El teatro de la memoria (o el Torito Ruperto es inocente)

Arturo Luna Silva

La mañana del 10 de marzo de 1926, un hombre que asegura padecer amnesia es arrestado por robar en un cementerio de Turín. Tras ser declarado un peligro para sí mismo y para los demás, lo ingresan al manicomio turinés de Collegno.

Al poco, en La Domenica del Corriere –el periódico de mayor circulación- se publica una foto del desmemoriado bajo el escandaloso titular: “¿Quién lo conoce?”.

Esposa y allegados no tardarán en identificarlo: es Giulio Canella, profesor universitario desaparecido en la guerra.

Sin embargo, pruebas irrefutables, entre ellas las huellas dactilares, lo identifican como Mario Bruneri, tipógrafo turinés perseguido por robo y estafa.

¿Quién es en realidad?

¿Acaso finge amnesia para evitar la cárcel?

¿Hasta dónde están dispuestos a llegar sus familiares en la batalla legal que se desata?…

Todo lo anterior es el argumento que da cuerpo –y espíritu- a un libro excepcional:

El Teatro de la Memoria”, de mi adorado Leonardo Sciascia.

Texto de Tusquets que, por cierto, es una lúcida reflexión sobre poder, identidad y locura.

Obra de la que -no sé exactamente por qué pero- me acordé anoche apenas terminé de leer el comunicado de Francisco Bernat Cid inventándose una historia digna precisamente de Sciascia para justificar lo injustificable: su soborno al juez Ruperto Leonardo Treviño Musalem.

¿Realismo mágico?

¿Ópera bufa?

¿O nada una farsa más de las muchas que se le conocen a Paco?

Porque ya lo dijo el célebre autor siciliano:

Nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos delictivos que tengan relación, incluso mínimamente, con la gestión del poder”.

Juzque usted:

gar_pro@hotmail.com

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