México: Entropía y futuro
Jorge Calles Santillana
La llamada construcción del “segundo piso” de la llamada cuarta transformación ha resultado ser un proceso complicado, tal vez más de lo que calculó la presidenta y su equipo. Retener el poder y la atención no ha resultado sencillo, en buena medida porque López Obrador gozaba de una enorme simpatía que sembró gracias el carisma y el contacto que durante largo tiempo mantuvo con la gente, especialmente de los sectores más olvidados y vulnerables.
La presidenta posee una personalidad diferente a la del ex presidente y no ha podido borrar de la mente esa su figura amigable —recordemos que era conocido como “cabecita de algodón”—, como tampoco ha podido evitar que la realidad desbordara los límites del discurso triunfalista, enormes redes de corrupción surgidas al amparo de seres cercanos a él fueran destapadas y que los políticos morenistas —excelentes aprendices de la retórica evasiva y descalificadora— se promuevan a diario con el fin de alcanzar nuevas posiciones que les permitan saciar su cada vez mayor voracidad.
Todo esto ha producido lo que el sociólogo alemán Niklas Luhmann llama entropía, término que toma de la termodinámica para referirse a la pérdida de capacidad del sistema para reducir la complejidad, esto es la capacidad sistémica para evitar la indeterminación de sus partes y el consiguiente desorden comunicativo. Durante el sexenio de López Obrador, el sistema político mexicano experimentó un fuerte aumento de entropía institucional. La centralización presidencial y la politización de los organismos autónomos redujeron la diversidad funcional del sistema.
El discurso público —saturado de consignas, apelaciones morales y polarización— amplificó el ruido comunicativo. Las mañaneras, al absorber gran parte de la esfera pública, generaron un flujo informativo continuo donde verdad y propaganda se confundieron. La realidad, los hechos, quedaron fundidos en conceptos ambiguos fácilmente manipulables. La confianza quedó depositada, así, en el líder carismático y los canales institucionales resultaron debilitados; el vilipendio de organismos que durante muchos años fueron construidos como resultado de presiones ciudadanas, fue una consecuencia natural de los procesos comunicativos desde el atril presidencial.
De esa manera, cada gesto, cada mensaje, cada filtración modificó el equilibrio entre legitimidad y desgaste. En lugar de un orden jerárquico, predominó una dinámica de autoorganización caótica. Actores locales, redes digitales y grupos de interés empezaron a actuar como atractores imprevisibles; en redes sociales, universidades y organizaciones emergieron circuitos alternativos de comunicación que intentaron compensar esa pérdida de equilibrio.
La presidenta ha tenido que lidiar, por un lado, con el poder real del ex presidente dentro del sistema político, la memoria popular de él, el caos que ha generado el cambio en la política de seguridad, las presiones norteamericanas para enfrentar al crimen organizado, los escándalos de corrupción de morenistas y personajes cercanos al presidente, las ansias de protagonismo de muchos miembros de la oficialidad y su necesidad de crear camino propio para concentrar el poder, sin levantar olas internas.
Es decir, en términos de Luhmann, se ha incrementado la entropía y la presidenta trata de reducirla con recursos que la incrementan, en vez de reducirla. México enfrenta, así, la dificultad de convertir su complejidad comunicativa en decisiones funcionales, sin caer en la simplificación populista ni en la tecnocracia deshumanizada. Asunto complicado en la era actual, sin duda, sobre todo porque la polarización ha echado, ya, raíces en la de por sí nada robusta cultura política nuestra.
Según Luhmann, un sistema entrópico es incapaz de producir desarrollo porque pierde la capacidad para sostener sus diferencias funcionales y, por tanto, se torna incapaz de procesar la información del entorno. Hoy México es altamente entrópico. El sistema político ha dejado de diferenciarse y se ha confundido con los sistemas restantes, la justicia, le economía, la educación, la ciencia. El discurso político, por tanto, requiere de elementos comunicativos generales, vagos, que impiden nombrar la realidad concretamente y que demandan que todos los sistemas operen alrededor de ellos, aun cuando no sean pertinentes a ellos. Por eso los debates no han dejado de girar alrededor de élite versus pueblo; corrupción versus honestidad, seguridad versus inseguridad, soberanía nacional versus injerencia extranjera.
La entropía no sólo afecta la lógica de los sistemas propios del sistema social. Altera, además, la capacidad racional de la mayoría de los actores sociales. La obnubilación emocional que genera la necesidad de sentirse identificado con el polo que, desde el poder, se define como aceptable y merecedor de protección y apoyos se convierte en el motor de la comunicación social y no la confrontación racional acerca de necesidades, posibles soluciones y prioridades sistémicas.
Hay dos maneras de reducir la entropía: devolverle al sistema su capacidad de diferenciación, esto es, el camino de la democratización, o reducir el ruido mediante el uso del poder, esto es, reducir la capacidad de comunicar la existencia de desorden; el camino autoritario, en pocas palabras. México vive, hoy, involucrado en este proceso.