LA LARGA CRÓNICA DE LA CAÍDA DEL PRIÍSMO EN PUEBLA

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Aunque hay quienes ven novedosas las deserciones y traiciones en el PRI poblano y presagian un final devastador para el otrora partido de Estado, en realidad se trata de una historia añeja, contada con pausas y a través de largas noches. Efectivamente, estamos ante la peor crisis del priísmo, pero no se ha dado de súbito, sino que se ha gestado desde hace casi una década. El desmembramiento comenzó hace mucho y con él una larga enfermedad que podría tenerlo ahora en agonía. Un muy probable tercer lugar como fuerza política en el país y en Puebla, luego de la jornada electoral, es un escenario apocalíptico pero real, para el que nadie en el tricolor se está preparando.

El Revolucionario Institucional dejó de ser la fuerza hegemónica en la entidad con la irrupción del morenovallismo y su triunfo hace ocho años, con el que se dio un primer éxodo masivo de priístas al proyecto del ex mandatario Rafael Moreno Valle.

En aquel 2010, el tricolor se facturó y eso causó y propició la llegada del panista a Casa Puebla.

El PRI fue desde entonces el peor enemigo del PRI.

Luego, los dirigentes y legisladores priístas fueron cómplices del morenovallismo al avalar cuanta reforma propuso, incluso aquellas que iban en contra de sus intereses, como la que avaló la minigubernatura o aquella otra que dio origen a las candidaturas comunes, que tanto daño hicieron al PRI en los comicios de 2013 y 2016.

La lista es larga.

Con los años se dieron otros momentos de fuga de cuadros, operadores y personalidades.

En 2012, cuando el tricolor recibió de los ciudadanos a nivel nacional una oportunidad de redención, al recuperar la Presidencia de la República con Enrique Peña Nieto, esta sangría se frenó ligeramente, pero incluso a cuentagotas no se ha detenido desde su primer momento.

Después, en 2014, con la obtención del registro como partido del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y los signos de la fuerza que ya tenía el lopezobradorismo, comenzó una segunda etapa de deserción colectiva.

Casi todos los del PRI que buscaron cobijo en ese partido a partir de entonces y con más frecuencia entre mediados y finales de 2017, como preparación al actual proceso electoral, fueron advenedizos que, sin comulgar realmente con los postulados morenistas, vieron una tabla de salvación para sus ambiciones y proyectos.

Andrés Manuel López Obrador abrió la puerta de par en par, sin advertir pasados perversos, leyendas y realidades negras e intenciones aviesas, de sus nuevos apóstoles.

Ahí llegaron los Armenta Mier, las De la Sierra y los camaleónicos de otras fuerzas, como los J.J. Espinosa, los Barbosa y los Manzanilla Prieto, por poner ejemplos, la mayoría de ellos aliados, por cierto, de Moreno Valle en 2010.

Ellos fueron los visibles, pero lo peor para el Partido Revolucionario Institucional fue perder a sus operadores de tierra, quienes le daban esperanza y posibilidades de triunfos.

En tanto, desde el gobierno federal se perdió la oportunidad del renacimiento.

La corrupción siguió y creció.

El gobierno federal falló en todas sus obligaciones.

Peña Nieto y sus secuaces nunca estuvieron a la altura de las expectativas.

En Puebla, los jerarcas partidistas privilegiaron sus bolsillos, a sus grupos y a sus ambiciones.

Con razón o sin ella, con genuinas motivaciones o viles intereses, muchos priístas apuñalaron por la espalda luego en 2016.

La redención del PRI jamás llegó.

De ahí que no sean nada novedosas las deserciones y traiciones del marinista Francisco Ramos Montaño, compañero de farras llenas de exceso del hijo del ex gobernador Mario Marín a MORENA, ahora a besar la mano de Fernando Manzanilla.

Ni la suma de Jesús Morales Flores, hermano del ex gobernador Melquiades Morales y ya con un liderazgo de museo, al panismo.

Ni el eterno juego doble del líder en Puebla de la CTM, Leobardo Soto Martínez.

Son elementos más de la larga crónica de la caída del priísmo, pero no sus causantes principales.

Los números que están cada día a disposición pintan un despertar, el próximo 2 de julio, con el tricolor en ruinas en el país y en Puebla. Casi, casi al borde de la extinción -¿o será de la refundación por una segunda vía, la de Morena?-.

La más reciente encuesta del diario Reforma da 52 por ciento a AMLO, 26 por ciento al panista Ricardo Anaya y un sotanero 19 por ciento a José Antonio Meade Kuribreña, de la alianza que encabeza el PRI.

El independiente Jaime El Bronco Rodríguez Calderón tiene 3 por ciento.

Ni los tres sumados, lo que daría en conjunto 48 por ciento, le ganan a López Obrador.

Esas cifras tienen su reflejo en Puebla.

El camino fue largo, pero pareciera que el tricolor ha llegado finalmente a su destino: las puertas del Apocalipsis.

O lo que es lo mismo: el único y verdadero y más grande cataclismo de toda su historia.

gar_pro@hotmail.com

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