Los 494 años de la ciudad de Puebla
Manuel Martínez Benítez
A comienzos del siglo XVI Fray Julián Garcés, obispo de Tlaxcala, tuvo una visión: vio un extenso valle recorrido por ríos y delineado por ángeles, que descendían del cielo para trazar con cordeles el contorno de una ciudad.
Convencido de que era una señal divina, supo que ese debía ser el lugar donde se fundara una nueva población. El sueño “coincidió” con los planes del Imperio Español de establecer una ciudad intermedia entre la Ciudad de México y el puerto de Veracruz. Un punto estratégico para facilitar el tránsito de personas y mercancías, pero también para ofrecer un hogar a colonos españoles que deambulaban por la Nueva España sin rumbo fijo.
Así, en 1531, un grupo de frailes franciscanos encabezados por Fray Toribio de Benavente, y un puñado de colonos, partieron desde Tlaxcala hasta el valle de Cuetlaxcoapan, cuyo nombre náhuatl significa “donde las serpientes cambian de piel” era fértil, rodeado de montañas y cruzado por varios ríos. El paisaje se parecía tanto al sueño del obispo Garcés, que no hubo duda: ese era el sitio destinado.
La mañana del 16 de abril de 1531, bajo una techumbre improvisada con ramas, se celebró la misa fundacional. El altar fue erigido en lo que hoy es el barrio del Alto, y en ese momento quedó consagrado el nacimiento espiritual de la ciudad. Aquel día comenzó una historia que llegaría a los 494 años con más de 1.6 millones de habitantes, una vasta riqueza cultural y patrimonial, y una identidad profundamente arraigada en la historia de México.
La fundación legal ocurrió meses después. El 29 de septiembre de 1531, en el día de San Miguel Arcángel, se realizó el acto civil formal de fundación, bajo el auspicio de Fray Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la Real Audiencia. San Miguel sería nombrado patrono de la ciudad, en recuerdo de la visión del obispo. Apenas seis meses más tarde, en marzo de 1532, la reina Isabel de Portugal firmó una Real Cédula otorgando a la ciudad el título oficial de “Ciudad de los Ángeles”.
La traza urbana de Puebla fue notable: a diferencia de muchas otras ciudades coloniales que crecieron sin planificación, Puebla fue diseñada desde el principio con calles en cuadrícula, manzanas regulares y una estructura pensada para la vida comunitaria, el comercio y la convivencia. Se convirtió en la primera ciudad hispanoamericana planificada.
Cuando la ciudad fue reconocida oficialmente como tal, su población no llegaba a 10,000 personas. Con el paso de los siglos Puebla fue consolidándose como una ciudad importante.
En 1803 tenía ya 67,800 habitantes. Para 1910 poco antes de la Revolución, la ciudad contaba con 96,121 personas y 100 años después, para el año 2010 Puebla ya era una ciudad moderna con 1,434,062 personas y en 2020 alcanzó los 1,692,181 habitantes.
Hoy la ciudad no solo ha crecido en población, sino en diversidad y desafíos. De los datos más recientes, sabemos que la población está compuesta por 52.2% mujeres y 47.8% hombres. Además, 85.8% de los poblanos nacieron en el estado, y un 14.2%, es decir 240,807 personas, llegaron de otras entidades.
En cuanto a la participación económica, de la población mayor de 12 años (1,397,468 personas) un 62.2% forma parte de la fuerza laboral (869,431 personas).
La ciudad muestra también un buen nivel educativo, con un grado promedio de escolaridad de 11.2 años, equivalente a segundo año de preparatoria.
La identidad poblana sigue fuertemente ligada a sus creencias. El 81.5% de la población se identifica como católica, seguida por un 8.5% protestante o evangélica y 9.7% sin religión.
Este vínculo con la fe se refleja en sus templos, festividades y tradiciones, muchas de las cuales se originaron en los siglos coloniales.
En términos de salud, aún hay brechas: aunque el 70.9% de la población está afiliada a algún sistema de salud, cerca de 490,520 personas (29%) no lo están. Y de los 570,222 hogares censados, 477,609 son viviendas habitadas, una cifra que evidencia la presión constante del crecimiento urbano y la necesidad de servicios.
En cuanto a la situación civil, el 49.4% de los adultos están casados o unidos, el 37.6% están solteros o nunca se han unido, y un 13% estuvieron casados o unidos en el pasado.
Puebla no puede entenderse sin su pasado. Ciudad de ángeles, de heroísmo, de mole Talavera, de calles empedradas y universidades centenarias. Pero también es una ciudad de industrias, de universidades modernas, de tráfico, de desigualdad y de contrastes. Hoy, al mirar hacia adelante, los poblanos debemos preguntarnos qué ciudad queremos construir para los próximos 500 años.
Porque los desafíos son evidentes. La conservación del patrimonio arquitectónico requiere inversión y compromiso. La movilidad demanda alternativas más humanas y sustentables.
Las brechas sociales se acentúan entre quienes viven en zonas consolidadas y aquellos que sobreviven en la periferia. La seguridad, el acceso al agua, el crecimiento desordenado y la crisis climática también son asuntos urgentes.
Los gobiernos han hecho su parte: se han restaurado espacios públicos, reactivado calles del centro, mejorado algunas rutas del transporte público, impulsado iniciativas culturales y turísticas. Pero aún hay mucho por hacer. La Puebla de los siglos venideros no puede construirse solo desde los palacios municipales o el Congreso local. Se necesita también de sus ciudadanos.
Como en 1531, cuando un grupo de personas creyó que podía hacer una ciudad distinta, hoy los poblanos debemos asumir esa misma responsabilidad. Cuidar nuestras banquetas, nuestra historia, nuestros vecinos. Promover la convivencia, la inclusión y el respeto. Enseñar a los más jóvenes el valor de vivir en una ciudad donde los ángeles alguna vez soñaron y donde ahora nosotros tenemos que actuar.
La historia de Puebla es una historia de voluntad, de fe y de perseverancia. Una historia con casi 5 siglos de legado, pero con muchos más por delante. Cuidémosla, mejoremos lo que no funciona, celebremos lo que nos une y mantengamos vivos aquellos sueños fundacionales que le dieron nombre, traza y alma a esta ciudad.