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¿Diputados falderos?

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¿Diputados falderos?
STAFF PUEBLA ON LINE 2009 14 de diciembre de 2010

Existe un dicho popular entre los abogados: hecha la ley, hecha la trampa. Hay otro que se lo escuché a Guillermo Pacheco Pulido, uno de los jurisconsultos más capaces del país, refiriéndose a la aplicación de la Carta Magna: lo que puede lo más, puede lo menos.

Vienen a cuento estas citas, digamos que populacheras, para convocar a una parte de los diputados electos a que pongan en reposo su entusiasmo y gusto por los bretes. Y de paso para decir a la otra que dejen de rasgarse las vestiduras porque no tiene ninguna validez el “manual” de Carreño, perdón de Lastiri, para regular o controlar el comportamiento de los diputados priistas. Como trató de decirlo Enrique Doger Guerrero, el Legislativo es un poder autónomo y ningún partido, el que sea, podrá imponer reglas o limitantes a sus diputados. Así que…

Ahora aquí van dos de los muchos ejemplos que validan lo apuntado en el primer párrafo:

Antes de dejar el poder, Melquiades Morales Flores envió una iniciativa para legislar la creación del Instituto de la Música (o como se haya llamado tal organismo). Trataba de darle vigencia indefinida a la Orquesta Sinfónica de Puebla, dotándole de una estructura jurídica y desde luego de un presupuesto acorde con su función. Los diputados de entonces aceptaron poner un candado para que el nuevo gobierno (o sea Mario Marín) no pudiera desaparecer esa herencia de Palou-Melquiades. ¿Qué pasó? Operó el primer dicho y los nuevos diputados (o Marín) encontraron la forma de desaparecer aquel invento legislativo (o sea la trampa). Sólo tuvieron que esperar que pasara un periodo de sesiones y listo: echaron a la basura el legado filarmónico del mandato melquiadista.

Respecto a las ficciones jurídicas sobran los ejemplos. Basta remitirse a cualquier ley local que haya contravenido lo que establece la Constitución federal, para encontrar que existió un amparo o una controversia constitucional que la desapareció. No puede haber un mandato local que viole alguno de los preceptos de la máxima Ley de México. Es el caso de la intención de los diputados electos cuyo estilo naufraga entre la obsecuencia perruna y la disciplina casi irracional, actitudes que les hacen olvidar que se deben al pueblo que los eligió, aunque su partido o su líder moral los haya postulado y financiado.

Imaginemos, pues, a un diputado que se pasa por el arco del triunfo las indicaciones del manualito de marras: el tipo pide la palabra y sube a la tribuna para decir lo que quiso decir a pesar de que sus mensajes contravengan la disposición lastiriana, que no cameral. Lo más que le puede pasar es que uno a varios de los compañeros agachones lo miren feo y que entre dientes cuchicheen para criticar su indisciplina. Incluso, el diputado en cuestión puede acusar al presidente de su partido, y no pasa nada; o arremeter contra los operadores o esbirros del pasado, y el quehacer legislativo seguirá su curso; o decir que el presidente de la República es un enfermo mental, y nadie podrá consignarlo por arrogarse el papel de siquiatra; vaya, hasta el manifestar tonterías (léase pendejadas) no será motivo de pena corporal o pecuniaria. Por eso afirmo que, en este caso, a Enrique Doger y aliados les asiste la razón.

Y los demás diputados electos que repiten en el cargo, ¿acaso el ratón les comió la lengua? ¿Tienen miedo de hablar u oponerse a lo absurdo? En fin, si su comportamiento trastoca lo que en la democracia es elemental (el respeto a la voluntad popular), iniciarían su gestión con la pata izquierda (conste que no dije pie) para cumplir otros de los “apotegmas” cuya autoría es la sabiduría popular: tres años de diputado, toda una vida de vergüenza.

acmanjarrez@hotmail.com

Staff Puebla On Line 2009
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