En las antípodas, con alegría
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El Nobel de Literatura otorgado a Mario Vargas Llosa es un gusto para todos los latinoamericanos. Un reconocimiento a nuestra lengua (como bien lo expresó el peruano galardonado) es digno de regocijo.
No estoy de acuerdo con muchas ideas políticas de Vargas Llosa. Sobre todo porque la libertad a ultranza no es un camino óptimo (tampoco, hay que decirlo, el más despreciable) Ya lo sostuvo Bobbio: la libertad y la igualdad son principios contradictorios. El peruano se ha decantado y reconoce un valor supremo de la primera. Yo, como otros tantos, veo en la segunda una mayor justicia para este mundo.
Pero el Nobel no reconoce al Vargas Llosa político, sino al Vargas Llosa literato. Ese que es encantador en su Conversación en la Catedral, que bien se podría trasladar a la realidad de los países latinoamericanos, y, sobre todo, al Vargas Llosa de La Fiesta del Chivo, sin duda, junto con El amor en los tiempos del cólera, la mejor novela que se ha escrito en los últimos 30 años.
No veo, ni vi a un Vargas Llosa ensimismado, endiosado, como muchos lo critican. Veo a un trabajador. Le hablaron a las 5:30 de la mañana y el señor estaba leyendo (el placer que, además, es su trabajo) Me quedó muy grabada una entrevista que le hizo Juan Cruz hace algún tiempo, en el que el escritor peruano relataba su atracción por escribir en las bibliotecas públicas y narraba un día de su vida, en el que escribe con el rigor de un obrero trabajando en la línea de una fábrica.
El reconocimiento a Vargas Llosa es doblemente grato: muchos pensábamos que por su disputa con García Márquez, nunca le darían el premio. La Academia sueca ha hecho justicia. Si uno leía a Pamuk, Lessing, Jellinek, Müller, siempre quedaba la sensación de que el Nobel había olvidado en su lista al escritor de Arequipa.
A la fiesta falta que alguien se sume: desgraciadamente, hoy es extraño y se deja sentir la falta de un reconocimiento personal de García Márquez. Este Nobel es también para el Boom que enseñó al mundo las bondades de la cultura latinoamericana.
Me gusta la frase de Zapatero cuando defendió a Aznar frente a Chávez: “Se puede estar en las antípodas de una posición ideológica y no seré yo quien esté cerca de las ideas de Aznar”, le dijo el Presidente español. Así también, muchos podemos estar en las antípodas del pensamiento de Vargas Llosa, pero su genio literario debe congratularnos como habitantes de lo que Carlos Fuentes algún día denominó, acertadamente, el “Territorio de la Mancha”. Un territorio que encuentra lugares comunes a uno y otro lado del Atlántico.
El Nobel es para el Territorio de la Mancha y Vargas Llosa es un justo portador. Hoy, aunque estemos en las antípodas, nuestra alegría, es sinónimo de la libertad que él protege y la igualdad que otros buscamos.
TIEMPO EXTRA
LIBRO. Por supuesto, para hacer honor al Nobel peruano, recomendamos La fiesta del Chivo, (Mario Vargas Llosa, Madrid: Alfaguara, 2006).