El Presidente en el ocaso
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La demagogia y la corrupción tienen límites y afortunadamente llegan a su fin. Oficialmente a Felipe Calderón sólo le quedan dos años, pero por sus errores este lapso puede representar una eternidad para los mexicanos.
Hace cinco años hubiera parecido un absurdo decir que Felipe Calderón sería el candidato del PAN a la presidencia de la República. Incluso cuando lo destapó el gobernador de Jalisco, parecía una ironía para sacar de sus casillas a Vicente Fox quien lo definió como “el hijo desobediente”. Su persistencia y aguante le permitieron ganar la candidatura sin haberse destacado en los debates internos ni en sus declaraciones públicas. Pero como sus contrincantes estaban por el estilo, no le costó trabajo colocarse.
Después de una muy cuestionada elección, sólo gracias al apoyo de los priistas pudo tomar posesión de su cargo. Y desde ahí empezó su calvario. Primero fue “el presidente del empleo”, y empezó la peor crisis económica de nuestra historia, agravada por su torpe manejo de la crisis de la influenza, y desde luego los empleos desaparecieron por miles. Recurrentemente manifiesta que se han recuperado unos miles, pero no señala cuántos se perdieron, cuántos no se crearon y que los que existen son de menor cuantía en remuneración y calidad. Después fue “el presidente de la seguridad”, y declaró unilateralmente la guerra al narcotráfico: empezaron los asesinatos que ya casi llegan a los 30 mil, buenos o malos, sicarios o inocentes, bajas o daños colaterales, da lo mismo; son mexicanos muertos.
Algunos se preguntan cuál será su próximo título y dicen que probablemente “el Presidente del twitter”, ya que ahora se la pasa mandando mensajitos a los mexicanos, aunque hay que decir que la mayoría de las veces son condolencias, ya sea por asesinatos o accidentes. Su única felicitación fue a Jesica Navarrete, la sorpresiva Miss Universo. En el caso de la selección de fútbol, cuando estuvo la copa (trofeo) en México y la tomó para levantarla, marcó con la mala suerte a los del TRI.
El 2 de septiembre fue el día del ocaso del Presidente. Se organizó su propio día. Invitó a quienes le tenían que aplaudir. Dijo las cifras que le gustaron sabiendo que no lo increparían, desde luego tratando de cubrirse de gloria. Sugirió que nadie en la historia hizo tanto como él, en salud y carreteras; se definió como “el presidente de la infraestructura”. Se envolvió en el lábaro patrio y a gritos, tratando de emular a Miguel Hidalgo, conminó a los mexicanos a unirse –como lo hicieron en la Independencia y la Revolución– para combatir al narcotráfico. Pero al parecer sus palabras no llegaron a los asistentes que aplaudían por compromiso y tenían una actitud seria y distante.
Por ello, recordando la actitud de José María Aznar para con Felipe González, muchos desearían gritarle ¡Váyase Calderón! por el bien de México, esperando que como su tocayo tuviera dignidad y lo hiciera.
Después de que el Tribunal Federal Electoral determinó que Calderón violó la Constitución que protestó cumplir y hacerla cumplir, lo congruente sería disculparse y retirarse. Algunos mexicanos en el extranjero nos comentan: ¿por qué mejor no le dan un golpe de Estado?
El escritor y periodista Rafael Loret de Mola dice al respecto: “Calderón ha fracasado de cabo a rabo. No hay disculpa alguna para ello. Menos si consideramos sus denunciadas debilidades personales –la bebida entre ellas– y su propensión a reaccionar muy tardíamente esto es cuando los saldos ominosos son irreversibles”. A esta debilidad en las tardeadas de palacio se atribuye la ausencia de poder, ya que las órdenes que se dan en la noche, al día siguiente no se recuerdan. ¿Será también por eso sus últimos actos fallidos, como el haber dicho PRImen organizado, el discurso abusivo, en lugar de alusivo y el merecemos respeto cuando hablamos de los héroes? Esto en vez de pedir el respeto a los próceres. Es pregunta que conste.