¿Amor sin filtros? (Primera parte)
EricaRubi
(O del porqué la honestidad absoluta está dañando a tu pareja y qué puedes hacer para evitarlo).
Vivimos en una era que celebra la autenticidad sin filtros. Las redes sociales, los gurús del desarrollo personal y la cultura popular nos instan constantemente a “ser nosotros mismos”, a “decir nuestra verdad” y a no callarnos nada, especialmente en nuestras relaciones más íntimas. Se nos ha hecho creer que la franqueza absoluta es la piedra angular de una pareja sana y fuerte. ¿Pero qué pasa cuando esta búsqueda de autenticidad se convierte en un arma que hiere, en una licencia para la crueldad inconsciente bajo el lema de “yo soy así”?
Como psicóloga, observo con preocupación cómo esta presión por la honestidad total está generando más desencuentros que conexiones genuinas. La idea de que debemos verbalizar cada pensamiento, cada crítica o cada preferencia sin matices, es una simplificación peligrosa de la complejidad humana. Se compara con generaciones pasadas donde el silencio y los secretos podían reinar, argumentando que hoy estamos “mejor”. Sin embargo, no se trata de una mejora, sino de un cambio de paradigma con sus propias consecuencias.
El mundo de antes, con sus limitaciones, entendía instintivamente el valor de la diplomacia y la protección del vínculo. El mundo de hoy, hiperconectado y obsesionado con la exposición, confunde transparencia con virtud.
La creencia de que “si es verdad, debe decirse” ignora por completo el impacto emocional de las palabras. La franqueza sin empatía se convierte en brutalidad. No es lo mismo ser honesto sobre sentimientos profundos que nos afectan (“Me siento solo cuando pasamos mucho tiempo sin hablar”) que ser “auténtico” con opiniones destructivas o preferencias superficiales (“Tu amigo es insoportable, no entiendo cómo puedes salir con él” o “tu regalo fue bastante regular, para la próxima espérate a que yo te diga qué quiero”).
Un ejemplo real y común: Imaginen a una pareja, Laura y Carlos. Él ha tenido un día extenuante en el trabajo y llega a casa buscando refugio. Con buena intención, ha preparado la cena. Laura llega después de su propio día estresante, mira el plato y, siguiendo el mantra de la autenticidad, dice: “Huele raro aquí, la última vez que lo hiciste tampoco me gustó mucho. Prefiero cuando ordenamos sushi”. La “verdad” de Laura es que no le apetece esa comida. Pero su honestidad absoluta, sin considerar el esfuerzo y el contexto emocional de Carlos, no construye. Destruye. Hiere su predisposición a colaborar y mina su seguridad.
¿Era necesario? ¿Era urgente? La autenticidad impulsiva se impuso sobre la cortesía y el cuidado del otro.
Este fenómeno no es nuevo. Como señala el filósofo André Comte-Sponville en su obra “Pequeño tratado de las grandes virtudes”, la honestidad debe ir siempre de la mano de la amabilidad. Él argumenta que la verdad no es un valor absoluto que deba imponerse sobre todos los demás, especialmente sobre la compasión. “¿Debo decir siempre la verdad? La respuesta es no, si con ello hacemos daño a un inocente… La prudencia y la caridad deben a veces prevalecer”. En el contexto de pareja, esta “caridad” es empatía: la capacidad de anteponer el bienestar del vínculo a la necesidad egoísta de descargar una opinión.
La autenticidad mal entendida es a menudo una forma de pereza emocional. Es más fácil soltar lo primero que se nos viene a la mente que detenernos a procesar: “¿Es esto necesario decirlo? ¿Es el momento adecuado? ¿De qué manera puedo expresarlo para que sea constructivo?”. Este filtro no es hipocresía; es madurez emocional y respeto.
El silencio del pasado no era siempre saludable, pero la verborrea indiscriminada delpresente tampoco lo es. Hemos tirado al bebé con el agua del baño, desechando valores como la discreción y el autocontrol, que son la auténtica clave para sostener no solo una relación de pareja, sino cualquier vínculo humano.
La próxima vez que sientas el impulso de ser “absolutamente honesto”, pregúntate: ¿estoy construyendo o simplemente estoy descargando lo que siento? La respuesta podría salvarte de una cadena de desencuentros innecesarios.
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Bibliografía citada:
Comte-Sponville, A. (2001). Pequeño tratado de las grandes virtudes. Paidós Ibérica.