Machu Picchu

Mi madre soñaba con conocer la ciudadela inca del Machu Picchu. La navidad pasada tuve la dicha de acompañarla a materializar tal sueño. Llegamos al Perú y durante diez días subimos y bajamos tantas piedras que aun no entiendo cómo es que no bajamos unos cinco kilos en nuestra estancia en aquel país.

La zona catalogada por la UNESCO como una de las Maravillas del Mundo, celebra este mes apenas un centenario de haber sido hallada por el explorador estadounidense, Hiram Bingham. Sin embargo, esa es la parte oficial del cuento que el mundo sabe, ya que llegando a este rincón del planeta uno se entera de pequeños detalles que cambian la historia.

Después de subir centenas de escalones, el recorrido inicia a dos mil 430 metros de altura sobre el nivel del mar, justo en el mirador desde donde se aprecia la estampa que encontramos en Google, los libros o cualquier publicación alusiva a este tesoro peruano.

Justo cuando uno admira la belleza de este palacio real que el hombre y la naturaleza crearon de la mano del emperador inca Pachacútec en el siglo XV, el guía nos cuenta unas cuantas verdades. De entrada nos dice que Machu Picchu no es la ciudadela como tal, ya que el conjunto de vestigios arqueológicos no tiene un nombre como tal. Luego entonces, resulta que Machu Picchu es el nombre de la montaña que resguarda la entrada a este templo inca. El par de palabras proviene de la lengua quechua y significa “Montaña Vieja”, de ahí que la segunda montaña que enmarca a la edificación dedicada al culto a los dioses y el relajamiento, lleve por nombre “Huayna Picchu” (Montaña Joven), pues su altura es menor.

Otro “pequeño” detalle que nos revelan es que Bingham no fue el primero en encontrar este pedazo de cielo aquel 24 de julio de 1911. Resulta que esta “ciudad perdida de los incas”, ya había sido perturbado por un humilde peruano de nombre Agustín Lizárraga.

El 14 de julio de 1902, este agricultor que merodeaba por el río Urubamba, subió el cerro por el llamado Camino del Inca, acompañado de su primo y dos peones y grabó su nombre y la fecha en el muro del templo “de las tres ventanas” de la ciudadela. Después, al bajar de la fortaleza narró su proeza a Justo Cenón Ochoa, propietario de la hacienda Collpani, quien poco después organizó junto a su familia “el primer viaje turístico” a Machu Picchu.

Incluso, los lugareños de Aguas Calientes (como se llama el poblado que está al pie de la ciudadela), aseguran que cuando Bingham llegó a esos dominios, ya había un par de familias que habitaban algunas ruinas perdidas entre la maleza del bosque que cubría el palacio real.

Sobre los usos y costumbres del Inca Pachacútec, resulta que no hay mucho que contar, salvo la presencia de la figura del cóndor que desde lo alto de las montañas se aprecia y cuyo pico se ubica justo en medio de las ruinas. El resto de la historia aún no se ha podido reconstruir porque Bingham se llevó más de 46 mil piezas arqueológicas entre 1912 y 1916 a la Universidad de Yale y hace poco ésta devolvió apenas 366 de ellas.

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