Queridos Reyes Magos

04.01.2021

La panza revuelta. La mirada al cielo. Los suspiros a todo pulmón. Escribir a Melchor, Gaspar y Baltazar año con año es una regresión a ese épico momento de la infancia donde la magia, la fantasía y la felicidad se conjugaban con la Estrella de Belén.

Si hay un momento en el que se pone a prueba nuestra capacidad de albergar fe es el ritual de pedir lo que más anhelamos en el mundo a los tres magos de oriente. “Este año sí me traerán el Nintendo, porque el pasado me trajeron unas damas chinas”. “Este año saqué puro diez, seguramente me traerán el auto convertible de Barbie, con todo y la casa”. “Este año sí me porte bien, merezco la paz mundial”.

Éramos felices y lo sabíamos. No guardábamos rencor aunque siempre había fallas. No era la talla, no era el color favorito, no era la muñeca exacta o la autopista de la marca mencionada. Pero los peros no debían desplazar al agradecimiento, mucho menos a la curiosidad y a la sorpresa que todo niño y niña experimentan en la infancia, esa fábrica de ilusiones donde todo es posible.

Nuestra realidad psíquica mucho tiene que ver con los mitos que heredamos de generación en generación. Los Reyes Magos bien pueden ser ejemplo de la imperiosa necesidad de creer en la magia, lo hicimos hasta que un mal día alguien – generalmente un compañero de la escuela - nos rompió la inocencia, revelándonos el truco, obligándonos a “dejar de creer en los reyes magos”. Primero nos resistimos a ello y luego nos consolamos con que ahora que somos adultos nos toca a nosotros hacer magia.

José Emilio Pacheco escribió que en realidad no hay adultos, sólo niños envejecidos. Y Freud por su parte, insistió en que el pasado infantil persiste siempre en nosotros. Si comulgamos con ambos, entonces la fe e ilusión profesa en los Reyes Magos nos acompaña toda la vida. Tal vez por eso seguimos contando los días para que “ya se acabe la pandemia”, o regresando a la relación tóxica una veintena de veces creyendo que esta vez sí será diferente, aun cuando sepamos que no será así.

El psicoanálisis es un lugar para la magia, de hecho sus antecedentes están en la hipnosis y la sugestión. Aunque hoy no dormimos a voluntad a nadie en el diván, el dispositivo permite la cura a través de las palabras. Hoy los niños de sesenta y más no amarran su carta a un globo pero podrían hablar de aquello que los tiene paralizados. Las niñas que rondan las tres décadas podrían dejar de quitarse la zapatilla para que el príncipe se arrodille ante ellas y las calce, descubriendo que andar descalza podría ser otra manera de caminar por la vida.

Es a través de la palabra que lo inconsciente emerge. Aunque somos “adultos” seguimos demandando caprichos, queriendo cosas, deseando que los Reyes Magos ahora sí nos concedan la fortuna. En esa medida desprendemos chispas de vida. Solo que con los años, se va tornando más difícil sacarle la lengua al compañerito que rayó nuestros cuadernos, jalarle el pelo a la hermanita que tomó nuestros juguetes sin pedir prestado o incluso pedirle a mamá que nos cargue y nos abrace para sentirnos protegidos y a salvo del mundo.

¿Ustedes qué le van a pedir a los Reyes Magos?

Un voyage à la Lune // Stargirl| Sara Amaktine (2016)

Tiempo para ser

21.12.2020

El tiempo nos hace y nos deshace. En su afán de controlarlo todo, cada civilización inventó un calendario para marcar, acotar y enjaular desde los ciclos de la luna hasta los sucesos con los que escribieron la historia. Trascender. Pero el tiempo lineal, es decir, los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses y los años no es necesariamente lo que determina la vida psíquica de los sujetos.

En psicoanálisis hablamos de otro tiempo. Los tiempos lógicos: el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el momento para concluir. De tal suerte que no se limita a un ciclo de la vida absoluto, en el cual uno vendría al mundo para nacer, crecer, reproducirse y morir. Ni tampoco se trataría de ir por la vida cerrando círculos para “fluir”. Yo me atrevería a plantear que estamos insertados en una espiral, en ese eterno retorno que Nietzsche y Borges problematizaron desde su filosofía y literatura, respectivamente.

Dicen los memes que este año que agoniza “no cuenta” por aquello del caos mundial que el coronavirus solo hizo salir a la luz (porque las crisis en los distintos sistemas ya estaban desde antes debajo de las alfombras). Sin embargo, ha sido una excelente ventana para atravesar por alguno de los  tiempos lógicos. Habrá quienes fuimos y venimos del delirio a la angustia, la depresión, la paranoia, la ansiedad, el narcisismo o hasta el estado catatónico. Si miramos demasiado a este intervalo de incertidumbre con el rostro de la muerte, no había manera de salir ilesos.

Sin embargo ha sido también un tiempo para comprender cómo estamos colocados en nuestros lazos. En este 2020 no hubo oportunidad para añorar el pasado ni para idealizar el futuro. Aún los más fervientes creyentes tuvieron que aterrizar en el presente. El reto diario ha sido sobrevivir, un día a la vez. Como mis amigos de AA. No hay más.

En “El aroma del Tiempo”, el filósofo coreano Byung-Chul Han habla del “aburrimiento profundo” que surge cuando se da un tiempo vacío de acontecimientos y el hombre se rinde a una total indiferencia; luego entonces, la pandemia sí vino como anillo al dedo en términos de que bien podría ser la representación de “el instante que alivia en la mirada de un estar resuelto, la mirada de la existencia que actúa resueltamente aquí y ahora”.  Sin embargo dudo que haya sido así, pues lejos de que los más produjéramos, pensáramos, comprendiéramos o concluyéramos, nos quedamos estoicos flotando para sobrevivir al naufragio del desempleo o los recortes salariales, o bien, los más cómodos lograron encerrarse y dedicar su tiempo libre a imitar chistes, sketches o coreografías pegajosas en TikTok, presumir sus compras online y unboxing en Instagram o escupir sus miedos en Facebook evidenciando a los covidiotas.

Esta pandemia hoy con cédula de coronavirus nos sorprendió porque no quisimos ver lo que estaba en nuestras narices. Pero la historia está llena de ellas. En este mismo siglo China ya había experimentado las medidas de confinamiento y sana distancia por coronavirus y otros brotes de gripe aviar en 2002. Vaya, se nos había advertido. Pero nadie pela a las revistas o publicaciones científicas.

Hoy que el covid ya es parte de nuestro ecosistema, es tiempo para ser. Para preguntarnos dónde estamos parados y qué ruta queremos emprender. Aunque no siempre querer sea poder. Es preciso contemplar más la vida para ser. Ser, no en el sentido de empoderarse y soltar  amarras. Porque para ser es preciso estar sujetado al deseo de Otro y escuchar cómo estamos sujetados a éste. Para hablar de “eso” está el psicoanálisis.

Happening Soon. Pascal Campion (2018)

¿Hay alguien en casa?

26.10.2020

A estas alturas del año, de la pandemia, del virus que nos cambió los días, ¿hay alguien guardado cien por ciento en su casa?. Todos nos escapamos. ¿Qué tanto es tantito?. A ver a los papás. A comer con los hermanos. A tomar el café a casa de la amiga. A cobrar por las chambitas que subsanan el desempleo formal. Eso sí. Entramos y salimos con cubrebocas. Los más conservadores salen al menos una vez a la semana al súper.

En su más reciente artículo para El País, el filósofo surcoreano Byung Chul Han expone la relación entre Civismo y Pandemia. Cuestionaba cómo es que en oriente la epidemia ha ido controlándose y qué tanto el civismo, el código con el que los ciudadanos acataron las normas de higiene y las reglas de confinamiento tuvo mucho que ver en la disminución de contagios, pero sobre todo, decesos.

Hoy que nuevamente Europa nos marca la pauta. De este lado del Océano debiéramos ya tomar nota, para no repetir la historia de hace apenas seis meses. Byung Chul Han precisamente argumenta a través de la palabra japonesa 民度 (“mindo”), traducida como el nivel cultural de la gente, el factor que hoy se traduce en que Europa vive una segunda ola de contagios temiendo repetir la historia de marzo pasado, mientras que Asia enfrenta rebrotes menos dramatizados. Mientras que México y gran parte de América Latina han perdido el control del semáforo de emergencia.

Es cuestión cultural. Aún persiste el dilema sobre si en oriente cabe la subjetividad, ya que los sistemas religioso y político que predominan anteponen el bien común y la obediencia absoluta, donde no hay lugar a preguntarse por el deseo propio. Pero los mexicanos no somos así. No está en nuestra sangre. Si nos dicen que a las 10 se acaba la fiesta, pagamos por “la última y nos vamos”. Si dicen que la fiesta es solo en tu casa, pues cerramos la calle. Total. ¿Qué tanto es tantito?. Somos “almas libres”. Valemadres. Nos encomendamos a la Virgencita. Y decimos con firmeza “pues ya estará de Dios”, los menos creyentes y más positivistas prefieren confiar en el  principio de selección natural de las especies. “Sobreviviremos los más fuertes”.

Ojo aquí. Aun cuando en cada encuentro con el otro nos jugamos la vida, o mejor dicho la muerte. No asumimos que esa muerte podría ser la nuestra. Siempre es la del otro. El vecino de enfrente. Ver la propia sería enloquecedor. Y de locura todos hemos tenido buenas dosis en este año. #UsaCubrebocas

Retoque: POA Estudio

Cuarentena sin sostén (otra)

02.09.2020

La vida cambió. No somos mejores ni peores. Tal vez somos otros. Ojalá lo fuéramos. Otros más locos. Más paranoicos. Más inseguros. Más mortales.

A finales de abril del año pasado tuve un sueño. Alguien llegaba a visitarme y yo le decía detrás de la puerta: “es que ando sin sostén”. En cuanto terminé la frase desperté de súbito. El método freudiano de la interpretación de los sueños me remitió a mi costumbre de andar sin bra por la casa, pero la materia prima del psicoanálisis son las palabras, las palabras que se escapan de esta chimenea que humea de lo inconsciente. Mi interpretación fue inmediata. Era obvio que esa palabra que designa de manera conservadora, elegante y yo podría decir, arcaica, aludía a aquellos meses en que mi esposo se había ausentado del hogar por motivos de trabajo. Ambos sabíamos que no iba a volver. Y yo me sentía sin este punto de apoyo que emergía de su mano sujetando la mía. Sin él sosteniendo mi locura.

A principios de abril de este año nuevamente volví a guardarme en casa. Seguía sin sostén. Ahora por un virus que decían se trasmitía por abrazarse y besarse unos con otros. Los mundos en que sostenía mi rutina se desvanecían uno tras otro. La escuela. La otra escuela. El albergue. El home office. En ese preludio nació “Cuarentena sin sostén”, el artículo que forma parte del libro Covid – 19: Reflexiones y Vivencias.

“¿Qué hace usted todo el día? Soportarme”, con este aforismo del escritor y filósofo rumano, Émile Cioran, inicié el escrito con el que intenté curar la angustia de aquellos primeros días, porque es real, literal. En la maestría en Psicoanálisis y Cultura era el pan de cada fin de semana escuchar a los eruditos que impartían los seminarios exclamar una frase muy trillada: “hazte cargo”, aludiendo a que todo sujeto debe hacerse responsable de su posición frente a su deseo, y que ese deseo es de Otro.

¿Soportar-nos sería sostenernos?. No lo sé. Llevo toda la pandemia preguntándomelo. Sostenerse – en lo que sea- me parece la cosa más titánicamente difícil, casi imposible. Para sostenerse en su posición, el analista debe caer ante el analizante. Los enamorados que se atrevan a intentar sostenerse, deben mostrar su falta. Aquellos que sentían que tenían el control de su vida, su negocio, su familia, su futuro… hoy se han desbordado. Entonces ¿cómo pasa uno de 40 días o medio año al tiempo indefinido de zozobra que esta pandemia ha tejido?.

Esto que estamos viviendo es un duelo. Duelo de pelear por la vida. Duelo de aceptar las pérdidas. ¿Pero no hacíamos eso ya antes del coronavirus? Parece que el ver a la muerte rondando nos recordó que somos muy frágiles. Que cualquier día sin saber cómo ni dónde se desdibujó esa fantasía de morir viejos en la paz de nuestra alcoba mientras dormimos.

A algunos nos funciona mirar con más calma la luna que se despide al amanecer, la gama de azules que desfilan por el cielo en el verano, a veces soleado, a veces con lluvias, a veces con relámpagos; las nubes blancas o grises que envuelven a los volcanes al atardecer, el halo que rodea a la luna cada noche. Disfruto las pequeñas cosas que hacen liviano el día a día. Porque también hay ratos en que toca soportar la angustia, el miedo y mi narcisismo de 57 kilos.

Por cierto, ya no ando sin sostén. Tuve que volver a él cuando los colegios nos obligaron a hacer Meet, los jefes se encariñaron con Zoom y para salir a los trámites o a comer a casa de mis padres. Porque sí, iniciando el noveno mes de este 2020, no podemos seguir esperando a que los días de ayer vuelvan. Toca hacer lo que podamos con lo que tenemos. Y lo único que nos queda es la fe en el hoy. He visto a gente reinventar su negocio para migrar al terreno digital, también a muchos que han tenido que emprender o idear nuevas fuentes de ingreso ante el desempleo. Otras más renovando casas para que sean cómodas oficinas. En mi caso me dedico a vaciar la mía: la alacena, los closets, la sala. A veces pienso que si enfermo y la cosa se complica, no quiero que entren a la casa y vean el desastre. Por eso me apuro a depurar. Bueno, exageré.

Undressing 3, Erin M. Riley (2014)

Una película y un libro

03.08.2020

La primera vez que me encontré con su nombre fue en la redacción de El Universal de Puebla. En el 2001, el fax aún era la vía por la que las oficinas de Comunicación Social enviaban invitaciones y boletines, así que cuando lo leí mientras merodeaba por ahí pensé con algo de curiosidad: “A este le pusieron el nombre del cineasta”.

Un par de años después, llegué al quinto piso del edificio de Galerías Fama. Ahí lo veía subir y bajar por las escaleras que conducían de la jefatura de información a la cabina de Radio Tribuna. Sólo nos sonreíamos como las amigables personas que nos tocó ser. Al cabo de unos días entró a la oficina y dijo sin mayor preámbulo. “Se va una reportera, ¿te interesa entrar en su lugar?”. Yo apenas había cubierto eventos pagados en El Universal de Puebla. De la calle y la coyuntura sabía nada. Semanas más tarde caí en cuenta de que se trataba del sujeto que tenía nombre de cineasta.

Entre la edición de sondeos y la antesala a la grabación de notas, hablábamos de La Silla del Águila y el Código Da Vinci. Claro que en ese entonces él aún prestaba libros sin el menor recelo. Hoy prefiere regalarlos nuevos antes que compartir su atesorada biblioteca. De la novela de Carlos Fuentes pasábamos a comentar la grilla local, las cornadas que dan hambre, yo le conté que me habría gustado estudiar Psicología, él me contó del recuerdo que traía clavado en la cabeza por el sismo del ‘99 que lo pescó en el Palacio Municipal de Puebla. Intercambiábamos opiniones sobre el séptimo arte y también evocábamos las canciones de Mijares, Alejandro Sanz o el catálogo que en ese entonces programaba el 98.7 de FM.

La mayor parte del tiempo en su oficina se la pasaba al teléfono. Las líneas que escribía en su libreta sí parecían signos de taquigrafía. Yo leía el teasser que redactaba y así él me enseñó a cabecear. Siempre hablábamos del proceso de comunicación. “Se olvida tan fácil al receptor”. Le decía yo. Odiábamos cuando algún conductor de noticias leía la cabeza y el reportero entraba al aire repitiendo la misma frase. Cuando me mudé de estación de radio repliqué sus buenas prácticas: sondear a ciudadanos, hacer metáforas con las cabezas y anteponer lo social a lo político.

Pasó una vida. O dos. Casi tres. Hubo encuentros y desencuentros que dan para una película. Pero él es apenas guionista y yo una prófuga del periodismo. Una mañana lo vi de nuevo subiendo y bajando las escaleras. En la Escuela Libre de Psicología hablábamos de otros para no hablar de nosotros. Yo necesitaba a alguien que escribiera bien, no sólo juntar sujeto, verbo y predicado. No hay quien regale poesía en lugar de noticias como él. “¿Sabes en lo que te metes?”, le pregunté cuando le propuse rentar sus manos en su tiempo libre, convertirse en un textoservidor.

¿Para qué el psicoanálisis? Para hacer arte. Es lo único que sabemos. Hoy hablamos de libros por hacer, de la deformación del psicoanálisis, de lacanianos vs freudianos. De un mundo donde haya más escucha y menos ecolalia. Donde haya más preguntarse y se dejen de dar respuestas como recetas médicas.

Dice Freud que “no elegimos a los otros al azar, que nos encontramos con aquellos que existen ya en nuestro inconsciente”. Así que cuando Alberto Isaac Mendoza Torres me dijo: “vas”, escribí. En abril yo solía andar sin sostén, la cuarentena asomaba sus fauces que amenazaban con devorar lo poco que me quedaba. De eso y más escribí. Hoy ese artículo está impreso en un libro. No tengo palabras para esa emoción, lo único que alcanzo a escribir es que ver mi nombre ahí es enloquecedor.