Ser diputado (una visión apocalíptica)

Arturo Luna Silva

“Ser diputado” es el título del libro que, bajo el sello de editorial Mile Stone y con prólogo de Emilio Gamboa Patrón, acaba de publicar el priísta poblano Jaime Alcántara, uno de los hombres más cercanos –en lo político y en el afecto- a Beatriz Paredes Rangel, líder nacional del PRI.

Pero a diferencia de otros de sus trabajos (también ha escrito ensayos, novelas, etcétera), este no debe ser leído por sus compañeros de partido y menos, mucho menos, por quienes hoy están en campaña tratando de llegar a ocupar una curul en San Lázaro: Leobardo Soto, Blanca Jiménez, Julieta Marín, Alberto Jiménez, Juan Pablo Jiménez, Isabel Merlo, Paco Ramos y el resto de los suspirantes del tricolor.

Y es que en “Ser diputado”, Alcántara no sólo narra su sufrido periplo como legislador federal, sino que de plano pinta un panorama horroroso, oscuro, casi apocalíptico, tanto que a cualquiera, nada más de leer lo que se “padece” como diputado, le darán ganas de dedicarse mejor a otra cosa: plomero, maestro rural o futbolista, actividades donde, seguro, no hay tan graves sin sabores y padecimientos.

Por ejemplo:

En un fragmento de su libro de 123 páginas, Jaime concluye, palabras más, palabras menos, que ser diputado es un pésimo negocio.

Dice, textualmente (página 62):

“Un prospecto (de legislador) se puede gastar 800 mil, un millón, un millón y medio, en todo el recorrido (de campaña), y los escenarios son infinitos (…).

“(…) Se debe decir que la dieta es de sólo 77 mil y algo más. Las otras dos cantidades tienen destinos específicos. No forman parte del ingreso personal. Si hacemos sumas, ¿cuánto tendrá que invertir, porcentualmente, de sus dietas el futuro Legislador?

“Si multiplicamos 77 mil por 36, que son los meses que cobrará, llegamos a un global de 2 millones 772 mil y poco más. Con los apoyos institucionales que da el IFE, pudiéramos dejar en un millón, los gastos de pre y campaña. Quedarían, con la resta, un millón 268 mil pesos. Divididos entre 36, tendríamos un ingreso mensual de 35 mil 222 pesos. Esto es más o menos lo que gana un jefe de Departamento”.

Es decir: se van a quedar pobres.

O mejor dicho: harto jodidos.

Y a lo mucho cobrarán lo mismo que un miserable jefe de departamento.

Pero más adelante (página 63), Jaime Alcántara se pone aún más dramático, tanto que a cualquier suspirante a diputado espanta.

Señala:

“Pero viene otro problema para el aspirante. En la primera poda, la anterior a la convocatoria, el prospecto ya habrá gastado cantidades que jamás recuperará, porque no podrá llegar ni a la postulación oficial. De allí a la constitucional. En esta, todos los Partidos inscriben, con excepción de los pequeños, a 300 candidatos, con sus respectivos suplentes. Aquí, otro muro de contención. El PAN, que es con mayor número de legisladores en ésta, sólo ganó 137 de mayoría relativa del total. Es decir, 163 se quedaron en el camino.

“Y, qué pasa durante la campaña, amén del gasto durante 60 ó 90 días.

A la candidata o candidato lo acusan de todo. Si es mujer, Dios la guarde. Que llegó porque se acostaba con quién sabe quién, que era una simple revoltosa. Que le puso los cuernos al marido, si es casada, para estar bien con los líderes del partido. Si la mujer tuviera rasgos indígenas, que es prófuga del metate o que perdió el camino a su pueblo. Si es guapa y con otros atributos, que su lugar sería el tubo, etc. Si varón, que es corrupto, homosexual, degenerado, tonto; que su único mérito era cargarle la maleta al superior y su servilismo fue el pago a la candidatura.

“¿Y quienes llegan a perder? Lo usual: perderá también parte de su bienestar. Muy pocos perdonan a los perdedores. Que fue un pendejo. Que no estaba preparado para el cargo. Que la regó en no sé qué. Que “se le subió”. Que se vendió a cambio de… Que era mejor el otro. Que equivocó la estrategia. Que se gastó el dinero en cualquier cosa, menos en lo que estaba destinado. Y, después de la derrota, ni el habla, en muchos casos.

(…) Así el derrotado. No sólo le darán la vuelta, algunos, para no saludarlo, sino que empezará el desfile de cobradores, en caso de haber perdido crédito en bienes o en efectivo. Estos tendrán una justificación: no habrá entradas, producto de sus dietas. Ni qué decir de quienes financiaron alguna parte de su recorrido. Si eran amigos de verdad, cuando menos lo consolarán. Pero si apostaron para recibir aunque sea una presentación con un personaje importante, ya tendrán suficiente para arrepentirse de su apuesta. No habrá funcionario de buen nivel que le reciba la llamada telefónica al derrotado. Tampoco los principales del lugar. El pobre diablo no saldrá de su casa, un buen tiempo, por pena o por simple precaución. La mayoría se reponen, la vida tiene que continuar, pero algunos caen en una depresión que les dura el resto de sus días” (sic).

Tras la depresión, lo peor, sin embargo, viene más adelante (página 64), cuando plantea dos terribles escenarios para todo aquel candidato a diputado que tenga la mala fortuna de perder la elección.

Y es que, no conforme con tantas dosis de optimismo y buena vibra, Jaime Alcántara se da el lujo de recordar el caso de Arturo Meixueiro, quien “se descerrajó un tiro en la cabeza” (sic), y el de Ricardo Mendizábal, de Puebla y el cual –según el autor- “no pudo o no supo resistir la derrota (inducida, porque había ganado y le chicanearon el triunfo) y murió años después de un ataque al corazón” (resic).

Sí.

Usted adivinó.

“No me ayudes, compadre”.

Fácilmente eso mismo le podrían decir a Jaime Alcántara los candidatos del PRI a diputados federales.

Porque ahora saben que serlo (o intentarlo) puede implicar quedarse pobre; ganar un sueldo de empleado mediocre; ser tachado de homosexual, pendejo, ratero o prostituta; quedarse solo; caer en depresión crónica, y en el peor de los casos, darse un tiro en la cabeza o sufrir un ataque cardiaco.

Así de denso.

Para leer en junio:

Periodismo: Periodismo práctico, Arcadi Espada (Espasa). La prensa sin Gutenberg, Jean-Francois Fogel y Bruno Patiño (Punto de Lectura). Historia: Una historia contemporánea de México, tomo III, Las instituciones, Ilán Bizberg y Lorenzo Meyer (Océano). Ensayo: Para entender al PAN, Víctor Reynoso (Nostra Ediciones). La fractura mexicana. Izquierda y derecha en la transición democrática, Roger Bartra (Debate). Novela: Nuestra pandilla, Philip Roth (Mondadori). El consejo de Egipto, Leonardo Sciascia (Tusquets). Reportaje: Los hijos de Marta. Historias de impunidad, Jesusa Cervantes (Debate).

Esta columna –que aspira a ser un blog- reaparecerá en breve.

El autor está de viaje.

Gracias por esperar.

Y un abrazo fraternal a todos los lectores.

gar_pro@hotmail.com

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