Epístola a la erudición poblana: la consagración de Don Efraín Castro Morales, apoteosis de un Custodio Mayor
AlejandroMontiel
¡Oh, ínclita y venerable urbe, Puebla de los Ángeles, cuyo cristalino escudo la Patria ostenta, y relicario egregio donde la fe sus más puras joyas guarda! No solo por el bruñido sillar de tus altos templos o por el néctar del gusto de tus manjares exquisitos el nombre tuyo los confines del orbe ciñe, sino por el acrisolado oro del ingenio, que, cual perenne Nilo, en tu fértil seno undoso florece.
Permita el cielo, en este día de fausto, donde la memoria a su alta cumbre escala, que mi humilde voz, no osando ya la pluma, se eleve, no para el canto de tus calles, por la perfección de la Traza ilustres, ni para medir, con vuelo audaz, la cumbre de tus nevados gigantes —empresa que a liras de más alto numen se consagra—, sino para celebrar la excelsa grandeza de uno de tus hijos, raro prodigio de esta tierra, cuya vida fue, en sí misma, cristalino poema al más noble de los amores consagrado: el amor por los libros, velámenes de papel que el tiempo surcan.
Hablo de aquel varón prudente y docto, faro inmarcesible de la memoria y custodio sagrado de la palabra impresa, cuyo nombre, por blasón y cifra, ya en el bronce de la erudición poblana resuena: Efraín Castro Morales.
Si la trompa del célebre Balbuena, con sonora voz, la grandeza de la noble México cantó, por sus corceles, sus calles y sus edificios, permítaseme a mí, humilde admirador, descubrir la grandeza de nuestra Puebla en el silencioso e inmortal laboreo de este insigne arquitecto que no de cal y canto su edificio erige, sino de catálogos, Telémaco de la sabiduría; jardín no de efímeras flores, sino de pesados infolios que a los siglos y a la parca audaces desafían.
¿Quién, sino un alma tocada por el celeste numen de la sabiduría pudo ver en el polvo y la telaraña acumulada no el fin del ser, sino el velamen tenue que el tesoro insondable cubre? ¿Quién, sino un espíritu paciente, cuyo amor a lo inerte se iguala a la llama viva, pudo escuchar en el pavoroso silencio de los estantes, el murmullo de mil voces que suplicaban no caer en el abismo mudo del olvido? Efraín Castro fue ese espíritu. Su patria no tuvo por límite el cristal de los ríos ni el seno de la montaña, sino las guardas de un libro; su ejército no empuñó espadas, sino las delicadas galas del historiador que, con toque gentil, devuelven a la vida al pergamino herido y a la tinta que palidece.
¡Qué prodigio de eclecticismo doctrinal en un solo pecho reside! El lauro de médico y cirujano poseyó —curador de la mísera arcilla humana—, y el laurel de antropólogo físico, que, en los huesos despojados, la raíz de la estirpe inquiere. No fue su saber de un solo chorro, sino de torrente caudaloso que lo elevó a secretario de Cultura, director de Monumentos Históricos, y cronista oficial, cuya pluma dio fe pública a los fastos de la historia.
Mas si la vara del mando le fue honrosa, la primera gloria, el ardor de su juventud le dio: la gesta inmortal en el umbral de la Casa del Deán. Fue en tiempo pretérito, cuando la piqueta profana y la ciega ambición del progreso amenazaron reducir a vil escombro vuestra pintura mural. No tuvo Don Efraín, entonces, sino el valor de la conciencia por escudo y el trueno de su voz para interponerse. Su juvenil denuedo detuvo la mano homicida, salvando para la posteridad a las sibilas pintadas y a los triunfos del Petrarca, cifras que al arte adornan.
Y como el Cygnus, cuyo canto más dulce es el que la muerte anuncia, no buscó en el Himen el reposo que a otros se consagra, ni bebió del cáliz de Dionisio para el gozo que el vulgo clama; sino que su alma fue, cual Júpiter en el monte Ide, quemada por un fuego celeste, devorada por un amor que la parca social obligó a vestir el velo. Su musa, como la de Safo o el divino Platón, solo se desposó con la razón y el número, con la musa Calíope que en el silencio escribe; el destino de muchos genios, a quienes la sociedad, prisionera del rigor de su tiempo, obligó a ver en los libros el único abrazo, y en la memoria, el único confidente que a la belleza, siempre libre, el templo erige.
¡Oh, Biblioteca Palafoxiana, augusto templo del saber, ciudad de papel y tinta que en Puebla ostentas tu asiento! Bien puedes ufanarte de tus estanterías de cedro y de la luz de oro que se filtra por tus ventanales; pero tu mayor gloria no reside en tu madero labrado ni en tu noble fábrica, sino en haber tenido por ángel guardián, al nuestro, Don Efraín. Él fue quien anduvo tus pasillos no cual mero bibliotecario, sino cual sumo sacerdote en el sanctasanctórum del conocimiento. Sus manos no pasaban páginas: acariciaban la historia, dialogaban con los filósofos, inquirían a los teólogos y aprendían de los poetas que, en el sueño profundo del tiempo, esperaban un lector digno de su legado.
Su empresa, de magnitud hercúlea, no fue faena de un solo día ni de una sola ciencia. Fue la labor de una vida entregada a la menuda minuciosidad, al leve detalle que al ojo profano escapa, pero que para el erudito es la llave de oro del universo. Vedlo, si la imagen se nos permite, inclinado sobre un manuscrito, la mirada atenta y el pulso firme, descifrando la caligrafía elegante de un amanuense del Virreinato, rastreando la vida de un exlibris, que cuenta la genealogía de las manos por las que aquel volumen ha transitado. Cada libro era para él un orbe, una genealogía de ideas, una conversación que atravesaba el océano y los siglos.
¡Qué catálogo de maravillas no rescató su ingenio! Negando conformidad a ser mudo guardián; fue reformador, cartógrafo de ese vasto continente de la cultura escrita. Sus obras no son simples listas de títulos y autores; son mapas trazados con precisión pitagórica para que el navegante del futuro no naufrague en la mar sin orilla del conocimiento. En ellos se cifra la historia de la nobilísima Ciudad de México, de la Puebla de los Ángeles y de otras tantas, se revela la procedencia de los fondos, cimiento firme de nuestro pasado, y se ordena, con la lógica del sabio y la paciencia del monje, el cosmos entero de la sabiduría humanista.
La Batalla de la Conciencia: Dimisión en la Corte del Concepto Mas si el ardor juvenil le dio la palma de la arquitectura, fue la prudencia madura la que le ciñó el laurel de la dignidad. En el alto oficio de la Custodia Mayor, el conflicto trascendente se presentó cual hidra de Lerna.
No hubo piqueta ni fuego que amenazara la fábrica, sino la discrepancia insalvable entre la razonable pausa del saber y el arbitrio de la prisa política. El gobernador en turno, aquel cuya alta potestad era mando y ley, mereció por su inclinación al cálculo inmediato un nombre partido en dos emblemas de lo fugaz y lo cortante: el árbol de espinas que al fruto corto viste; y la olla hirviente de la ambición sin reposo.
Ante la mesa del consejo, la pugna no fue de armas, sino de silogismos y maneras. La disensión grave se centró en el modo y el medio de la custodia del patrimonio poblano, donde el juicio de la autoridad —sujeto a los vientos de los seis años— y la verdad de la historia —que pide permanencia de siglos— tomaron sendas que jamás se cruzan. No podía Don Efraín, sumo sacerdote de la memoria, ser guardián mudo de una herencia que se le exigía deservir por omisión o por complacencia. Vio que el poder quería al saber cual esclavo cómodo, y no, cual consejero fiel.
Prefirió, pues, la libertad de su razón al yugo del poder, dimitiendo con la serenidad del estoico y la honesta coherencia del que no puede servir al hombre sin traicionar al entendimiento. Su renuncia heroica es la más alta prueba de que la integridad del patrimonio se defiende, incluso, con la pérdida del cargo. Si el mando se aparta del saber, la lealtad al oficio es traición al entendimiento puro.
Batalló contra las larvas, ese dragón diminuto que la memoria devora; luchó contra la incuria, que mancha y deshace la obra del impresor; y, sobre todo, combatió contra el más terrible de los enemigos: la indiferencia, cáncer del alma. Nos enseñó que un libro cerrado es un corazón sin latido; que una biblioteca sin lectores es un cementerio de ideas. Su obra fue, pues, un acto de resurrección.
Con cada estudio publicado, se abría una ventana para que la luz del pasado al presente iluminara. No buscó el fácil aplauso ni el vano reconocimiento. Su grandeza radica en la humildad de su servicio, en la conciencia de que su labor era más grande que su persona, pues no labraba para su propia gloria, sino para la inmortalidad de la palabra. Fue eslabón de oro en esa cadena que a los primeros impresores une con los lectores del mañana; puente sólido entre la erudición de los claustros virreinales y la curiosidad del estudioso de hoy.
Que su nombre, Efraín Castro Morales, no sea solo recordado por los especialistas de la minucia y los entusiastas. Que sea pronunciado con la misma veneración con que se nombra a los fundadores y a los héroes, porque su batalla, librada en el silencio y la paz de los archivos, fue tan crucial para el alma de México como las que se libraron con cañones y fusiles. Él defendió la más preciada de nuestras soberanías: la soberanía de la memoria. ¡Oh, Efraín insigne, sabio entre los sabios, poblano universal! Tu vida fue la más perfecta de las glosas al amor por el conocimiento. No edificaste tu monumento en bronce ni en mármol, sino en la conciencia de un pueblo que, gracias a tu desvelo, hoy se sabe más rico, más complejo y más dueño de su historia extraordinaria. Y así, mientras exista en Puebla un libro antiguo que abrir, una idea que discutir o una historia que contar, tu espíritu, erudito y generoso, vivirá para siempre, como una luz perpetua en el corazón de tu amada Biblioteca Palafoxiana. Es tu numen, Efraín, perenne brújula del entendimiento, cuya esencia labra, hoy y en los siglos que Láquesis ignora, el más bruñido metal del heroico blasón de la Puebla. Gloria que ni el tiempo ni el olvido logran disolver, luz en el cénit poblano, antorcha de su eternidad. Tu grandeza es, y será por siempre, parte esencial de la imperecedera memoria poblana.
Muchas gracias.
NOTA: Texto de Alejandro E. Montiel Bonilla, leído en la Casa de Cultura de la ciudad de Puebla, el 21 de noviembre del año 2025.