Qué cosas tiene la vida

23.04.2019

Los primeros días de mi secundaria solía pasar la hora del recreo escondida en la biblioteca del colegio. El primer libro que escogí al azahar fue Juan Salvador Gaviota. Tal vez fue la gaviota con las alas extendidas en medio del azul, plasmada en la portada lo que me habrá movido a sacarlo del librero. Las huellas del relato escrito por Richard Bach las condensé en “Castillos en el Aire”, la hermosa canción escrita por Alberto Cortez. Nunca supe si la composición de 1980 del argentino apelaba a la novela publicada en 1970. Hoy mismo lo googleé y no hallé rastro alguno.

Mentiría si escribo que recuerdo cada una de las páginas de mi lectura de hace 25 años. Lo que sí recuerdo era que la historia de esta gaviota “rara” a ratos hasta me hacía pensar en el “patito feo” que Hans Christian Andersen publicó en 1843. Y por esos días, ambas cosas me daban en el corazón.

“Castillos en el Aire”, como muchas otras canciones que Alberto Cortez regaló al mundo, es parte del repertorio musical cargado de melancolía que me legaron mi padre y su hermano (ambos nacidos el mismo día, pero en distinto año, por cierto). Yo era una niña pero al escucharla siempre experimentaba sentimientos encontrados. Hoy que las escucho, vuelvo a sentir esa mezcla de ilusión y aliento con velo de nostalgia y añoranza por eso que todos perdimos en la infancia. Son canciones que contaban historias de partidas pero también de sueños, de ventanas fabulosas, del duende de las cosas que tiene mucho que ver con el amor, de las raíces de árboles inamovibles como son nuestros padres, y también de los miedos a la vida que aún de mayores seguimos arrastrando, pero que no por ello, dejamos de caminar siempre adelante, ni tampoco de volar, por mucho que entre más alto, más duela la caída.

II

Tenía atorado a Alberto Cortez en las manos desde hace unas semanas, desde aquel día en que, mientras estaba en la cárcel, escuché “Camina siempre adelante” en la radio. Tras el asombro y el deleite, no prestaba atención a lo que el locutor decía. Me pareció extraño el hecho y de inmediato pensé: ¿habrá muerto y por eso ponen sus canciones? Un par de horas después leí la nota en un tuit. Qué triste. Por fin descansa en paz.

La última vez que lo vi en frente de mí habrá sido hace unos seis años, cuando una dependencia de gobierno tuvo a bien organizar una “Bohemia”, disque para recaudar fondos. Ese 1 de marzo de 2013 se le miraba cansado, con la rodilla a cuestas pero aún con vida en su imponente voz y en cada gesto del rostro con el que miraba con la paciencia de quien lo ha vivido casi todo.

Sex Education

07.03.2019

Mi corazón adolescente se enamoró con Sex Education. Aunque hoy los pubertos y universitarios tienen un chubasco de información, los mitos y tabus no acaban por romperse. Y ello no es tan malo si se mira por el lado de que más vale que el misterio ronde a lo que representa el ciclo de la vida. Sin este halo de culpa, conflicto, angustia y deseo que siempre conlleva la sexualidad, el coito sería una función más del organismo humano, tan devaluada como el respirar mientras se duerme. Y por supuesto que nadie quiere que eso pase.

Es porque hay todo un tabú detrás del acto sexual, que nos significa. Es por este velo mágico que la sexualidad nos atrapa o nos libera. Nos sujeta o nos da aversión. Nos encanta o nos asusta.

La mayoría de las veces mal interpretado en su decir, el padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud, dedicó décadas a intentar comprender los azahares de la vida psíquica de los sujetos. “El sexo es todo”, es una frase que vulgar y erróneamente suele atribuírsele. Lo que él quiso decir es que lo que nos mueve es la libido, esa chispa que nos hace fascinarnos y caminar en todas direcciones, no sólo para conquistar a la chica con cuerpazo y quitarle su virginidad, también es la libido la que organiza a quienes tienen apetito por ser “alguien en la vida”, “exitosos”, dejar el cuerpo en una oficina, ser el mejor cirujano del mundo, estar en el cuadro de honor, orgasmearse con un doctorado, sentirse extasiados cuando el jefe les da un ascenso, enamorarse de un oficio, una rutina en el gym que los hará lucir un cuerpo envidiable, quienes se casan con un deporte para ser campeones o cuya razón de existencia está en cumplir con las demandas de su pareja, sus hijos o sus padres.

A lo largo de su obra, Freud plantea que es esta energía movida por una pulsión sexual, la que organiza el decir y conducir de un sujeto. No. No es que todos queramos estar pegados al otro todo el día todos los días toda la vida. Bueno, sí. Pero No.  No es posible. En lugar de ello, habremos de sublimar la sexualidad. En un poema, una canción, una carta de amor, o hasta una receta de cocina.

Volviendo a Sex Education. La serie de Netflix ha sido vista por más de 40 millones de espectadores en todo el mundo. Si bien el sexo es un tema que vende aquí y en China. Las andanzas de Otis y Maeve en su clínica ambulante son un acercamiento muy bien abordado de cómo las nuevas generaciones están viviendo el despertar sexual, nada distinto a lo que chavorrucos, millenials, baby boomers y demás, atravesamos. No porque ya no tengamos 16, no enfrentamos esa angustia a fallar, a caer enamorados, a perder el control ante otro con quien tengamos la suerte de identificarnos.

You

01.02.2019

¿Se acuerdan del amor antes de la modalidad stalker? Cuando era adolescente me gustaba el chico de la papelería, entonces todos los días me inventaba una expedición. Un día un sacapuntas, otro día la goma, otro el papel lustre. Y ya. Luego me gustó el jefe de la oficina. Como no podía decirlo a nadie, se me ocurrió regalarle un portarretratos en su cumpleaños. “Para que pongas la foto de tu novia”. Era mi manera de averiguar si estaba disponible o no. Como siempre, se hizo wey.

Cuando un galán me comenzó a escribir por el añorado Messenger de Hotmail, fui a Facebook a buscarlo. Vi sus fotos. Qué le gustaba. De qué familia venía. Cuáles eran sus usos y costumbres. “Tiene potencial”. “No es un reportero ordinario”. Me dije a mi misma. Vamos a darle la oportunidad. Aún no sabemos cómo es que ya éramos amigos sin habernos presentado.

El amor tiene muchas caras. “You” nos muestra un semblante calculador y perverso en el cuerpo de Joe Goldberg. La serie de Netflix basada en la novela de Caroline Kepnes, ha causado polémica porque para los más conservadores “incita” al feminicidio. Sin embargo, para los más, es un thriller psicológico en el que nos acercamos al delirio obsesivo que cualquiera puede depositar en otro. Un otro que hoy se puede elegir en un catálogo de Tinder, en una lista de sugerencias de amigos en Facebook o Instagram.

Julio Cortázar dice en Rayuela que “lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella… Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”. Esto es lo que podemos cuestionar en “You”. Donde un primer encuentro mágico y casual, con el que muchas podríamos suspirar, se va tornado frío, descafeínado y sin color.

¿Ese es el futuro o el presente del amor en tiempos de teléfonos inteligentes? Joe no sólo stalkea a la ingenua Guinevere, la sigue, la espía, se hace de su celular y hasta de su nube en iCloud para seguir al tanto de cada una de sus conversaciones. Así, él puede darle todo lo que ella espera y necesita. Estar en el momento indicado para ser el héroe del cuento. Un amor sin fallas. Y aun así falla. Pero él no tolera el equívoco. No soporta que algo salga del cuadro que ha imaginado. Y es ahí cuando pierde la cordura.

“You” nos muestra que es muy delgada la línea entre el amor y la obsesión. En nombre del amor, vemos al protagonista “hacer todo” por la chica de sus sueños. Él está convencido y se lo dice a ella: “es por su bien”.

Hoy las redes sociales nos dan toda la información con uno o dos clics. Se dice que son un caldo de cultivo para las neurosis. Donde muchos se preguntan qué significa ese like o el corazón que el novio le dio a otra fulanita. Donde se tejen historias construidas a partir de fotos, emoticones o estados de 5 palabras. Para algunos no representan nada, para otros lo representan todo.

En el escaparate virtual, lo más tenebroso que “You” nos recuerda es no saber quién está mirando del otro lado. Qué tan seguros estamos y qué estamos diciendo al mundo en cada publicación. Y lo más triste, es caer en cuenta que aquellos encuentros románticos, casuales, con mariposas en el estómago por no saber nada del otro, esa magia de ir descubriendo al chico de tus desvelos poco a poquito, despacito, podría estar en peligro de extinción.

Bird box: una mirada a la psicosis

07.01.2019

Al final de la Edad Media, en Europa, el loco ocupa el centro del teatro como poseedor de la verdad. “Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad”. Eso nos dice el filósofo francés Michael Foucault en su libro Historia de la Locura en la Época Clásica. Tal vez por eso en la apocalíptica película “Bird box: a ciegas” son ellos quienes se encargan de revelarle a los “normales” que aquello que verán, si se rinden, es algo hermoso.

Tan hermoso que la reacción inmediata es suicidarse. La invitación de los prófugos del instituto psiquiátrico para criminales es a que abran los ojos, que se quiten las vendas y miren a sus personas más amadas, sus miedos más profundos o sus deseos más reprimidos. Pareciera que después de eso, pueden morir en paz.

Es el fin de los tiempos. De eso va la cinta basada en la novela homónima publicada en 2014 por Josh Malerman, que a diez días de haberse estrenado en Netflix sigue en boca de todos y que se presta para otra lectura, más allá de monstruos, suspenso kilométrico o las vicisitudes de andar a ciegas.

¿Por qué los psicóticos son inmunes a este resplandor apocalíptico? Porque en la psicosis la mirada es otra. Están más allá del bien y del mal. De la vida y la muerte. Del amor o el odio. En la psicosis no hacen vínculo con los otros, como sí lo hacemos los neuróticos ordinarios. Su lazo es con el Otro, con o mayúscula, con esa figura suprema que ordena las cosas.

Del otro lado de la psicosis, en el peregrinar de la neurosis, está la protagonista, Malorie (Sandra Bullock), quien curiosamente padece por el temor de establecer un vínculo de amor con otras personas, en parte porque asumirlo es también asumir la posibilidad de la pérdida, y con ello el dolor que conlleva. “Es sobre la imposibilidad de conectarse”, dice en las primeras escenas en las que describe el cuadro que pinta. Sin embargo, en medio del apocalipsis, la corriente la lleva a conectar con uno de los sobrevivientes y con los dos pequeños que al final tiene que nombrar y reconocer como hijos.

Roma

19.12.2018

Roma es el amor al revés. En la víspera de 1971, Alfonso Cuarón acababa de cumplir 9 años. Roma es la nostalgia de ese niño por el país en el que nació, lleno de claroscuros. No importa la década. El tiempo es otro. Fifís y pueblo bueno, todos lloran, todo sigue igual. O peor.

La mirada en escala de grises que Cuarón retrata en Roma va en un sentido romántico. Sin hacer mucho alarde feminista, da el rol protagónico a dos mujeres en polos opuestos que a pesar de las chingaderas de un par de tipos, siguen adelante. Ni siquiera es porque así lo quieran o estén empoderadas. Siguen porque no hay de otra. Ni siquiera hay un halo de fantasía como en la Rosa de Guadalupe o las telenovelas de Televisa.

Ese es el México de ayer y hoy. Un país donde el matriarcado ha tenido que salir con sus hijos a cuestas. Veía a “Cleo” ir y venir por el todavía no tan sobrepoblado y desastroso Seguro Social y me preguntaba ¿y si es derechohabiente?. Apenas en junio pasado leía propuestas de candidatas sobre los derechos que caminan a paso de tortuga en el Senado en materia de justicia salarial para las llamadas “trabajadoras domésticas”.

Roma no es el hilo negro de nada. Cualquiera que se haya hecho una expectativa y esperaba sentir un orgasmo, es que no sabe nada de los últimos trabajos de Cuarón. ¿Vieron Gravity? ¿Ya vieron la versión Netflix de Mowgli? ¿O esperaban nuevamente una sátira chusca como fue “Rudo y cursi”?. Noticias. Han pasado de 15 a 20 años de aquél Cuarón que dirigió hermosas cosas como “La princesita”, “Grandes esperanzas”, “Y tu mamá también” y hasta “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”.

Así es. Cuarón se está haciendo viejo. A sus 57 años, nos regala su nostalgia. Quiero creer que quiso compartir la añoranza por las series, películas, canciones con las que se crió. Como muchos – y miren que yo tengo 20 años menos que él- escuchaba en las tardes al de los camotes, el afilador y hasta al ropavejero. Así que de mi parte va el agradecimiento por las canciones viejitas pero bonitas de Leo Dan, José José, y hasta el Corazón Gitano de Lupita D’Alessio. Por la recreación del Cine Metropolitan y hasta el Banco Serfín, por las cacerolas de aluminio y hasta por presentarme al famoso e increíble Profesor Zovek.

El mérito de Roma es haber tejido en un mismo hilo, escenografía, fotografía y narrativa, las huellas de un México donde convergen el repudiable halconazo, con el Mundial del Futbol, las Olimpiadas y hasta el campeonato del Cruz Azul, con los sismos que acechan a la capital del país, los ricos acabando con los bosques, la pobreza haciendo un hueco en Ciudad Neza, y niños creciendo con palos, cajas de cartón, radios, teléfonos de disco y agua que se escurre por todos lados, principalmente entre las cagadas de los perros.

Roma es amor de regreso. El regreso de un Cuarón seguramente avecindado en Nueva York o Los Ángeles. A mi parecer sobrevalorado desde el Oscar que le concedió la Academia de Hollywood por Gravity, una oda al espacio interestelar que los norteamericanos se vanaglorian en querer conquistar desde hace seis décadas.