lunes, 15 junio 2026
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El “pinche” cura

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El “pinche” cura
STAFF PUEBLA ON LINE 2009 27 de agosto de 2010

Cuando el cardenal Sandoval satanizó a los “maricones”, se olvidó de que dentro de su comunidad hay muchos que encajan en esa definición. También pasó por alto a los sacerdotes pederastas que sin adoptarlos han echado a perder la vida de miles de niños. Sin quererlo enriqueció su ya de por sí gordo anecdotario cuando insultó a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a quienes practicamente los violó en su ética y decoro públicos.

Juan Sandoval Íñiguez es ya uno de los personajes más espectaculares del México moderno. Su arrasadora simpatía ha trascendido las fronteras de este país, e incluso del Vaticano llegando hasta el cielo donde san Pedro, seguramente, ya le preparó una importante recepción. No lo comente usted, pero es probable que en el comité de bienvenida habrá personajes de la talla intelectual de Óscar Wilde y Federico García Lorca, además del padre Maciel, éste, obvio, por aquello de las dudas, siempre custodiado por los ángeles que sacaron de Sodoma a Lot y a sus hijas y esposa. También estará Pepito

Manfloro, el putito del pueblo aquel enclavado en el desierto de Sonora. Y según dicen las malas lenguas, el importante grupo de acogimiento será encabezado nada menos que por Rock Hudson, Izadora Duncan y Frida Kalo.

Mientras llega ese momento, don Juan se prepara para justificar sus dislates pues intuye que los ángeles y los homosexuales y los jotos quieren vengar las ofensas. Asimismo lleva bajo la axila la historia de Barcia, el sacerdote que sufrió de mortales espasmos cuando desde el púlpito observó el triángulo negro del sexo de la mujer que ante sus narices decidió desnudarse, precisamente para provocarlo. Quiere hacerse el simpático a ver si elude la esperada reprimenda celestial.

Según los chismes, Sandoval ha dicho a sus íntimos que si acaso lo incriminan por haber tenido relaciones sexuales (como lo acostumbraba Girolamo Prigione, el primer nuncio apostólico en México), dirá que es mejor arremangarse la sotana que colgarla en la sacristía. “Sólo soy un pastor de Dios –razonará ante los ángeles juzgadores, los mismos que inspiraron a Giovanni Papini–, un hombre que entendió a tiempo los daños que ocasiona el celibato. Por ello mis aventuras. Empero, a cambio, logré que mis hijos me llamen tío y que todos los demás me respeten como su padre seráfico. Es mejor éso que terminar los días como un pobre viejo rodeado de dinero y de monjas”.

“¡Te  acusan de violador!”, lo señalará san Pedro sónandole en su cara las llaves del reino del cielo. Y él asustado o confundido responderá a botepronto que no fue violación sino el amor a primera vista que le produjo el seminarista de los ojos negros. Después vendrá la aclaración del pescador de almas sobre las imputaciones que no son sexuales sino jurídicas: “No, señor cardenal… En el pliego de delitos terrenales se te culpa por haber violado la máxima ley de México, ese pobre país que además de narcos tuvo que soportar tus trastornos bipolares acompañados con diversas agresiones a la inteligencia humana”.

En fin, otra sorpresa para el tal Juan será Agustín Rivera, autor de Principios críticos del virreinato y uno de sus antecesores en San Juan de los Lagos. Éste le dirá frente al que todo lo puede:

“Fuiste la vergüenza del gremio por tus agravios y tus imprudencias. Dijiste que las mujeres no deben de andar provocando y que por ello hay muchas violadas. También insultaste a las otras religiones cuando se te ocurrió afirmar que se necesita no tener madre para ser protestante, expresión que avivó los ataques que hace siglos Lutero dirigió a la Santa Iglesia católica. Y lo peor: acusaste a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de ser comprados con elotes por Marcelo Ebrad, el pastor civil de quince millones de ciudadanos.”

Entre ese barullo, por ahí oculta enmedio los etereos y vaporosos cuerpos celestiales, sor Juana, la musa, mirándolo le repetirá uno de sus versos porque desde antes de nacer lo consideró su enemigo: “Claro honor de las mujeres/ y del hombre docto ultraje/ vos probáis que no es el sexo/ de la inteligencia parte.”

De repente, Tiburcio, el teporocho que llegó al cielo porque nunca tuvo tiempo de pecar, gritará: “¡Y tú que haces aquí pinche cura!”.

acmanjarrez@hotmail.com

Staff Puebla On Line 2009
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