Una noche en un convento
CanedoPriesca
Cuando pensamos en hospedarnos durante un viaje por Europa, casi siempre imaginamos un hotel, un hostal o, en tiempos más recientes, un departamento turístico. Sin embargo, existe una alternativa que ha permanecido durante siglos y que muchos viajeros desconocen: pasar la noche en un convento, un monasterio o una abadía.
Mi primer encuentro con esta forma de hospedaje ocurrió hace muchos años, en 1989. Junto con mi amigo Juan Bosco Tapia emprendí un viaje de mochileros que duró cerca de sesenta días por distintos países de Europa. Éramos jóvenes, con mucho entusiasmo y un presupuesto limitado. Hubo noches en las que encontrar alojamiento resultó tan complicado que terminamos durmiendo dentro de un automóvil, simplemente porque ya no había habitaciones disponibles.
Fue entonces cuando apareció una ayuda inesperada. Un sacerdote italiano, el padre Ambrosio Boem, amigo de la familia de Juan Bosco, nos consiguió hospedaje durante tres noches en un convento de Roma, muy cerca de la estación Termini. Para nosotros fue toda una sorpresa.
Cada uno tenía una habitación sencilla, con baño privado y desayuno. No había lujos ni servicios propios de un hotel, pero sí algo que pocas veces he vuelto a encontrar en mis viajes: silencio, tranquilidad y un ambiente de profundo respeto. En una ciudad tan intensa como Roma, donde uno pasa el día recorriendo monumentos, plazas, iglesias y museos, regresar por la noche a un lugar así hacía que Roma se viviera de otra manera. La ciudad dejaba de ser únicamente un museo al aire libre para convertirse también en un espacio de recogimiento y reflexión.
En aquel tiempo conseguir un hospedaje así dependía casi siempre de conocer a alguien. Hoy las cosas han cambiado. Existen plataformas especializadas que permiten reservar habitaciones en conventos, monasterios y casas religiosas de distintos países europeos. Lo interesante es que no están dirigidas únicamente a personas creyentes o peregrinos. Cualquier viajero puede hospedarse, siempre que entienda que está entrando a una comunidad religiosa y acepte sus normas de convivencia.
Estas reglas suelen ser muy sencillas: respetar el silencio, cuidar las instalaciones, vestir con discreción en las áreas comunes y cumplir con el horario de cierre de la puerta principal. En muchos lugares existe un toque de queda nocturno. No es una restricción incómoda, sino una consecuencia natural de la vida cotidiana de quienes habitan esos espacios. Si alguien decide salir de fiesta hasta la madrugada, probablemente tendrá que esperar al día siguiente para regresar.
Lejos de ser un inconveniente, esa característica forma parte de la experiencia. Uno comprende desde el primer momento que no está llegando a un hotel con recepción abierta las veinticuatro horas, sino a una casa donde una comunidad religiosa mantiene su ritmo de vida y, al mismo tiempo, conserva una tradición de hospitalidad que ha recibido viajeros durante siglos.
Muchas de estas construcciones poseen además un enorme valor histórico y arquitectónico. Hospedarse en ellas significa también contribuir a su conservación y descubrir una faceta distinta del destino visitado. En una época en la que muchos viajeros buscan experiencias auténticas y hablan de turismo vivencial, resulta curioso descubrir que esta forma de hospedaje existe desde hace siglos.
Con el paso de los años he tenido la oportunidad de conocer hoteles extraordinarios en muchas partes del mundo. Sin embargo, pocas estancias permanecen tan vivas en mi memoria como aquellas tres noches en Roma. Quizá porque comprendí que la hospitalidad no siempre se mide por el número de estrellas de un hotel, sino por la paz que uno encuentra al cerrar la puerta de su habitación.
Viajar también consiste en descubrir formas diferentes de conocer el mundo. Y, en ocasiones, el mejor recuerdo de un destino no nace en el alojamiento más lujoso, sino en aquel que nos invita, aunque sea por un momento, a bajar el ritmo, guardar silencio y mirar el viaje con otros ojos.
Viajemos juntos