Enrique Metinides Tsironadis nació en 1934 en la ciudad de México. Hijo de inmigrantes griegos que poseían un negocio de fotografía junto al Hotel Regis, debieron dejar el negocio en los años cuarenta porque allí construirían grandes edificios, “y fue cuando mi papá me regaló una bolsa de rollos y una pequeña cámara […]”1. Lo anterior, y su asistencia a los cines de San Juan de Letrán donde exhibían películas de gánsteres con episodios de balazos, persecuciones y muertos, lo iniciaron en su pasión por ver y registrar hechos violentos.

“Iba con mi camarita y retrataba la pantalla; también empecé a ir a las delegaciones de Policía del primer cuadro de la ciudad y a la Séptima, que quedaba cerca del restaurante de mi papá, para tomar fotos de los carros accidentados que ahí estacionaban; iniciaba entonces mi colección de fotografías de autos chocados […] Un día que fotografiaba un auto chocado llegó Antonio ‘El Indio’ Velázquez –reportero gráfico de La Prensa– para tomarle fotos al mismo auto, y, entonces, a quien era considerado uno de los mejores fotorreporteros del país le llamó la atención que un niño de 10 años tuviera la misma afición y me invitó a colaborar como aprendiz […] Al otro día llegué temprano a La Prensa con mi cámara y tuve, de ahí en adelante, que cargar un reflector del ‘Indio’, ya que a éste no le gustaba usar flash. Salíamos todas las mañanas en un taxi alquilado por 50 pesos hasta las dos de la tarde. El recorrido iniciaba en Lecumberri; de ahí al Hospital Juárez, luego a la Policía y a los Bomberos y, por último, a la Cruz Roja”.

“También acudíamos al lugar de los hechos si había un crimen, accidente o incendio. En Lecumberri se retrataba al sujeto que había cometido un homicidio el día anterior; luego en la Policía se fotografiaban los objetos relativos al asunto de nota roja […] Los heridos estaban en la Cruz Roja, en la Cruz Verde o en el Hospital Juárez, ya que a un herido no se le podía atender en forma particular. Yo tenía diez años y veía cómo en el Hospital Juárez, que era el único forense que había, lavaban a los cadáveres, me resbalaba con la sangre y, como no había suficientes mesas de concreto, ponían los cuerpos en el piso, que estaba lleno de vísceras”.

“En la Policía íbamos a visitar a todo el Servicio Secreto, y en Bomberos, si tocaba la chicharra, me llevaban en el carro de los tragafuego hasta el incendio y había órdenes de que un bombero me llevara en hombros donde no podía entrar el fotógrafo y yo tomaba las fotos: se publicaban en primera plana y me hice famoso […] Por intermediación de ‘El Indio’, el director de La Prensa me invitó a cubrir los asuntos de la Cruz Roja, aunque sin ningún pago. Tenía ya 13 años y me daban un permiso especial que se renovaba cada 30 días para trepar a las ambulancias, a pesar de no cumplir los 18, y, a esa edad, hice el curso de socorrista para tener credencial no sólo para tomar fotografías para La Prensa, sino para atender heridos […]”.

ENERGÍA INAGOTABLE

Metinides tenía una energía inagotable: se metía en todo y todo lo envolvía; tanto, que sus papás –ya enojados– mandaban a su hermano de 23 años a buscarlo. Lo llevaba a su casa, ya harto, y no quería saber nada de la Cruz Roja. Sin embargo, la inacabable energía del hermano menor lo atrapó y acabó siendo chofer voluntario y maestro del curso de socorristas.

Los intentos de la familia por controlarlo pronto se desvanecieron al advertir que, lejos de renunciar a su vocación, cada vez se involucraba más, al grado de que enfrente de su casa había una ambulancia durante la noche para llevarlo a cualquier hora al lugar del accidente o del crimen; siempre tenía su ropa lista, y cuenta que sólo se recostaba para descansar un poco. “Llegué a ser tan conocido que hablaban de la Policía de Caminos a la Cruz Roja para pedirme directamente el servicio. Inventé las claves de radio que hasta hoy se utilizan en la Cruz Roja de todo el país; al cadáver le puse ‘catorce’”.

Metinides colaboró con sus fotos en la revista Crimen, que luego se llamó Guerra al Crimen: le pagaban 100 pesos al mes en billetes de a peso. “Aunque no me daban ni quinto, comenta, también colaboraba en las principales revistas policiacas como Nota Roja, Prensa Roja y la revista Policía”. Metinides se incorporó oficialmente a La Prensa en 1960 pero su vida laboral no cambió: percibía un bajo sueldo, producía mucho pero en numerosas ocasiones, y a lo largo de su carrera, le velaban, le escondían sus fotos o aparecían firmadas con otros nombres. “Había mucha envidia”, dice. Por todo eso, afirma: “Si volviera a nacer nunca sería fotógrafo”.

El ahora reconocido artista habla de las visitas que recibe: “Gente de otras partes del mundo, fotógrafos famosos y representantes de publicaciones internacionales”. Se queja de que han elaborado libros sobre él con sus fotos incluidas y ni siquiera le han dado un ejemplar. Ahora, dice, “ya estoy en derechos de autor y todo está con abogados”.

Metinides ha sido equiparado con Weegee, famoso fotógrafo policiaco del Nueva York de la primera mitad del siglo XX, particularmente en cuanto a sus inclinaciones por captar los mínimos detalles, “no sólo del objeto del crimen sino, sobre todo, a los curiosos que observan”, y que Metinides llama los mirones. Esto incluso llegó a ser útil en el esclarecimiento del asesinato de una mujer, en el que se tenía al sospechoso, quien, al ser llamado a declarar, llevó a dos testigos para que dijeran que él no había estado en la ciudad el día del crimen. Sin embargo, gracias a la foto de Metinides se descubrió que tal sujeto estaba entre “los mirones”, por lo que fueron a dar a la cárcel, él y sus dos falsos testigos.

Maestro de la urgencia, de la presión del tiempo, Metinides no descuidaba el encuadre, el enfoque y el contexto psicológico del hecho. Todo lo mantenía bajo control y sus fotos resultaban de una calidad impresionante, más propias de un montaje que del registro de los hechos. Le han preguntado de qué tamaño es su set, particularmente refiriéndose a una de sus fotos más célebres: la de la mujer atropellada e impactada contra un poste de luz en avenida Chapultepec en 1979. Un primer plano muestra el rostro ensangrentado y la rubia melena de la mujer, imagen más propia de un arreglo escénico de extra de cine, que del registro de un suceso real.

Otra de las imágenes más conocidas de Metinides es la de una joven que llora desconsolada junto al cuerpo sin vida de su novio, momentos después de ser apuñalado en Chapultepec por oponerse a un asalto; ellos se iban a casar en 30 días. Esta foto fue publicada en todo el espacio de la primera plana de un famoso diario londinense, pero no se la publicaron en el periódico donde trabajaba cuando fue captada. Otra célebre fotografía es la que exhibe entre cables el cuerpo carbonizado de un empleado de Teléfonos de México, muerto mientras instalaba una nueva línea telefónica en el kilómetro 13 de la carretera México-Toluca, en 1958.

Una más es aquella en la que el cuerpo de un adolescente flota en el fondo de una piscina pública a la que había saltado rompiéndose el cuello. Tomó la escena del cadáver bajo el agua, casi en el plano de la alberca. El agua turbia es captada de una manera asombrosa. Otra escena en la que muestra su carácter para reconocer la calidad del agua, es la que expone un cadáver flotando en el canal de Xochimilco: allí, el agua refleja con la nitidez de un espejo a la multitud de curiosos que, de pie sobre la orilla, miran el cuerpo flotando sin vida.

Fuente: ArtNexus