Alcalá pese a estar maniatada y solitaria termina de forma positiva su gobierno
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Aun sin ser sobresaliente, sin alcanzar la brillantez que se esperaba de su gestión en el municipio de Puebla, el balance de opiniones para el gobierno de Blanca Alcalá Ruiz termina siendo positivo.
Invariablemente, los actores públicos que emiten comentarios acerca de su trabajo en la capital aluden a un par de condiciones, las dos de carácter político, que marcaron el rumbo de su desempeño en los últimos tres años.
“Maniatada” y “solitaria” es como describen a la alcaldesa de Puebla para contextualizar cualquier juicio de valor sobre su trabajo, para justificar la aparente escasez de mayores y mejores resultados, y en general para defenderla ante los intentos por demeritar su labor al frente del ayuntamiento de Puebla.
Es posible.
Puede ser que, en efecto, como coincide una mayoría de políticos, priistas y no priistas, el incumplimiento de las altas expectativas que generó Alcalá con su arribo a la alcaldía se debiera a esas dos circunstancias.
Primero, a que fuera permanentemente maniatada por los grupos de poder que anhelaban la candidatura del PRI al gobierno del estado, y que vieron en ella un peligro para lograr sus aspiraciones.
La primera presidenta municipal mujer de Puebla fue rehén del gobernador Mario Marín Torres, de Javier López Zavala y en menor medida de Enrique Doger Guerrero, quien le atizó el fuego a través de su brazo “armado” llamado Israel Pacheco Velázquez.
Marín le cerró la llave de los recursos y la forzó a adoptar una conducta sumisa que la mantuvo a raya, sin sobresalir, con un bajo perfil mediático y político, siempre con la idea de no empañar la imagen del “nene” consentido, el “delfín” que terminó haciéndose de la candidatura priista.
Este argumento de las ataduras marinistas y dogeristas es el primero que utilizan los defensores de Alcalá para opinar acerca de su desempeño.
El segundo, que quizá sirve para explicar porqué no pudo o no quiso romper esas amarras, tiene que ver con la condición de soledad en la que gobernó el municipio.
Fuera de Gabriela García Maldonado, de Carlos Armando Garcés Cózar y de Mauro Uscanga Villalobos, la alcaldesa careció del respaldo de los integrantes de su gabinete para encarar los conflictos externos.
Por un lado estuvieron Juan de Dios Bravo Jiménez y Román Lazcano Fernández, que nunca vieron en ella a una autoridad real, de a de veras, a quien respetar y obedecer antes que pensar en el proyecto transexenal de su verdadero jefe, Javier López Zavala.
Por otro figuraron Víctor Giorgana Jiménez, el rey del egocentrismo, y César Pérez López, ineficiente y soso por naturaleza, que tampoco aportaron a la necesidad de crear un grupo fuerte y cohesionado que respaldara a su jefa.
Es cierto lo que se dice.
Con quién iba a ofrecer pelea Blanca Alcalá si tenía que ser ella misma la que respondiera ante cualquier agresión de los agentes externos ya mencionados.
Con nadie.
Ni Gabriela García, su secretaria de Administración; ni Armando Garcés, su tesorero; ni Mauro Uscanga, su contralor, poseen el perfil rijoso y mediático que se requirió para encarar ese tipo de embates.
Mucho menos Jorge Rodríguez y Morgado, que aun sin ser parte del equipo compacto de la alcaldesa, le fue leal y eficiente desde la Secretaría de Gestión Urbana y Obra Pública.
Por eso fue que Alcalá no le disputó la candidatura del PRI a Zavala, por ejemplo, aun con la certeza de que se encontraba mejor posicionada en niveles de popularidad, como en su momento lo reconoció, y subrayó, el propio Rafael Moreno Valle Rosas.
La inseguridad para competir con Zavala, para obligar al PRI a realizar un proceso democrático, tuvo su origen en esa soledad.
Rebelarse ante Marín le fue imposible por lo mismo.
Por todo esto es que la presidenta municipal de Puebla recibe más evaluaciones positivas que negativas al momento de analizar sus resultados.
La condescendencia, que raya en la victimización, se debe a ese par de condiciones adversas en las que gobernó, condiciones que, irónicamente, al final le ayudaron.
Puebla, el municipio, no fue transformado, pero Blanca Alcalá pasará a la historia como esa mujer de buenas intenciones y mejores ideas que fue víctima del bloqueo y el abandono.