enteraron de ese viaje a mis 18 años cuando el amor de mi vida me cortó por primera vez y abordé sola un autobús con destino a Cuernavaca con solo una dirección en un papel. En la ocasión en que mis amigos de la uni me dejaron abandonada en medio de una tumultuosa TAPO y conseguí un asiento para llegar a Villahermosa. En la odisea de cruzar sola el océano para enterrar mis traumas en el desierto de Egipto. O en la zozobra que tenía cuando los llevé al Perú y temía que al bajar del avión nos lleváramos un chasco por contratar paquetes por internet. En fin.  Hoy sólo eran 124 kilómetros de carretera.

Entonces caí en cuenta que son esos momentos los que me hacen sentir viva. Esos en los que me rompo en tratar de demostrar que en lo imposible cabe siempre una posibilidad. Aunque sí. A veces la vida me ubica y me recuerda que todo no es posible, que el clutch sirve para cambiar la velocidad. Aunque yo odie tener que frenar. Aunque ame estamparme.

The Lost Jockey  (Rene Magritte)

Baño Mixto

24.11.2017

Pienso. Me tomo una selfie. La subo a Facebook. Y luego existo. Este sería el nuevo cogito ergo sum que René Descartes regaló al racionalismo occidental. De cómo se teje el lazo entre dos seres completamente desconocidos que coinciden en un sanitario, trata Baño Mixto, una singular puesta en escena hecha en Puebla.

Lo que pasa en este baño mixto no es el hilo negro, es el hilo con el que hemos bordado nuestras relaciones amorosas, una, dos, tres o las veces que hemos necesitado de un suéter que nos cubra del frío, que nos proteja de la soledad, que nos abrigue esperanzas o caliente el cuerpo, el corazón y las hormonas.

Al fin y al cabo ¿qué es el amor?. Nadie lo sabe con exactitud. Todos hablan de él. Muchos presumen en su nombre. Otros tantos gozan con su falta. Lo cierto es que inicia con una mirada. Con ver en los ojos del de enfrente la imagen de lo que no es, de lo que nos falta, de esa descarga eléctrica que apague nuestra sed.

Baño Mixto aborda un encuentro casual en tiempos de Whatsapp, con la crudeza que implica vaciar nuestra existencia en las redes sociales. Es un guión salpicado de sarcasmo, donde los emojis, las alertas y los memes están antes que el contacto físico, ese que está en peligro de extinción.

En medio de risas, orgasmos fingidos y reflexiones de chavorucos, los dos personajes nos dan cuenta de que estas nuevas formas de comunicación enmascaran la inseguridad, el miedo al rechazo, el temor a la frustración por caer en amor otra vez y otros tantos detalles que se juegan en el juego del enamoramiento.

Este fin de semana Paola Aguilar y Luis Paraguirre, despedirán su temporada en El Nicho, un foro escénico que alberga a producciones alternativas, locales y talentosas. Si no lo conocen, pueden aprovechar este sábado 25 de noviembre para darse una vuelta por la 15 oriente número 8, justo frente al Parque de El Carmen.

Con la muerte por delante

02.11.2017

Nadie puede vivir sólo en la realidad. Para poder vivir es necesario creer en algo falso, algo que nos permita soportar la vida, al menos así lo plantea en su Tratado de la Desesperación, el filósofo danés, Soren Kierkegaard, considerado padre del existencialismo. Y así nacen las ilusiones, la fantasía. Como en estos días en los que muchos eligen creer en el más allá. En el cielo o el infierno.

Lo que pasa es que yo no tengo fe. Eso dice mi madre. Quien hace 10 años me mandó a rezar muy fuerte y pedirle a Dios que me quitara una tristeza honda que me oprimía el pecho. La misma que hace 20 me escribió una carta que enlistaba las razones para vivir. “Estás viva porque yo te necesito”, es la frase que siempre recuerdo.

Esta semana de festejos en honor a la muerte y los fieles difuntos, recordaba cómo es que yo de niña tenía tanto miedo a la muerte, a la oscuridad y a la soledad; hasta que encontré más razones para preferir eso a lo aburrido, falso, vacío o paradójico que puede resultar vivir.

Observo a las chicas que rondan los 20. Temían morir en el temblor. Se preocupan por la firma de la tarea, por el 8 en el examen o por la combi que las hace llegar tarde. Tienen expectativas en eso que muchos llaman el “destino” o la vida, o en su inconsciente que las guiará a su deseo.

Algunas aún son vírgenes, otras sueñan con encontrar el amor verdadero, otras suponen que tendrán hijos, también están las que no creen en el matrimonio ni en amores eternos, y hasta las que están decididas a no engendrar. Hoy parece que hay más opciones que las que yo tuve cuando fui a la universidad por primera vez.

Tienen la vida por delante. Aún no reciben una quincena completa para ellas solitas. Un cheque o un depósito de nómina que gastar en maquillaje, zapatos, accesorios, discos, ropa, viajes, cine, regalos para el novio, conciertos, la renta de su departamento de soltera, o el coche del que siempre han estado enamoradas. Aún no lidian con la fama de ser licenciadas, con la gente con la que hay que coexistir en una empresa, o en otra, o en otra; con jefes que te delegan responsabilidades, con la auto explotación, con un corazón roto de a de veras.

“Tú tienes la muerte por delante”, me dijo mi analista cuando recité en el diván por enésima vez mi falta de querer. “Y eso es un fantasma”, remató. Pero esa es otra historia.

Día de Muertos – Ximena Berenguer “Nadiezda”